Opinión Manuel Avilés
Yo he afinado el oído, he tomado notas como si estuviera escribiendo de otra cosa y, tan pronto se han ido, me he puesto a investigar

¿Recordais? Hablaba en el relato – lo han partido en dos porque era largo-  de un viaje de Alicante a la Alpujarra y un encuentro casual. Hoy sigo contando lo que vi y oí.

Hablaba, entre risas con los demás, de cómo ha ganado bastante dinero, desde que empezó cambiando el alumbrado de un pueblo cuyo nombre no ha dicho. Luego han venido más obras y más reformas y más infraestructuras – de la mano de políticos, evidentemente, que le daban las contratas-  todo condimentado como debe ser, o sea, con ganancias estratosféricas e imagino que con más de una comisión en negro y en dinero contante y sonante. Habla de su barco y sus navegaciones por el mediterráneo y – ahí es donde ha despertado más mi curiosidad entre tanto faroleo- de un avión que compró en Estados Unidos y que, después de gastarse una pasta, solo le ha traído problemas. No parece demasiado afectado – la pasta le sobra por lo que veo- por las pérdidas ocasionadas, pero, al oír una frase entre tantas risas, he entrado en estado de alerta. Instinto literario, creo.

Yo he afinado el oído, he tomado notas como si estuviera escribiendo de otra cosa y, tan pronto se han ido, me he puesto a investigar

Estos no lo tienen muy claro. Yo he afinado el oído, he tomado notas como si estuviera escribiendo de otra cosa y, tan pronto se han ido, me he puesto a investigar. Documentación lo llaman cuando uno se informa de todos los pormenores posibles en una novela negra.

Un líder de la gran hecatombe sufrida por Norteamérica a principios de este siglo fue un egipcio, Mohamed Atta,  islamista radicalizado, perteneciente a Al Qaeda y antes a los Hermanos Musulmanes, que anduvo por Tarragona antes de irse a Miami a perfeccionar sus giros en el aire  y su pilotaje de reactores, porque todo lo consultado coincide en que ni él ni los otros, se interesaron nunca por el despegue y el aterrizaje de los aviones. Ya sabían lo que iban a hacer.  Atta mandaba en el Boeing 767 de American Airlines, que se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center.

Antes de matricularse en la Academia Simcenter Inc., alumno del piloto Henry George, en el noroeste de Miami, en el aeropuerto Oppa Locka, estudió en Hamburgo y fue detectado en Tarragona en el verano de 2001. En España se encontró con Ramzi Binalshibib, un yemení que tenía que enrolarse en el grupo que atentaría en América pero no consiguió el visado para entrar en Estados Unidos y no pudo sumarse al grupo. Se alojaron en dos hoteles que no diré – no hay que hacer mala propaganda a los hoteleros- entre Salou y Cambrils y se reunieron con un facilitador, Amer Azizi, que lideraba la célula española de Al Qaeda. Este Azizi fue, nada más y nada menos que el cerebro del terrible atentado posterior de los trenes de Atocha, esgrimido por aquellos moros como una respuesta  – sus tiempos y los nuestros no son los mismos- a las Cruzadas cristianas de la Edad Media. Tarragona fue escenario de las reuniones logísticas para preparar  los ataques, aunque jamás sabremos el contenido total y el número y la identidad de terroristas que participaron en esas reuniones preparatorias.

No era Atta, gran ejecutor, el líder máximo de esta magna operación terrorista o militar para ellos, sino Jaid Sheij Mohamed, un ingeniero paquistaní, cerebro de la matanza con un argumento muchas veces repetido: rechazo a la política exterior de EE.UU. que siempre favorece a Israel en contra de Palestina y de todo el mundo árabe. Este, Jaid Sheij, estaba realmente obsesionado con una manera específica de atentado: estrellar aviones contra edificios usando a practicantes de la Yihad como pilotos suicidas. Su inicial plan megalómano consistía en secuestrar diez aviones y estrellar nueve contra edificios estadounidenses  – Capitolio, Casa Blanca, Pentágono…- y hacer aterrizar el décimo en un aeropuerto donde matarían a todos los  viajeros varones adultos ante los medios previamente alertados y harían un discurso criticando a Estados Unidos y su ayuda a Israel.  No difirió mucho el plan y la megalomanía del principio quedó clara desde que el primer Boeing 767 se estrelló contra la primera Torre. Estos moros, los de las Torres Gemelas. Los otros moros, los de los trenes de Atocha, todos ramas del mismo tronco, como los del atentado terrible de la Rambla barcelonesa. Estos últimos más caseros, ocupas en un chalet, radicalizados en la mezquita de Ripoll, con explosivos caseros y bombonas de butano, pero ramas del mismo tronco, esa marca que da miedo con solo pronunciarla: Al Qaeda y de la que nacen los terrorismos islamistas que ahora se dispersan por el mundo. Exactamente igual que los masacradores de la sala parisina Bataclan, que pensaban y decían servir a no se sabe que Dios criminal mientras tiroteaban a jóvenes indefensos que disfrutaban de la música.

