opinión Manuel Avilés
Felipe de Borbón encarga formar gobierno a un señor que no tiene los votos. Coincido por una vez con los Borbones: no me gusta un gobierno del Estado con gente que quiere cargárselo

Hoy, en medio de la vorágine de intereses que asola a este país, que más que de pandereta, es de frikis, en medio de este revoltillo a ver quién pilla, tengo motivos para la esperanza. Tampoco muchos, pero alguno y alguno importante.

Sigo la prensa por los correos que me mandan los amigos y las pocas cadenas de televisión que tienen cobertura en este monasterio y no hay nada nuevo bajo el sol. Esto es como una partida de póker en la que cada tahúr – recuerden que Alfonso Guerra llamaba “tahúr del Misisipi a Adolfo Suárez y aquel era un santo varón comparado con lo que vemos hoy. En la partida de póker todo el mundo – espiando al contrario, observándolo, adivinado sus puntos débiles para llevarlo al huerto. Aquí pasa exactamente igual. Feijóo quiere gobernar, pero no puede y el gallinero se le revuelve exigiendo soluciones porque si el poder quema mucho, lo que realmente quema es no tenerlo. ¡Cómo va a sobrevivir tan gente sin un sueldo, unas prebendas, un sillón y una moqueta? Sánchez tiene claro que está dispuesto a entregar lo que sea, hasta la honra calderoniana para seguir en la Moncloa y ser dirigido por el móvil y bajarse los pantalones ante los que pidan vascos y catalanes. ¿Quieren ustedes amnistía? ¿Laura Borras y alguna más? No hay problema. Desjudicializamos el conflicto, como ustedes dicen y… a correr. El derecho está para los pringados, para la plebe y ustedes son ciudadanos superiores. Solo faltaba.

Felipe de Borbón encarga formar gobierno a un señor que no tiene los votos. Coincido por una vez con los Borbones: no me gusta un gobierno del Estado con gente que quiere cargárselo

Felipe de Borbón encarga formar gobierno a un señor que no tiene los votos. Es un brindis al sol para que nadie pueda decir nada. Coincido por una vez con los Borbones: no me gusta un gobierno del Estado con gente que quiere cargárselo.

Me pongo de una mala leche que espanta y hasta el prior del monasterio se acongoja y se acojona al verme cabreado. El me sugiere un par de días fuera del cenobio para respirar otros aires lejos de la prensa y los telediarios.

Encuentro la solución en un instante. Hay un pueblo precioso, en un lugar privilegiado: justo en el vértice de la provincia de Granada. Linda con las provincias de Jaén, Albacete, Murcia y Almería. Un capricho geográfico casi imposible a los pies de la Sierra de la Sagra. Me recuerda muchísimo a Moraleja, ese pueblo a los pies de la Sierra de Gata justo en la raya con Portugal y Salamanca. Un paraíso similar.

Me invitan en La Puebla de Don Fadrique a presentar ‘De prisiones, putas y pistolas’ y ‘El gato tuerto’, mis dos últimos libros de los que ya he hablado aquí largo y tendido y no les voy a dar más la paliza con mis libros que no soy Umbral.

Cojo la moto – la economía es precaria y hay que usar el vehículo que menos gasta porque ya no es como en mi juventud que se hacía autostop. Hoy no para nadie y con razón, tal y como se ha puesto la cosa-. El padre Fantomas, consciente de mi ruina económica, me presta cien euros para que no se los devuelva, es decir, me los da, como el abuelo Genaro a Julisdeysis, que pese a todo le sigue pidiendo. Y más que le pedirá, que esto es el problema sin fin.

Voy todo el camino cantando como Miguel Ríos: “Vuelvo a Granada…vuelvo a mi hogar…” – pongan ustedes la música que este ordenador portátil no tiene corcheas ni fusas ni nada que se parezca.

Son muchos kilómetros para un anciano, pero los soporto bien. Estoy cachas para el físico ruinoso con que me manifiesto en público. Llego a La Puebla y nada más aterrizar, a la primera vuelta que doy por el pueblo, me asalta una pregunta vital: ¿Cómo es posible que haya gente que anda buscando no se sabe qué lugares para perderse, para relajarse, para desconectar… fuera de España – el Caribe, el sudeste asiático  – lagarto, lagarto… ni mencionar Tailandia- con los lugares magníficos y desconocidos que tenemos aquí.

Mis anfitriones Miguel – ingeniero que estudio conmigo derecho- y Antonia su mujer – colega del Coro del Colegio de Abogados y señora encantadora donde las haya- han organizado la presentación y hacen los primeros honores con un paseo en el que disfrutamos de la Iglesia renacentista y del magnífico edificio del Ayuntamiento – antigua escuela- , pulcro, limpísimo, sin un solo reproche que se le pueda hacer. Nos recibe la alcaldesa y la concejala de cultura – Laura y Raquel– dos mujeres jovencísimas que acaban de entrar en política y de hacerse cargo de la tarea, mucho más que importante, de dinamizar y continuar desarrollando a este precioso pueblo.

