Opinión Manuel Avilés
Vengo desde Alicante, un secarral, y aterrizo en un vergel lleno de frutales, de castaños, de nogales y de todo tipo de ve

¿Es fruto de la imaginación lo que escribo? No, para nada. Harto de la vida que he llevado hasta ahora, desencantado y, si me apuras, desengañado de muchas cosas – tampoco es el momento de contar mi vida aquí y ahora, que eso es algo a lo que siempre recurren los escritores principiantes y carece casi siempre de interés- he aterrizado en este pueblo en el culo del mundo. Tras pasar por un puerto suave de nombre mágico: el Suspiro del moro, donde lloraba Boabdil al ser derrotado. No sé siquiera, si este pueblo está en el mapa, aunque debiera estar. Solo llevo aquí un día y medio, un lugar delicioso. Vengo desde Alicante, un secarral, y aterrizo en un vergel lleno de frutales, de castaños, de nogales y de todo tipo de vegetación.

En la cara sur de Sierra Nevada, hacia la mitad de la autovía que va desde Granada hasta la costa hay una desviación a la izquierda y por ahí tiré sin saber qué encontraría. Una carretera endemoniada de curvas y más curvas, cuestas y barrancos imposibles hasta llegar a este sitio escondido desde el que se contemplan los picos Mulhacén y Veleta,  y el mar  al frente.

Por aquí anduvo  en los años treinta – no entiendo cómo llegó a subir sin carreteras como las de ahora, por caminos de cabras- Gerald Brenan, Don Gerardo le llamaban los alpujarreños. Y aquel inglés que llegó con un burro cargado de libros, sin teléfono, sin internet, sin contacto casi con el mundo… escribió una de las mejores obras que se han publicado sobre la situación de un país convulso que desembocó en una guerra civil: “El laberinto español”. Me muero de la envidia. Tiro la toalla por no ser capaz de hacer nada que le llegue al zancajo a don Gerardo.

Vengo desde Alicante, un secarral, y aterrizo en un vergel lleno de frutales, de castaños, de nogales y de todo tipo de ve

No queda ahí la historia. Don Gerardo no ha sido el único ilustre que ha andado por estos lares, a los que yo he venido a parar por pura casualidad. Nació aquí cerca, a finales del siglo XIX – de eso me he ido enterando en el día y medio  que llevo hospedado en el hotel San Roque- un señor llamado Natalio Rivas, prototipo del cacique español. Fue diputado por Órgiva, capital de la Alpujarra y pueblo por el que he pasado para llegar. Estuvo en las Cortes desde principios del siglo XX hasta que llegó Primo de Rivera, dictador aupado por el traidor Alfonso XIII, y después fue aupado nuevamente por Franco hasta el año 58 en que murió. Longevos el tipo y su mandato.  Cuentan de él que hizo, a lo largo de su vida, más de cien mil favores, colocando y enchufando a gente  – era cacique- por los que recibió otros tantos jamones de Trevélez, que era el nombre de la tertulia que lideraba en Madrid a la que hasta Franco acudía. De este Natalio cantaba el gran Carlos Cano, también de esta tierra aquello de… “Natalio colócanos”.  De familia liberal, cercana y seguidora del general Riego, supo evolucionar o cambiarse de chaqueta, como queramos, y pasar de liberal a franquista sin despeinarse. Un ejemplo para muchos.

¡Ay que ver lo que es la historia y el analfabetismo hasta que uno se pone a viajar y a conocer! Era Unamuno el que dijo que la incultura se cura leyendo y el nacionalismo se cura viajando. Grandísima verdad. Me alegro de haber llegado hasta estas montañas porque estoy aprendiendo desde el minuto cero: unas construcciones únicas en Europa, los “terraos”, tejados planos con vigas de castaño, impermeabilizados con la “alfajía” y con lascas de pizarra. Estas construcciones tienen que ser originarias de los moriscos que eran unos arquitectos y unos albañiles excepcionales. Mirad la Alhambra como ejemplo sublime.

Hablando de moros y de cristianos. Por estos andurriales tuvo lugar, a mi entender la primera guerra civil que ocurrió en España, aunque España no estuviese aún del todo conformada. En la mitad del siglo XVI vivía en Granada Fernando de Córdoba que conforme iba ascendiendo en la escala social de la época, se añadía apellidos – como los militares y los eclesiásticos siempre- y se llamó Hernando de Válor y de Córdoba. Enfrentado al poder de los Austrias, se autoproclamó rey de Al Andalus y se cambió el nombre a Muhammad Ibn Umayya, Aben Humeya es como lo conocemos. Aquí, en estas peñas y en estos barrancos tuvo lugar la llamada Guerra de las Alpujarras, guerra civil de españoles contra españoles porque los moros, a los que querían echar, eran tan españoles como los otros después de ocho siglos.

¿Qué nos vayamos a nuestra tierra?  – preguntaban- ¿Cuál es nuestra tierra? Aquí hemos nacido nosotros, nuestros padres y nuestros abuelos y aquí vivimos desde que tenemos memoria. Me he traído, como si yo fuera don Gerardo, algunos libros y entre ellos está “La mano de Fátima” del abogado catalán Ildefonso Falcones. En él se novela esta guerra entre moriscos y cristianos, con momentos de crueldad inusitada en ambos bandos, una guerra de religión, de poder, de economía y de lucha por el territorio como tantas otras. Como las de ahora y como las de siempre.

Esta mañana, mientras desayunaba en el Hotel San Roque, había en la mesa de al lado unos señores hospedados como yo. Por su conversación he deducido que eran valencianos, de la montaña alicantina e industriales dedicados a instalaciones de todo tipo: fábricas de todo, que esa zona se busca la vida con mil menesteres creadores de riqueza. Uno, sobre todo, debía de ser el más importante, el que pagaba la excursión de las otras dos parejas. Seis en total, tres hombres y tres mujeres.

Si deseas aportar tu opinión sobre esta noticia, por favor, deja aquí tu comentario.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Alicante Al Día

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo