Romería
La devoción a la Santa Faz cobró un gran impulso, sobre todo a partir de 1518 con la llegada de las clarisas y posteriormente con la concesión del Rezo propio de la Santa Faz en 1525 mediante el que se ganaban las indulgencias concedidas por el Papa Clemente VII

Tradición Alicantina

“La Peregrina” es la romería que se celebra anualmente el día de la fiesta en la que se conmemoran los primeros hechos milagrosos atribuidos por la tradición desde 1489, al lienzo verónico que se custodia en el Monasterio de la huerta alicantina. Dicha fecha fue establecida, en un principio, el 17 de marzo, cambiándose posteriormente al jueves siguiente a la octava de Pascua. El cambio de fechas se ordenó por la Diócesis en 1663 -siendo efectivo desde 1752- por coincidir el 17 de marzo con la Cuaresma para que quedaran las fiestas y posibles excesos que pudieran cometerse, fuera de dicho período litúrgico.

La devoción a la Santa Faz cobró un gran impulso, sobre todo a partir de 1518 con la llegada de las clarisas y posteriormente con la concesión del Rezo propio de la Santa Faz en 1525 mediante el que se ganaban las indulgencias concedidas por el Papa Clemente VII

En los primeros años, la devoción a la Santa Faz cobró un gran impulso, sobre todo a partir de 1518 con la llegada de las clarisas y posteriormente con la concesión del Rezo propio de la Santa Faz en 1525 mediante el que se ganaban las indulgencias concedidas por el Papa Clemente VII. Posteriormente, aunque Urbano VII revocara en 1631 dichos privilegios, la devoción no se perdería por haber calado mucho entre los alicantinos, de la ciudad y sobre todo entre las gentes de la huerta, para las cuales el Monasterio constituía además un refugio seguro ante los peligros de las incursiones berberiscas.

El Ayuntamiento hacía valer su patronato e imponía su protocolo que determinaba que la Procesión peregrina debía salir de San Nicolás a primera hora de la mañana, acompañada de dos regidores-diputados, el escribano municipal y el subsíndico. La procesión la presidían las autoridades eclesiásticas, acudían los diputados nombrados por el ayuntamiento, dos miembros de cada orden religiosa y el pueblo en general, marchando a pie, cantando las letanías hasta llegar a la entrada del Monasterio donde salían a recibirles el síndico procurador general portando el pendón y el confesor del convento acompañado por los religiosos que hubiera en el Monasterio. Todos entraban en la iglesia, donde, con la reliquia expuesta, se celebraba la misa solemne con sermón y se veneraba la Reliquia. Estas costumbres irían cambiando con los años.

Para ese día se autorizaba a gastar fondos para cubrir los gastos de la fiesta, los actos religiosos, comidas y desplazamientos y la limosna de ayuda para la comida que se entregaba a las monjas.

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