En esta España de pandereta y trágica – solo hay que ver a Puigdemont, a la vez que fugado, dirigiendo la política del Estado desde Suiza, desde Waterloo o desde Perpignan- los abuelos somos unos palizas. A poco que te descuides – aunque al amor de mi vida, esa mujer que levanta el asfalto y provoca terremotos turcos cuando sale a la calle, le gusta- nos enredamos en batallas de abuelo cebolleta y contamos la mili, el colegio – lean las memorias que va a sacar ya mismo Samarcanda con testimonios y relatos de primera fila del oscurantismo nacionalcatólicofranquista- el primer amor platónico y nuestras actividades en la fila de los mancos intentando eludir a la carabina que imponía la suegra. Todo son batallitas en la conversación de los vejestorios.
Me he tirado al barro – sin mariconadas- y me he ido con mi primo un fin de semana. Es un primo arruinado que me ha aparecido gracias a la literatura. La gente nos miraba en los restaurantes playeros cuando nos metíamos pintas de cerveza gigantes, tartares de atún y mejillones picantes para poner a tono la libido, aunque sin posibilidad alguna de apagarla después, y mientras miraban de reojo decían: estos están liados. Falso de toda falsedad, no hemos mariconeado ni media que somos primos. Él, Pedro Avilés y yo…ya lo saben, lean el encabezamiento del artículo.
Me ha jodido la paga extra con tanta pinta y tantos tartares y yo le he jodido a él la suya, porque apañó una botella de güisqui etiqueta negra y ya no recuerdo si cayó entera la primera noche porque me desperté encasa de una vecina caritativa que nos socorrió cuando andábamos en un delirio alcohólico, de pintas y llonygüalquer. Me cuenta la señora que me abracé a ella como a tabla de náufrago, que le dio penami estado cochambroso y me depositó en su cama hasta que saliera del coma cervecero y se remediara mi parecido con Bukowski.
Superados los efluvios alcohólicos – sociales y de euforia familiar, no habituales- nos dedicamos a las batallas. Mi primo fue free lance, periodista lanzado y aventurero, un psicópata afanoso de sensaciones fuertes, de la misma forma que yo soy un cagón, un miedoso compulsivo que se asusta de una madre superiora – la monja Sor Copón del asilo del que fui expulsado- cuando invoca a los santos ángeles para que te lleven a las calderas del averno.
Nos vimos por última vez en una semana de novela negra – una afición de todos los desocupados inútiles como nosotros. Este primo – reportero indecente de El Caso y de Interviú- hacía uno o dos muertos a la semana de esos que se dan en la España negra: unos paisanos que se apuñalan por haber movido los mojones de las tierras, otro que descerraja dos tiros a quien le ha puesto los cuernos o un gilipollas que se ahorca en el pajar porque la novia se ha ido con el boticario, una novia que se llamaba Marina y se apellidaba Mercante.
En la semana negra se tropieza a un psicólogo – que perdía aceite y no había visto un muerto en su vida- y lo pone de los nervios diciéndole: los psicólogos sois como los curas pero cobrando. El psicólogo se enerva y, después de santiguarse repetidamente y varias jaculatorias tales como, señor mío, virgen santísima y por todos los santos y los ángeles del cielo, intenta arañar a mi primo – yo un mero espectador asustado ante tanta violencia- y le dice: ¡lo que tu escribes no es true crime! ¡Cómo que no es true crime, moñaza! Veo que la situación se desborda e intervengo como si fuera un antidisturbios, mientras les digo. Ninguno de los dos tenéis ni puta idea de chorizos, delincuentes, violines, matarifes, bujarrones y gente de vida disoluta porque eso donde se aprende es en la cárcel y allí no habéis estado. ¡Anda! Pagaos unas birritas y pelillos a la mar. El psicólogo se aleja con un contoneo envidiable y mi primo se arrastra hasta la primera barra libre como zorra en rastrojal.
Dadas las fechas, por mi puñetera memoria – ojalá todo me funcionara igual de bien y así no pegaría tantos gatillazos- me acuerdo, como si fuera hoy y hace ya treinta y cinco años, de unos crímenes terribles, una auténtica matanza que tuvieron lugar en Badajoz y que mi primo cubrió para Interviú, el mismo primo que según el psicólogo, criminólogo de salón, no escribe true crime.
¿Os acordáis de Puerto Hurraco? Denunciemos los hechos. No los asesinatos, que fueron condenados y ya murieron todos. Los chorizos que eran mi primo y su colega Montoro, de Interviú, las trapacerías de un periodista para que no le pisen una exclusiva.
En agosto de 1990, en Puerto Hurraco, los hermanos Izquierdo – todo el mundo dice que empujados por las hermanas que fueron las que desataron la locura colectiva en aquella familia de viejos- cumpliendo una antigua y grave rencilla contra la familia Cabanillas, provocaron nueve muertes en el pueblo y muchos heridos porque disparaban contra todo el que les salía al paso.
