Manel Avilés opinión, obras, Alicante
¿Quién ha sido el lumbreras que ha decidido poner la ciudad patas arriba con cuarenta grados a la sombra y el doble de población por el fenómeno turístico? ¿Quién va a pagar la ruina de los comercios de esas zonas llenas de zanjas y vallas? 

He estado, siguiendo mi gira literaria con  “De prisiones, putas y pistolas” y “El gato tuerto”, en la Semana Negra de Gijón. Una delicia, fresquito, bien tratados, hospedados de lujo y con comida y bebida siempre a punto. Solo preocupados de la literatura. No voy a decirlo porque no me gusta hablar mal de Alicante, pero el año pasado ya tuve una decepción más que mediana con un evento de aquí y, si este año repiten la gestión nefasta, no me pienso cortar dando pelos y señales. Retírenme la invitación si quieren, pero tengo la esperanza de que no pase otra vez lo mismo: una cena tras una mesa redonda, llegamos y no había sitio. Sillas y mesas ocupadas por nadie sabe quién. Ya he tenido otra experiencia similar. Compromisos, gorrones, pelotas, espontáneos, encorbatados, expertos en postureo o traficantes de influencias o de alpiste para gorriones. De no se sabe qué… pero literariamente cero. Estos ocupan el lugar del condumio y mandan al que se curra los libros a comer a una tasca a trescientos metros. ¡Cojonudo! ¿Qué celebran los que ocupan la mesa y el mantel? ¿Qué han escrito? ¿Qué han reseñado o dónde están sus entrevistas? Esto se va pareciendo cada vez más a la política, llena de “figuras jurídicas nebulosas” de las que nadie sabe qué cojones pintan en el sitio ni a qué se dedican para aparecer siempre a la hora de las gambas, como algunos sindicalistas.

¿Quién ha sido el lumbreras que ha decidido poner la ciudad patas arriba con cuarenta grados a la sombra y el doble de población por el fenómeno turístico? ¿Quién va a pagar la ruina de los comercios de esas zonas llenas de zanjas y vallas? 

El amor de mi vida me dice que no me cabree, que me va a dar algo y no sabe que en el fondo reina la tranquilidad porque me gusta la mortadela, los espaguetis y el gazpacho andaluz y paso de la merluza a la meunier,  del salmón a la riojana o como se llame, del bacalao al ajoarriero y de los chuletones de kilo y medio. Por eso el médico me da, todavía, no sé cuántos años de vida, porque no he pillado los kilos a que acostumbra el común. Por eso el amor de mi vida puede ir de tiendas. Porque a mí me siguen valiendo los pantalones de hace cuarenta años y, como la moda me la sopla, me los puedo seguir poniendo.

Vuelvo de la Semana Negra de Gijón. De estar con Marta Robles y con Carmen Posadas, con los policías escritores Alejandro Gallo y Ricardo Magaz, con las abogadas Arantxa Roces y Mercedes García – una poeta soberbia-.  Vuelvo y me encuentro Alicante como si Putin se hubiera equivocado y hubiese mandado aquí sus tanques desviándolos desde Ucrania. Alicante está invivible. Para postre aún no han cesado a Tezanos y sigue con sus encuestas cocinadas adecuadamente a gusto del que le paga.

Andar por Alicante es lo más parecido a la acción de las películas “Aguirre o la cólera de Dios” o “En busca del arca perdida”. Y aquí me tienen de tiendas para hacer frente a esta situación post bombardeo o post terremoto.

Me he comprado un cuchillo como los de Rambo, afilado por un lado y con dientes de sierra por el otro. He comprado un látigo como el de Indiana Jones y dos cuerdas para escalar y hacer rapel, un kit de supervivencia con hornillo militar y pastillas potabilizadoras para el agua. Dos cantimploras y varios botes de comida – como para mi Casilda– pero que dicen que, en situaciones de emergencia, valen para los humanos. Una nevera capaz de mantener el hielo durante ocho horas y dos rosarios  – católico y musulmán- para hacer amigos en los atascos, dependiendo de quién sean.

