opinión Nuño
No he tirado mi máquina de escribir, pero duerme en su rincón como si fuera una escultura o una cerámic

Poco a poco y, sobre todo, en los ámbitos urbanos, los billetes están siendo sustituidos por las tarjetas con las que ya se paga hasta el autobús. Parece que cuesta menos sacarla de la cartera que 50 € del bolsillo.

Hace ya cuantísimos años mi asesor del banco me sugirió que me la llevara en mi primer viaje a Londres. Y cuando llegué a la oficina bancaria española para cambiar por libras me advirtieron que con la Visa cualquier pago resultaría más económico. Talmente así lo hice volviendo España con todas mis pesetas, y una incertidumbre de gasto que resultó inferior al que había calculado en moneda de papel.

Este viernes me entró una cierta intranquilidad oyendo las alarmantes noticias de un preocupante fallo en el todopoderoso y omnipresente Microsoft, donde no solamente se anunciaban posibles errores en los vuelos, incluso otros medios de transporte, sino y también podía haber caos en los sistemas informáticos.

No he tirado mi máquina de escribir, pero duerme en su rincón como si fuera una escultura o una cerámic

Encendí el ordenador y todo funcionaba correctamente. Salí a la calle con la incertidumbre a cuestas y el cajero automático arrojó la cantidad solicitada. Tengo algunos amigos/as en el aeropuerto de El Altet, a quienes llamé para cerciorarme de la situación: hubo problemas, pero bastante menos graves que en otras terminales, y la mayoría venían derivados de los chequeos, trasbordos y puentes aéreos.

Al final todo ha sido un susto mayúsculo por generalizado, pero y también la demostración de que estamos en manos de poderes, en este caso Bill Gates, entronizados a miles de kilómetros de nuestras residencias, y con incontables o, como mínimo astronómicas ganancias porque de alguna manera ejercen un estricto monopolio tanto en el software como en gran parte del hardware, aunque parezca disimularse por convenio entre las grandes compañías. Parece como si la vida del ciudadano normal no se pudiera entender sin su concurso informático. Incluso la entrañable belleza de leer un libro está siendo sustituida paulatinamente por las pantallas. Miro mi biblioteca, totalmente empanelada de libros adquiridos durante tantísimo tiempo de paseos por las librerías, incluidas las de viejo, y siento cierta decepción contenida porque ya muchos de ellos los tengo en los archivos de mi ordenador por la practicidad que supone buscar determinado nombre o idea. No he tirado mi máquina de escribir, pero duerme en su rincón como si fuera una escultura o una cerámica. Incluso, apenas tecleo, porque normalmente le dicto al ordenador con un programa que, una vez enseñado, resulta bastante preciso.

Hace casi un año la policía detuvo en Alicante a un peligroso hacker venezolano, que vendía datos confidenciales robados en los servicios de almacenamiento informático pertenecientes a empresas multinacionales esencialmente europeas. Con lo cual se demuestra nuestra desnudez a la hora de defendernos de semejantes sinvergüenzas.

Si la propia Microsoft es capaz de meter la gamba instalando un antivirus globalizado para todos sus programas, ¿Qué pudiera ser de nuestras vidas el desgraciado día que un hacker encuentre el arma del diablo en forma de virus incontestable suficiente como para colarse en un «parche» (puntos débiles de las programaciones) y, a partir de ahí abrirse por todo el mapa informático?

Nada podrían hacer ni Fiscalías, ni brigadas policiales especializadas en ciberataques, ni siquiera los propios hackers obligados por ley a contratacar. Si desde el más pequeño comercio a los grandes almacenes todos funcionan vía ordenador, si se paran o ralentizan el máximo hospitales, grados, administraciones en general, sería poco menos que retroceder un siglo, pues hasta los automóviles están informatizados.

No es alarmismo lo escrito, solamente precaución ante un sobresalto en la empresa, no lo olvidemos, más importante del mundo mundial. Quizás alguien debería vigilar al vigilante. Pero eso es tan imposible como un crack informático, me dirán ustedes; bueno, pues la literatura y el cine que nos han contado apocalipsis semejantes, y según tenemos sabido y comprobado la realidad siempre supera a la ficción. Mañana mismo, desde su ordenador recién encendido podía encontrarse, mirando la bahía desde el Cabo de las Huertas hasta el de Santa Pola, en que usted ya no forma parte computarizada del mundo viviente, apenas llega a un zombi alicantino. Lo peor está por llegar.

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