Cuando mi primo el de Interviú llegó para escribir sobre el suceso, estaba en Puerto Hurraco la prensa nacional al completo. Urde un plan para quitarse de encima a la competencia y entra en la casa en que se velaban los cuerpos de dos niñas víctimas de los tiros de los Izquierdo.
Mi primo entra solo a la casa y promete contar como esta el patio y si lo tiran fuera a patadas. Entra con cara de cordero inofensivo, lo recibe el padre de las niñas y pasa al cuarto de estar – aun no proliferaban los tanatorios y se velaba a los muertos en la propia casa, como se daba a luz en ella. El nacimiento y la muerte eran cosa de familia-.
Le promete al padre hacerle unas pocas preguntas y sale diciéndoles a quienes esperaban fuera: No van a hacer ninguna declaración. Están de muy mala leche. He temido que me dieran un par de hostias. Mejor nos vamos. Los pardillos pican el anzuelo y se dispersan por el pueblo a tirar unas cuantas fotos.
Montoro: esta noche tenemos el velatorio de las niñas para nosotros solos. Llegamos de noche. Solos. Nos ofrecen un café y soltamos una tanda de fotos espectaculares, los ataúdes con las niñas vestidas de primera comunión, fotos cenitales con los padres y la hermana rodeando las cajas de madera. Tremendas, exquisitas, crueles fotos. La España más negra y profunda. True crime aunque le pese al psicólogo que solo da consejos gilipollas como los curas, pero cobrando.
Asistimos al entierro. Solo nosotros tenemos unas fotos tan buenas. Vamos a Monterrubio, donde vivían los asesinos Izquierdo. Tenemos que colarnos en su casa. Una vecina nos deja entrar a su patio que linda con el de los Izquierdo. ¿Desde este patio se ve la casa de los asesinos? Pregunto y con buen rollo continúo ¡Que susto debieron pasar con los asesiantos! Los hermanos están detenidos, las hermanas – locas de libro- se han ido a Madrid en tren a ver a Felipe González. La señora dice que un poco más abajo la tapia es más pequeña. ¡Bingo! Nos colamos. Casa tétrica, lúgubre, con olor a incienso y velas por todos los sitios, pura psicosis. Estampas, santos, mártires, vírgenes dolorosas asoman sus miradas desvaídas por los marcos que las contienen. Nos hartamos de sacar más fotos en una obsesión mortuoria contagiada e imposible de parar. Violamos todas las leyes habidas, abrimos cajones y otro bingo más. En la mesita de noche vemos carnets socialistas de los hermanos matarifes. En su delirio las hermanas se han ido a Madrid para que Felipe les ayude con nueve muertos y muchos heridos a sus espaldas. Hay otro carnet de la madre de los Izquierdo que murió en un incendio de la casa y que los matarifes achacan a los Cabanillas. También hay amor y celos, Amadeo Cabanillas ligó con Luciana Izquierdo pero no quiso casarse con ella. Más líos. Irreconciliables los Izquierdo y los Cabanillas. Ya había muertos y ayer hubo nueve más.¡La hostia!
Entra un bigardo de dos metros pero imbécil. ¡Estáis cometiendo un delito y lo vais a pagar! -grita justiciero-. Discutimos. Llega la concejala de cultura de Monterrubio, una lerda. ¡No tienen ustedes vergüenza ninguna! Ahora vendrá por ustedes la autoridad. Llega un municipal de buen rollo. Llevábamos un gramo de farlopa y lo tiramos al suelo instintivamente. Un gato de por allí lo lamió con fruición, aunque desconocemos los efectos. Acabamos ante un juez pipiolo que no sabe qué hacer con nosotros. Quería los carretes de fotos, nos negamos a dárselos y no insistió. Nos mandamos una carta falsa desde Extremadura para poder publicar las fotos de los carnets afanados. Ya se puede decir. Está prescrito.
Fuimos a juicio y nos condenaron. La pena de cárcel no la cumplimos por ser primarios y ser esta muy corta. La multa la pagó Interviú. El juez mandó una carta al Director Ignacio Fontes de Garnica – este pariente mío, como mi prima Paloma Fontes de Garnica y el parentesco nos viene de muy lejos, de Don Rodrigo Pacheco de Avilés que es, en definitiva, el culpable de que EL QUIJOTE NEGRO E HISTORICO este en El Pedernos. Don Rodrigo Pacheco de Avilés y la Alcaldesa Ana Cantarero-.
El juez le dijo al director que éramos unos periodistas desvergonzados y el director, Fontes de Garnica, le contestó que estaba orgulloso de nosotros.
Ya verás si el moñas aquel de la semana negra aprende con esto qué es True Crime y quién es el que lo escribe. Él, en su sillón, elucubrando sobre Lacan, Jung y Marina, no.