opinión Avilés
No hay día que no me venga a la mente aquella frase que leí hace años en una pintada callejera, cuando todavía las paredes no eran un mural interminable. La frase se atribuía a los anarquistas: ojalá me muera antes de llegar a viejo

No hay día que no me venga a la mente aquella frase que leí hace años en una pintada callejera, cuando todavía las paredes no eran un mural interminable. La frase se atribuía a los anarquistas: ojalá me muera antes de llegar a viejo.

Un viejo es un estorbo, los viejos son  – somos- egoístas, maleducados y broncas. Leí hace muchos años en un periódico que no diré porque dejé de leerlo, que era falsa la imagen del abuelito bonancible  – tipo abuelito de Heidi-, paciente, cariñoso, sabio consejero…y muchas cosas más, todas buenas. Un vejestorio  – tipo yo que conservo mis capacidades a medias- tiene achaques, se le va la olla con frecuencia, es repetido, pelmazo y lleno de manías. Valora mal sus posibilidades y cree que puede hacer cosas que le son imposibles, cruza las calles por donde le da la gana  y suele ser un peligro para el tráfico, sin llegar al peligro de los patinetes. Por eso ahora el director general  – que también es un vejestorio- anda dándole vueltas a cambiar las condiciones de renovación del carnet de conducir. Ni en la cárcel quieren a los viejos y cuando entra uno con más de setenta años anda el director nervioso queriendo quitárselo de encima porque es un gasto y un pelmazo constante. Que si tiene alta la tensión, palpitaciones, cataratas, sordera, flebitis y a madre que lo parió. Necesita el abuelo un asistente en enfermería, un preso de apoyo que cuesta una pasta ahora que Juan Alberto Belloch  – en un alarde de sabiduría y de cojones- fue capaz de acabar con el engaño franquista de la redención de penas por el trabajo, aquel engendro con el que redimió doce años, sin dar golpe, el criminal De Juana Chaos sobre el que no me quisieron dar ni medio dato de información en la Audiencia Nacional porque no era parte en el asunto, aunque fuera el fiambre que planeaban. No os quiero marear y deciros nada de cuando nos sale un abuelo, que más que un play boy, es un long play. Ya se lo leí a un moro en un libro mágico – no lo digo porque luego me llamáis pelmazo citando libros-: no hay nada más ridículo que un abuelo de ochenta años presumiendo de ojos verdes.

Vamos a lo que vamos con el gobierno, sus negociaciones y las compañías médicas. Toda compañía médica es una empresa ante todo, que busca ganar dinero como primer y casi único objetivo. Como todas las empresas de lo que sea. Lo de atender, servir, estar siempre a disposición, etc… suelen ser palabras bonitas, pura publicidad.

No voy a decir el nombre de esta empresa sanitaria, aunque puedo demostrar todo lo que diré a continuación y más que afirmaciones voy a hacer preguntas. Ya saben que lo mejor para cualquier escritor es tener un par de querellas. La publicidad de la pena del telediario es impagable.

A principios del año 1977, con Madrid revuelto y los comunistas con Carrillo a la cabeza intentando poner paz, cuando acababan los fascistas de perpetrar la Matanza de Atocha en un intento de reventar la débil democracia y perpetuar el franquismo   – De Manuel, ya era sanchista entonces, progre y desocupado-, yo me acababa de situar, sin enchufe y con oposición aprobada a la primera, como carcelero del reino. Lo siento, no pude llegar a más ni la cárcel en la que debuté, a menos.

Un tipo mal encarado y vocinglero  – el Sr. Barrios en la Escuela de Estudios Penitenciarios- dijo a voces: rellenad ese impreso para ingresar en Muface, y todos obedecimos. A Muface.

