opinión Avilés1
Ha habido gente muy acomodada que se ha hecho con su pisito a mitad del precio de cómo andan los pisitos en la zona

En el siglo XIX, ya había corrupción para dar y tomar de sobra, solo hay que recordar a los muchos Borbones de la época, Carlos IV, y su señora, aquel pendón verbenero, Fernando VII, putero, ladrón y degenerado, o a Godoy, que con los anteriores vendió el país a Napoleón. Lord Acton, inglés, que allí también iban bien servidos, formuló la frase que se ha hecho famosa: El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. Los franceses  – en todas partes cuecen habas, miren cómo acabaron los Capetos, familia carnal de los Borbones- comenzaron con Montesquieu, a hablar de un mecanismo fundamental contra la corrupción: la División de Poderes. Esto, a los poderosos, a todos, les sienta mal.

En los casi cuatro mil artículos que llevo escritos, empecé en el año noventa cuando grupos batasunoides me tacharon de racista, he escrito mucho sobre características de casi todos los políticos, mucho más de los más ignorantes, ambiciosos y con afán de pillar para asegurarse el futuro cuando tengan que salir poniendo pies en polvorosa.

He visto síndromes que se repiten sin cesar: el primero es el síndrome del Espíritu Santo. Un cuasi analfabeto, que anda limpiando culos en una residencia de ancianos – tarea muy noble y que todos necesitaremos algún día- se apunta a un sindicato, intriga, hace pasillos, pega la hebra, pega carteles, se reúne por aquí y por allá… y al final, le pagan. Sale elegido concejal y le dan la cartera de policía, por ejemplo. Esa persona humana sufre una transformación pentecostal. El Espíritu Santo  la visita y la inunda de ciencia infusa. De golpe sabe derecho, conoce en profundidad las leyes sobre seguridad ciudadana y hasta le mete  – con perdón- las teorías sobre la guerra de Sun Thzu y de Von Clausewitz a la vez. Y ahí la tienes, del pañal y la esponja  – tarea muy noble e imprescindible- a la gestión, mando y organización de un cuerpo con cuatrocientas pistolas, cien coches, cincuenta motos y no se cuantas capacidades además del cuaderno de multas.

El segundo síndrome que pueden producir los nombramientos es el de la Emperatriz Egipcia, también llamado Síndrome de Cleopatra o de la omnipotencia. Estos dos síndromes  – hay más pero ya los iré desvelando-, se han hecho carne, como el verbo se hizo, recientemente. Solo tenemos que ver a Koldo siendo consejero de Renfe y de Puertos del Estado. Yo, con estos ojos y orejas que van a terminar ya mismo en el crematorio he visto y oído a una líder política y sindical decir: si a mi me han puesto tendré que mandar. ¿Nooooo?. Primero hay que aprender, señora.

Con la soberbia del poder intrínsecamente asumida  – ya hablaremos del síndrome de la invulnerabilidad o de Mazinger Z- es muy común y aquí está pasando ahora, intentar amoldar a los otros poderes, dando concesiones, haciendo transferencias, nombrando puestos, reorganizando órganos esenciales, etc… de tal forma que la División real y efectiva de poderes quede en nada y Montesquieu aparezca cadáver en cualquier cuneta o embalsamado en los anaqueles de cualquier biblioteca de una universidad inútil. Hay gente, no obstante, que en el colmo de la jeta, tipo cemento armado, a eso le llama hacer política, trabajar por el consenso y pelear por la paz social. Todo es opinable.

En mi condición de anciano irrecuperable  – una mierda esto de la vejez y de que la articulaciones te crujan y se encasquillen cuando coges la moto- por la mañana hago el primer dispendio del día: media de mantequilla con un café con leche y un vaso de agua del grifo, que dice el médico que tengo que beber y que el agua del grifo es más barata y mejor que la embotellada. Dos con ochenta euros.  Además leo de gorra los periódicos, salvo el libelo ultra, que no lo leo desde su publicación falsa en la guerra mundial sobre el fallecimiento de Hitler. Tengo la portada. A esa publicación falsa le han seguido otras.

Me sobresalto con un periódico local. Una concejal, un arquitecto y dos hijos de un alto cargo agraciados con viviendas públicas. Busco a una amiga que anda intentando un piso y le pregunto si está entre los agraciados. ¡Qué cojones agraciados! Siempre ha habido clases. Estos serán personas necesitadas y vulnerables, entiendo. Sigo leyendo. Barcala, hace ocho años, anunció que los alicantinos accederían a viviendas protegidas y aprobó vender una parcela del Ayuntamiento de más de ocho mil metros en una zona guay pero muy guay, nada de Benalúa, la Florida ni Juan XXIII. Hubo un gran jaleo tras la venta de la parcela y el comienzo de las obras. Me hago un lío. No sé nada de urbanismo  – ni de otras muchas cosas- y las neuronas solo me dan para saber que en esa zona privilegiada, con viviendas llamadas sociales, ha habido gente muy acomodada que se ha hecho con su pisito a mitad del precio de cómo andan los pisitos en la zona. ¡Joder! Hasta yo, jubilado sin oficio ni beneficio,  me habría metido en comprar uno ahí. Descubierto el enredo y con más primeras páginas – mi enhorabuena a Juan Ramón Gil, director general de contenidos del medio- nos damos cuenta de que estamos ante un culebrón venezolano de largo recorrido.

Ha habido dimisiones y… ¿Qué ha pasado con los pisos? Otras veces he dicho que en mi vida carcelaria he hecho multitud de investigaciones, aunque aquí deberían entrar los jueces directamente que tienen más costumbre. Sin tener ni idea de urbanismo  ni de promociones inmobiliarias me gustaría saber, las condiciones requeridas para ser considerado persona vulnerable con opción a una vivienda de esas, si todos los que las han adquirido tenían esa condición, quienes son, cual es su oficio y su sueldo, cómo pueden valer doscientos mil euros esos pisos cuando en la zona valen más del doble, cuales han sido los criterios de adjudicación, quienes son los responsables de las adjudicaciones que se han hecho, con que publicidad se anunció que esos pisos existían, que estaban a la venta y que eran viviendas sociales…. Se me amogollonan las preguntas. Barcala, por favor, al juzgado con ese culebrón. No montemos más brugales, ni más púnicas, ni gurteles, ni aceites de redondela, ni casos vilareyes, ni socialistas andaluces, ni acordarnos de doña Carmen llevándose las estatuas de la catedral de Santiago al pazo de Meirás. Todo presuntamente, posiblemente, casi seguramente. A ver los fiscales anti lo que sea si entran a saco y hacen que los ciudadanos que miramos cada mes el día que se cobra la pensión  – Sánchez déjate de decretos ómnibus y haz uno específico para eso- podemos dormir tranquilos hasta que venga la Parca. Sin pisos chollos, sin funerales de estado, sin cenutrios diciéndole a un hombre  – presidente regional- que no puede dar pésames a la familia porque lo impide el protocolo. ¿Qué cojones es el protocolo? ¿Quién se lo ha inventado? ¿El mismo que acuñó el concepto de personas vulnerables que tienen derecho a pisos chollos en zonas privilegiadas? Mecagoentoloquesemenea.

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