Esto fue, como casi toda la península, tierra de moros con idas y venidas, conquistas y reconquistas, para volver a caer y volver a conquistar de nuevo. No nos vamos a poner trascendentes que tanto de la entrada de los moros, como de su estancia y su salida hay mucho que hablar y no hay tiempo en un artículo tan corto.

El hecho es que, a principios del siglo XVI, apareció por allí el dueño de todo. ¿Quién era el dueño? Evidentemente el que dio nombre al pueblo. Don Fadrique Álvarez de Toledo y Enriquez. ¿Les suena eso de Álvarez de Toledo? Que le pregunten a Cayetana, defenestrada por Casado, a su vez defenestrado por Feijóo. Este hombre era el segundo Duque de Alba el que otorgó – según me cuentan y disfruto de lo lindo escuchando esta historia- la donación de la carta de población – y mi anfitrión y yo nos acordamos de las clases de Fernández de Tirso, horribles, cuando explicaba las Cartas Pueblas-. De ahí la Puebla de Don Fadrique. ¿Entienden por qué yo no soy monárquico? Llegan los reyes… conquistan y reparten. Los nobles se llevan la tajada y los pobres ponen el trabajo y “pechan” con las fatigas y los inconvenientes.

Por la tarde, después de un arroz con el que mis anfitriones me obsequian – parece que el padre Fantomas les había avisado de mi gran cabreo por Sánchez, Puigdemont, los Bildus, los Peneuveros y la Ley D´Hont y quieren que olvide las penas a base de arroz con conejo y tinto de verano-. Lo consiguen.

Salimos de La Puebla en dirección a la Sagra y me asombro una vez más. Un paisano del pueblo tenía un cortijo en las afueras, se convirtió al Islam y – entiendo que con ayuda de los petrodólares saudíes… ya saben la historia y si no les repetiré los artículos de Ibn Wahab e Ibn Saud, los padres de todo lo que vino después empezando por la integrista Arabia- han montado ahí unos edificios impresionantes y – como no hemos entrado- me cuentan que un gran Centro de Estudios Islámicos al que acude gente de todo el mundo. A unos kilómetros, disfrutando de unos bosques tupidos y primorosos está la ermita de las santas. Otra tradición casi medieval como tantas en tantos otros pueblos. Las santas Alodia y Nunilón eran dos chicas hijas de un moro – siento decirlo, pero era moro, no magrebí ni subsahariano, ni argelino ni marroquí, ni libio… era un moro-. Pues estas chicas hijas de un moro y una cristiana, se convirtieron al cristianismo y el padre entró en un estado de ira irreprimible hasta el punto que las martirizó atadas a las colas de unos caballos. Mártires cristianas, santas y patronas de La Puebla de Don Fadrique y de Huéscar  – el duque de Huéscar es otro Alba que yo no tengo ningún título nobiliario que afecte a estas tierras ni a ninguna otra-. Ambos pueblos comparten a las santas y a la fiesta popular que generan. Y esto es cultura.

No acaba ahí la cosa: Por aquí anduvieron los primeros pobladores de Europa, la cultura argarica y ahí apareció el cráneo del Hombre de Orce, nuestro antepasado más lejano. En Galera y en Gorafe – cerca de La Puebla- hay monumentos megalíticos que dan fe de las culturas primitivas de aquellos hombres que, lo mismo que los de ahora, emigraban desde África para comer. Nada nuevo bajo el sol.

De cultura hablamos esa noche en el Ayuntamiento – sin el amor de mi vida que no estaba- de libros y de literatura con las putas y el gato como guía. Me asombró la alcaldesa que ayudaba a poner las mesas y los micrófonos, la concejala de cultura que hacía a la vez de técnico de sonido. Laura Gómez y Raquel, dos cracks preocupadas por dar al pueblo actividades con seso. Me asombró el nivel de los asistentes. Varias maestras – en activo y jubiladas- que se jactaban de ser “maestras” y a las que yo reconocí de viva voz mi admiración y lo que le debo a los buenos maestros de mi infancia. Había ingenieros, abogados, biólogos, farmacéuticas… ¡Qué nivel en un pueblo!, dicen que perdido en los confines de Granada, Jaén, Murcia… y pare usted de contar.

Cenamos divinamente y recién despierto, de buena mañana, recibo la mejor llamada que podría imaginar: Carolina Roca, excepcional fotógrafa, artista de la imagen como no conozco otra, me dice que ya “casi” tiene la portada de mi libro preparada. 357 Magnum. Por ti me juego la salvación. Caigo de la cama de rodillas y aunque ella no me ve a varios cientos de kilómetros, le suplico que me la mande. Se niega. Así son las genios. Quiere pulirla, dejarla perfecta.

Tan pronto la tenga ustedes serán los primeros en verla y en La Puebla de Don Fadrique, lugar mágico en una esquina de Granada y de Andalucía, los primeros en disfrutarla.

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