Nada más tomar posesión fui a ver a un urólogo frente al cuartel de la Guardia Civil – De Manuel, esto no son las memorias, ya las leerás- porque, virgen como era, me tenían que hacer una pequeña reparación antes de casarme. Ya saben, en aquella época, carte y tener niños era inmediato, no como ahora que hay que esperar a tener el piso pagado, el coche y las vacaciones en Bali. Fui a hacerme la reparación- con mi compañía de asistencia médica funcionarial-  y todo fue perfecto. El único problema es que cuando apareció la enfermera en el quirófano con una jeringa descomunal para anestasiarme, yo no me la encontraba aunque juré por todos los santos del cielo y por sus jefes, que la llevaba puesta en mi camino a Vistahermosa.

Años y años estuve sin aparecer por la clínica ni por ningún médico. Cuando uno es joven piensa que siempre va a ser así. Fui a la mili  – De Manuel, que no son las memorias, cojones, que esas vendrán luego- y fruto de mi extraordinaria puntería con el cañón antiaéreo, me quedé un poco como una tapia, pero entonces ni siquiera funcionaba la ley de responsabilidad de la administración y solo me dieron un mes de permiso y la advertencia de dos meses de calabozo si me atrevía a protestar o a imputar mi sordera a la artillería.

Pasaron los años y empezaron los achaques. El gobierno  – todos- fardaban de la sanidad universal, pero eso era más bien para los moros, porque a mi en la cárcel me mordió y me apuñaló una negra, la guardia civil me llevó al hospital equivocado, no al concertado con Muface y me lo querían cobrar. O sea, me muerden, me apuñalan en acto de servicio. Vivo acojonado diez días por el macabro asunto del sida y en cima me quieren cobrar y las medallas de oro  – lo mismo que por los etarras- las reservan para pelotas y expertos en política de pasillos. Pa mearse.

Llegas a la vejez y el otorrino que te revisó la sordera de la mili también envejece. Un día te ve alérgico y te manda una inyección. Yo no soy yonki, jamás me he puesto una inyección por gusto, si me manda el otorrino un corticoide me lo pongo porque no tengo más remedio. Me la receta, la compro y vuelvo para que me la pinche el ATS correspondiente. No puede ser. Hay que pedir hora. ¿Cómo sé yo, que ya pedí hora, que me va a mandar una inyección?  Es martes o miércoles. La inyección para mi atasco van a ver si me podrán dar hora para el lunes.

¿Qué ha pasado? La negociación del gobierno. La de MUFACE con las compañías sanitarias. Varias ni participaron en el concurso. De las muchas anteriores que existían han quedado dos. El gobernó dice que ha aumentado el precio de los acuerdos, pero las compañías parece también que quieren más porque les parece poco. De entrada había médicos  – con alguno los viejos a los que se quieren cargar- que llevaban años y años con la historia clínica y la biografía del abuelo. Lo conocen sin auscultarlo siquiera. Esos médicos  – conozco a tres en concreto- se han ido a la calle, echados, no por propia voluntad. A eso se llama reducir gastos.

Conclusión: Voy a hacer una iguala con un curandero. Cuando me vea agobiado porque la vejez es una mierda, apuñalaré a alguien con mi cuchillo de Rambo, ese que me compré por si iba al  monte con Casilda y mi chica estratosférica, para poder hacer frente a cualquier alimaña, asesor, concejal, director general, conseller, jefe de gabinete, administrador concursal, encargado del tribunal de aguas, ministro, secretario de estado o similar que se nos pusiera delante con intenciones agresivas.

Una vez en la cárcel, jamás tendré que esperar de un martes al lunes siguiente para ponerme una inyección. Se lo garantizo porque sé de qué va ese rollo. Cansados de mí, la residencia también  me la tendrán que buscar ellos, sus servicios sociales. Se quieren cargar a los viejos. Viva el estado del bienestar. Por cierto, en esa compañía, mientras esperaba que alguien resolviese mi reclamación y me pusieran el inyectable recetado, una pantalla automática repetía un anuncio que chocaba con la realidad en el momento: lo importante es estar siempre  – menos para poner inyecciones por las tardes, habría que decirles para corregir el anuncio.

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