Hasta aquí lo que  he investigado, buscando por todos los sitios, pero claro, hoy en medio de la Alpujarra, en el Hotel San Roque de Pitres, me ha saltado la alarma – a lo mejor es un residuo profesional de mi antiguo trabajo- porque estas personas que desayunaban junto a mi nombraron a un instructor de vuelo canario que me sonaba. Un piloto, profesor, que trabajaba en Estados Unidos y que, en Miami, tuvo como alumnos a Mohamamd Atta y Marwam Al Shenni. Dos personas normales – dice Iván, el profesor canario- que no se significaban en nada, ni hablaban mal nunca de los americanos, llamando solo la atención porque eran muy religiosos y nunca perdonaban llegar puntuales a sus rezos. Eran “personas normales”, pero fueron expulsados de la academia Jones aviation por su trato agresivo con las mujeres. Iván fue investigado por el FBI con interrogatorios exhaustivos y, cuando tuvo que renovar el permiso para seguir trabajando en EE.UU. no se lo renovaron.

Volvemos a lo que me ha dejado con la mosca detrás de la oreja desde que escuché esta conversación en el bar de Pitres, en la Alpujarra, tierra de antiquísima raigambre mora en donde se refugiaron los últimos que quedaban ante de ser expulsados tras la toma de Granada.

El ricachón sobrevenido, constructor empresario, no tenía bastante con haberse comprado un barco grande, con tres o cuatro camarotes y todas las comodidades, con tripulación y dispuesto a surcar el Mediterráneo cuando menos. Quería tener también un avión privado que es ya un signo de poder indiscutible.

Compra el avión en EE.UU. y se lo entregan en Francia – mientras cuenta esto, los otros miembros de la tertulia dicen con voz potente ¡Por Dios, Vicente! Mientras se llevan las manos a la cabeza, como mandándolo callar – lo entregan en París y desde París a España lo trae un piloto contratado al efecto. Viaja  – cuenta el tal Vicente, no sé si tirándose un farol- en ese avión una familia de políticos cuya identidad no dice porque no he perdido detalle y se han guardado de decir el nombre.

Sobrevolando la Mancha, dice el piloto: nos hemos quedado sin combustible. E Intenta un aterrizaje forzoso en lo que parecía un campo de tiro y con unas condiciones precarias pero posibles para aterrizar. El piloto es muy bueno y lo consigue, aunque causando  serios desperfectos al avión. El suelo es accidentado, se revienta una puerta e hiere en la pierna a uno de los que ha ido a París a recoger el aparato.

Consecuencia directa de todo accidente de avión es la presencia del seguro para investigar qué ha pasado  -aquí la cara del tal Vicente iba cambiando de color mientras hablaba, se veía preocupado y había terminado la expresión jubilosa de los contertulios. El seguro, desde el principio de la investigación se inclina por el sabotaje, o sea la caída, el aterrizaje forzoso parece, a todas luces, provocado.

Los tapones de los depósitos de combustible, para evitar que salten por la presión de la altura, tienen un pasador de seguridad. Ese pasador no estaba, según relataba Vicente ya con la cara demudada y sin ninguna gana de provocar risas. ¿Los pasadores han podido saltar solos? ¿Todos? No parece posible. Lo achacan a un sabotaje – lo más probable- o a un error craso de mantenimiento, una imprudencia grave del que ha revisado el avión antes de iniciar el vuelo.

Y la expresión de Vicente se ensombrece aún más. A mí ni me mira, me he vuelto invisible – un abuelo que anda por las Alpujarras vestido con ropa de andar por el campo y zapatillas- y habla sin tapujos, como si no hubiera nadie.

El seguro ya empieza con sus componendas. Todo va sobre ruedas hasta que hay que pagar. Ahí empiezan las dificultades y las averiguaciones exhaustivas.

Vicente se pone mustio, con cara de solemnidad, como si fuera a soltar un gran discurso o una declaración institucional del copón:  Yo creo – dice cariacontecido- que se intentaron cargar al piloto que les dio clase a esos moros de las Torres Gemelas. El instructor de Atta y de los otros. De hecho, después del accidente  – y el tío sabía volar- nunca más se supo de él.

Me he quedado mudo con la afirmación. No entro en si es verdad o el tío se estaba tirando faroles y dándose importancia con el personal que lo seguía. Ahora bien, una cosa no admite duda: estamos en una guerra. No son actos aislados de terror. Hay una auténtica confrontación, un choque   de civilizaciones, como alguien ha dicho en algún sitio. Las Torres Gemelas, los trenes de Atocha, el Bataclan en París… esos atentados no son  el asesinato de Prim en la Calle del Turco, ni el asesinato de Canalejas en la Puerta del Sol ni el de Carrero Blanco en la calle Claudio Coello. No estamos ante hechos independientes sin relación entre sí. Esto es una guerra auténtica, global, distinta a las que ha habido antes.

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