La depresión me ha pegado en todo lo alto. Mi chica me ha dejado y está con otro. No me queda más remedio que una retirada lo menos vergonzosa posible y no pensar – como cantaba Aute– en dramas mejicanos de Buñuel. Respetar su libertad – porque soy feminista a tope, no feminazi- y desearle la mayor felicidad del universo. No solo me ha dejado ella, con la que creía que iba a llegar al fin de mis días, muriéndome cogido de su mano y besando sus labios en el último adiós. No puede ser. Eso me dijo ella el último día.
Para acabar de matarme, para darme la puntilla, el descabello como hacen los malos toreros ante un toro que se resiste a morir, se ha muerto Casilda. Ella, mi niña pequeña, mi amor dulce, mi preciosa capaz de tornar un drama en una novela de amor. Mi pequeña se fue un domingo por la mañana, esperando que yo volviera de desayunar porque me dijo al oído: te espero, ve a tomarte tu café y tu tostada, que hoy no me apetece pisar la calle, pero vuelve pronto porque te estoy esperando. Y decía la verdad porque Casilda nunca mentía. Me esperó, la cogí de su cuna, me la puse sobre el pecho acurrucándola y a los diez minutos, después de recibir mil besos en su cogote, me miró con sus ojos llorosos de abuela, me vio a través de sus cataratas y me pidió perdón porque ella tampoco quería irse y sabía que me dejaba solo. Yo, cada día, cada hora le doy vueltas a la cabeza y pido a todos los dioses posibles – si es que hay alguno, que sirva para algo- que me lleve con Casilda rápido y, si es verdad que puede algo, que me castigue durante toda la eternidad, pero no como a Sísifo, subiendo una piedra eternamente a la montaña, o como a Prometeo, con un águila comiéndome las entrañas cada día. Que me castigue sin ver a Dios nunca – decían los curas de mi colegio que eso era el infierno, la ausencia de Dios. Que me castiguen con Casilda y con Tobalín, eternamente paseando, jugando, comiendo y durmiendo con ellos. Si además, dentro de treinta o cuarenta años, me llevan allí a mi chica, eso sería el paraíso para siempre.
La tercera condena para deprimirme y joderme bien jodido – no os riais- ha sido Ceuta. Hace casi cincuenta años fui de viaje de novios a Ceuta. Ahora se van a Bali, a las Maldivas, a Punta Cana o a un crucero por los fiordos noruegos. Entonces éramos más simples y no pedíamos préstamos para entramparnos “In aeternum”.
Ceuta, con Melilla y con Canarias, que va todo el mismo pack y los moros miden el tiempo de manera distinta a como lo medimos nosotros. Sánchez – quitando las leyes ad hoc o sea a los puigdemones, que es por lo que yo dejé de votarlo- me ha parecido siempre un gran estratega. ¿Qué le habrá pasado para que los moros lo pillen con el paso cambiado, o sea con las bragas en la mano?
Don Pedro, dicho con todo el respeto que usted me merece porque es mi presidente de mi gobierno, aunque no me guste una mierda lo que están haciendo. Nadie en España ni en ningún sitio, se cree lo que usted cuenta de Ceuta. Eso de las mafias organizadas, eso de que no había ni la más mínima noticia de lo que iba a pasar, eso de que Marruecos es un país vecino, amigo y aliado. No se lo cree ni el que asó la manteca. Marruecos me suena cada día más – mucho más ahora que anda haciendo manitas con el criminal de guerra Trump, ese que ha masacrado Gaza por medio de otro criminal más grande que se llama Netanyahu– Ceuta me suena a marcha verde, a Sahara y a Sidi Ifni. Me suena a islote de Peregil y a la guerra del imbécil de Alfonso XIII con los inútiles de Berenguer y Silvestre al frente. Me suena a Annual – por cierto la invasión moruna se ha producido en esas fechas- y al Monte Arruit, nada de mafias de inmigrantes. Lo siento, don Pedro, aunque me gustaría creerlo. ¿Quién se va a creer que nadie avisó y que los servicios de inteligencia españoles no se enteraron de nada hasta que los moros estaban ya en la playa del Trampolín? Nadie se lo cree. Por mucho que Marlaska se ponga solemne afirmando gilipolleces. Creo más a Margarita Robles.
Eso ha sido una jugada moruna, sembrando el desastre con esa invasión y diciendo: entraremos en Ceuta y en Melilla cuando y como nos dé la gana. ¿Qué deuda tiene usted con los moros para agradecerles y no abrir la boca cuando usted mismo ha reconocido la invasión? Menudo lío.
Ceuta y Melilla son ciudades españolas desde mucho antes que existiera Marruecos como país y como estado. ¿Cierto? Vamos a hablar de los moros.
