Empecé a trabajar en Tele Elche hace tantos años que la memoria apenas alcanza a recordar la fecha. Una de las primerísimas televisiones locales que se atrevieron a irrumpir audiovisualmente en el panorama nacional compitiendo audiencias, al menos en el entorno alcanzado por su señal, con las grandes cadenas pertenecientes al Estado o a empresas con muchos medios, empezando por los económicos, personal y negocio publicitario.
Todo era voluntariedad y, a veces, precipitación, pero siempre el esfuerzo personal y colectivo de salir al aire a pesar de nuestros escasos recursos. Todavía recuerdo que el autocue, esa pantallita que te permite leer el texto mirando la cámara, entonces era un cuaderno escrito a mano con buen tamaño de letra y alguien pasando las hojas; o cuando debías correr tras el cámara y llevándole la pesada batería si querías cubrir algún suceso; por no hablar de las explosiones de focos en medio de un telediario quedándote en la semioscuridad; mientras el realizador hacia juegos malabares con los cortes informativos intercalados. Cada programa era una aventura.
Decía el enorme escritor García Márquez que «el periodismo es una pasión insaciable que solo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad»
Pero sabíamos que detrás estaba el ciudadano, a quien le importaba tanto o más, un socavón, la falta de alumbrado en su calle, la huelga en una empresa local, los enfrentamientos en los plenos municipales propios, actos y acontecimientos festeros etc., que cualquier guerra allende nuestro país, una catástrofe geográfica o accidente aéreo, ferroviario y demás siniestros viales.
El esquema vino de Norteamérica donde, como siempre tienen más recursos, pero desde cualquier estado e incluso población que se precie tenían sus propias televisiones porque la demanda y el mercado de sostenibilidad así lo imponían.

Luego pasé por otras tantas televisiones regionales y locales, donde el director o directora hacían el trabajo de Correcaminos de base y lo mismo que llevan un micrófono, que arreglaban una cámara profesional. Nunca tuve presiones ideológicas, tampoco las hubiera admitido, pero la televisión me ha ayudado muchísimo en formarme como periodista, yo que venía del papel y de la radio. Para el primero necesitas documentación, reflexión, redacción y mucha pirámide invertida; para la segunda improvisación, vocalización y un buen «control» en la mesa de sonido con quien te entiendas perfectamente.
Todo esto me viene y me vuelve a engrandecer las entendederas, también los sentimientos en procesión tan dura, cuando leo que el canal alicantino 12TV (donde colaboro desde hace años), ha conseguido la máxima distinción en los «Premios Ana Baschwitz de Comunicación 2025 por destacar en su labor de periodismo de proximidad y difusión de contenidos locales de gran calidad».
Premiados
Estos son unos premios respaldados por un jurado compuesto por personalidades del periodismo y de la vida social y cultural, otorgados también al presentador de Antena-3 Roberto Brasero, la Revista GastroPlanet o la Agencia de Comunicación Indie, y cuya distinción obtenida por el Grupo 12 Comunicación entra en competencia con más de 1.200 emisoras locales (dato de hace 2 lustros) -bastantes de ellas dependientes de los Ayuntamientos y Diputaciones- pero las más responden al esfuerzo inversor y de trabajo de particulares, que podrían haber invertido en negocios más rentables, pero que fueron presa del siempre basculante poder informativo y la necesidad social que da tener una emisora en propiedad para enseñar y contar lo que otros callan, empezando por los políticos, y mucho gremio o particular defendiendo sus intereses más conspicuos o menos presumibles.
Decía el enorme escritor García Márquez, periodista y corresponsal en París y Barcelona, que: «El periodismo es una pasión insaciable que solo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad». Mucha razón tenía el Nobel colombiano porque, el tiempo de dedicación es «insaciable»: sabemos cuándo entramos, pero no cuando vamos a salir de una redacción o estudio; nuestros estómagos se quejan por provisiones a deshoras; de mentiras y contradicciones sacas verdades nunca confesas apriorísticamente; siempre te queda algo por contar, perdiéndose en la inmediatez; la familia se resiente; y, en definitiva antes de cerrar los ojos emulas mentalmente al poeta Neruda diciéndole a la almohada: «confieso que vivido», aunque y al rato desde el fondo un niño llora, y debes volver a espabilarte para vivir otra vida diametralmente opuesta.
Laura Rodríguez Doñate, empresaria agropecuaria que se metió en política, pero sin cobrar, y ya es mérito, acometió con su pareja y compañero de andanzas José Antonio Paz -hace ya más de 10 años- esta aventura televisiva de 12TV, creciéndose ante las dificultades y defendiendo a los suyos cuando un mandamás la llama para decirle que esa noticia no le gusta. Viaja mucho para observar lo que se hace en otros sitios tanto de España como de Europa, y siempre está-estando, pero sin parecerlo. Sabe que tras suya está Andrés Maestre como jefe de informativos, persona inagotable y, volviendo al colombiano «insaciable», muy capaz de echarle 18 horas al curre si la acumulación noticiable lo demanda, pero nunca menos de 10 de reloj en mano. Pero y luego todos los/las demás.
Nunca me ha gustado hacer panegíricos ni obituarios. Perdónenme esta felicitación como inconsecuencia profesional, pero es que yo pongo una milésima parte en que esto ocurra todos los días cuando ustedes tienen a bien apretar nuestro botón en su mando. Podemos equivocarnos, sin embargo nunca engañamos, ni se acepta nada que no se nos deba, y mucho menos compraríamos una mentira, ni inflaríamos una verdad.
Seguir en el tajo, con los tiempos que corren: «Amanece que no es poco».