Las sociedades cazadoras-recolectoras no sabían nada de calorías ni macronutrientes. No tenían lácteos desnatados ni alimentos fortificados. No tiraban la yema del huevo ni desayunaban tortitas de arroz inflado.
Y sin embargo no tuvieron deficiencias de nutrientes ni sufrieron las enfermedades crónicas de occidente. Los casos de obesidad, diabetes, enfermedades autoinmunes o incluso cáncer fueron mucho menos frecuentes que en las sociedades desarrolladas. Múltiples factores de su vida tradicional les protegían de las llamadas enfermedades de la modernidad, pero quizá el factor principal haya sido la comida real. Sus alimentos procedían de la naturaleza, no de las fábricas.
Más del 30% de nuestros alimentos son ultraprocesados, pero al verlos en la publicidad a diario ni siquiera nos parece extraño
Por el contrario, la sociedad actual está enganchada a la comida industrial. Más del 30% de nuestros alimentos son ultraprocesados, pero al verlos en la publicidad a diario ni siquiera nos parece extraño. Pensamos que los cereales de desayuno son la mejor forma de empezar el día porque están enriquecidos con vitaminas. Creemos que las galletas son saludables porque las promocionan como digestivas y tienen fibra añadida. Es una gran mentira. El único beneficio de estos productos es económico, y es para sus fabricantes. La comida industrial es mucho más rentable que la real, por eso no verás anuncios de pescado o verdura.
Los productos ultraprocesados están tan normalizados que a muchos les cuesta identificarlos. Si es tu caso, no te preocupes, es más fácil de lo que parece. Solo deberás respetar algunos principios básicos al hacer tu compra y preparar tu comida. Has de ser consciente de los engaños de la industria y la importancia de priorizar los alimentos de verdad. Es la revolución de la comida real.
Para evaluar la calidad de un alimento se valora, además de sus potencialidades nutritivas y sus efectos para la salud, los valores más externos al producto, como la manera de producirlo, de comercializarlo, de consumirlo, además de los aspectos socio-económicos y medioambientales
Desde la Unión de Consumidores estamos intentando concienciar la necesidad de cambiar hábitos alimentarios y preocuparnos por la calidad de los alimentos. Para evaluar la calidad de un alimento se valora, además de sus potencialidades nutritivas y sus efectos para la salud, los valores más externos al producto, como la manera de producirlo, de comercializarlo, de consumirlo, además de los aspectos socio-económicos y medioambientales con los cuales está relacionado. Lo explicamos mejor en la siguiente tabla:
| Calidad sensorial: | Aspecto, sabor… del alimento |
| Calidad nutricional: | Contenido en vitaminas y minerales |
| Capacidad de adaptación al sistema productivo | |
| Capacidad de conservación, de almacenamiento | |
| Ausencia de residuos plaguicidas | Alimento ecológico |
| Calidad socio-económica: | Valoración de la cultura local, generación de empleo |
| Calidad medioambiental: | · Preservación de la fauna, de la flora, de la biodiversidad y del paisaje rural.
· Preservación de suelo y del agua. · Ahorro de energía y mitigación del cambio climático |
En el transcurso de los últimos 30 años, como afirma la SEAE (la Sociedad Española de Agricultura Ecológica), la composición de frutas y verduras convencionales ha sufrido pérdidas considerables en el contenido de vitaminas y minerales, que oscilan entre un 12% en calcio, para el plátano, hasta un 87% de vitamina C en fresas. Todo ello debido al empobrecimiento d elos suelos, al empleo de variedades comerciales, el almacenamiento durante largo tiempo sin maduración natural, el transporte y el empleo de tratamientos químicos.
En los alimentos ecológicos están ausentes los nitratos y los residuos pesticidas, tan nefastos para la salud
La alternativa pasa por los alimentos ecológicos, al ser más ricos en vitaminas y más equilibrados en proteínas, oligoelementos y minerales. Además en ellos están ausentes los nitratos y los residuos pesticidas, tan nefastos para la salud.