En los veranos me dedico a releer a los clásicos. Es, junto con escribir, una actividad que te da masaje a las neuronas, que te relaja y te crea músculo donde más falta hace, la literatura es una actividad “empalmante”, como diría el sanchista De Manuel, ese que me llama facha porque digo que la amnistía a Puigdemont es un error de mucho bulto, una histórica metedura de pata hasta los cojones.
En mi relectura clásica tengo dos libros en la mesilla, a falta de nada más en mi dormitorio ni en mi cama: El Quijote y En busca del Unicornio.
Mi amigo Juan Eslava Galán – él sabe que lo voy a secuestrar para traerlo al Quijote Negro e Histórico y aún no me ha denunciado-, ha escrito una de las mejores obras de la literatura española de todos los tiempos. Juan de Olid, por mandato de su señor Lucas de Iranzo, organiza una expedición a África para cazar un unicornio. El rey Enrique IV tenía problemas para la cuestión “empalmante” – De Manuel dixit- y el cuerno de rinoceronte molido, decían, era bueno para esa función fisiológica, pecado muy mortal para los curas de mi colegio – Lean “Cuarenta años de cárcel”- Antes de salir en la expedición el condestable Iranzo llamó a Juan de Olid para darle los consejos precisos. “no te fíes de nadie y menos de los moros, que son gente de natural traidor y venderían a su hermano o a su padre, cuanto más a ti…No te enamores porque no hay hombre enamorado que sea diligente” – yo mismo, mi amigo me retrata. Eso lo escribió a principios de los ochenta porque esas cosas ahora no se pueden decir – el lenguaje anda bastante secuestrado-, pero los que llegamos a cierta edad tenemos eso que se llama libertad metido en el tuétano y las amenazas con el delito de odio – no odiamos a nadie porque demasiado hemos hecho con sobrevivir- nos la sudan.
Los consejos a Juan de Olid por parte de su señor son tan extraordinarios que bien podrían ser los antecedentes de “El Príncipe» de Maquiavel, y lo digo sin segundas porque yo he dicho mil veces que Sánchez es más que Maquiavelo.
El fin de semana se echa encima, no tengo aún, para estar con Casilda y Toba – con programación incluida- ideas suicidas por mi situación ruinosa y sigo intentando convencerme con Don Quijote de que hay que confiar en el tiempo que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.

Me doy cuenta de que Don Quijote vive aquí y puedo explotarlo. Don Quijote, cuando salió de las Bodas de Camacho, casi sin poder moverse del atracón, puso sobre el mantel su voluntad de ir a la “Cueva de Montesinos”. Discute Don Quijote con Basilio sobre la bondad de las mujeres y pone en boca de un sabio que hay solamente una mujer buena en todo el mundo y cada uno tiene que pensar que la buena es la suya aunque deja claro que no está casado ni piensa estarlo. Don Quijote con Sancho y un guía se encamina a la Cueva de Montesinos, que está junto a las Lagunas de Ruidera y desciende hasta ella atado con cuerdas que sujetan Sancho y el guía. Su estancia en la cueva, tras encomendarse antes de entrar a su clarísima señora Dulcinea, le sirve para disfrutar un sueño complicado en el que recorre la historia de Merlín el mago y de mil sucesos de encantamientos y muchos enredos más. Yo no bajé atado con cuerdas, no dormí ni vi al mago Merlín ni a Durandarte ni a mil grajos y murciélagos, pero disfruté dándome cuenta, como otros que había en la cueva, de que Don Quijote vive y sigue dando su aliento a esta España que es quijotesca por él.
Reventado, la cueva es larga y pendiente, más que cueva es una sima que surge sin avisar en un monte pedregoso de carrasca y romero, con un suelo húmedo y resbaladizo, con frescor inesperado, recupero la claridad y el bochorno y caigo en la cama como relajado por diez tranquilizantes.

Al día siguiente sigo mi recorrido literario y sigo sintiendo que la mejor manera de aprender literatura, escritura y geografía es viajar y leer. Voy hasta El Toboso, porque todo aquí está cerca. El Toboso respira Quijote y respira Dulcinea. El pueblo es mucho más grande de lo que pensé. Me obsequia, celebra sus fiestas porque su patrón es San Agustín, con un concierto de su banda de música mucho más que buena. Voy prevenido contra el sol mortal por un sombrero que me he comprado en un mercadillo y que me da un aire al actor de “El bueno, el feo y el malo” Lee Van Cleef. Me siento en la sombra y ligo, nada más sentarme. Una abuela de mi quinta se sienta a mi lado, viene su marido, la coge, la cambia de silla y se sienta en medio. Un trastornado con una bicicleta con mil adornos, se quiere colar en el concierto. Un intento de llamar la atención mientras todos estamos pendientes de los preciosos pasodobles de la orquesta de El Toboso. Aire fresco en el ambiente viciado de la política con el enfrentamiento doloroso paisanos- inmigrantes en Ceuta. España sigue viva y emocionante.