Estoy preparado por si me caigo a una zanja, si me ataca un concejal o la policía municipal por andar en dirección prohibida o sobre la acera, si me pilla alguna manifestación contra el grupo de poder o contra la oposición, o soy secuestrado por el “Comando Picadoras” integrado, según me chivan,  en unos de los movimientos satélites de Pam, Belarra y Montero, que ahora andan con tiempo de sobra porque no van en las listas.

Voy a proponer  – la guerra está de moda como ha pasado durante toda la historia de la humanidad- bombardear el ayuntamiento. He conocido a un pirata que reproduce música moderna, ya saben Rosalía, Lola Indigo, Beyonce y otras estrellas y me ha hecho buen precio. Tengo preparado un aparato de los del tiro al plato y pienso bombardear el ayuntamiento lanzando cintas de casette de Paquirrín. Todas con esa canción, con mensaje, que podría haber sonado en mi época como si la hubiera escrito Luis Pastor, Aute  o Raimon, y que habla reiteradamente de un tubo de escape. Va perfectamente para los grandiosos atascos alicantinos. También vale para cantarla cuando andes hundido en una de las múltiples zanjas que, en el lugar más insospechado, adornan nuestra ciudad y nos ponen en peligro.

Don Luis Barcala, querido alcalde: ¡que te hemos votado, cojones! Aunque solo sea por llevarle la contraria al del peluquín y a Ángel Franco. ¿Quién ha sido el lumbreras que ha decidido poner la ciudad patas arriba con cuarenta grados a la sombra y el doble de población por el fenómeno turístico? ¿Quién va a pagar la ruina de los comercios de esas zonas llenas de zanjas y vallas?  ¿Saben esos lumbreras que existe la posibilidad de hacer obras de noche? ¿Puede el ayuntamiento  – antes de ser bombardeado con el tubo de escape de Paquirrín- organizar un viaje de los encargados de policía, obras, urbanismo, etc… a Gijón, a Oviedo, a Vitoria para que vean ciudades ya terminadas y que no torturan a sus vecinos en la calle a diario?

Cambiemos de tercio. Las elecciones están dos semanas. Tezanos sigue diciendo, de manera grave, científica y solemne que va a ganar Sánchez. No se lo cree ni él, pero todo el mundo asiente cuando le dicen lo que quiere escuchar.

La cuestión es simple. Es imposible que gobierne un partido solo. Hay dos equipos enfrentados. Los populares y Vox, por un lado y los socialistas y Sumar por el otro – desaparecidos del mapa los podemitas que pasaran a la historia como el bluf del sí y del chalé-. Los que iban a seguir viviendo en Vallecas se han disuelto como el azúcar en el café.

Esto supuesto no nos interesa en absoluto que centren la campaña en “que te vote Txapote” y “cuidado con estos que van a pactar con la ultraderecha”. No estamos para gilipolleces. Queremos ver cuáles son sus planes para crear empleo; para mantener la sociedad de occidente; para hacer efectivas la sanidad y la justicia; para que el hombre – quitando a los hijoputas con balcones a la calle, lean a Pérez Reverte al que copio, que matan a sus mujeres- no sea de entrada culpable. Quiero saber qué van a hacer con los impuestos y con los chiringuitos donde viven como Dios los vagos y vividores. Qué van a hacer con las pensiones y con las residencias de los abuelos, de las que muchos hacen un negocio cuando es un servicio esencial en una sociedad longeva. O eso o montamos campos de exterminio para los abuelos y nos dejamos de tanta palabra bonita e hipócrita. Cuando hablen de eso y me expliquen cómo lo harán, decidiré mi voto. Yo – abuelo ya- no puedo ser una carga para el amor de mi vida que haría muy bien dejándome a la intemperie a ver qué estado de derecho  – o así se llama- tiene cojones de fumigarme para quitarse de en medio un estorbo.

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