Cuando era espía y etarrólogo, ahora no tengo ni puta idea del mejunje que se trae Sánchez con el PNV y con Bildu para dejar zanjado este asunto con la frase épica: “to er mundo ejj güeno”, en aquella época, estaba hasta los mismísimos cataplines de hacer kilómetros viendo etarras desde Herrera de la Mancha hasta Martutene y desde Langraitz hasta el Salto del Negro. No me gusta viajar, pero he descubierto que merece la pena despertarte a las cuatro de la mañana y tener que mirar los papeles del hotel en que duermes para saber dónde estás.
El Coronel Ugarte, del entonces Csid, el general Rafael Ferreras, extraordinario guardia civil o el Comisario General de Información, Enrique de Federico, mis grandes amigos. Los propios ministros Asunción y Belloch, medio mundo, me daba por muerto y andaban preparando ya caja y las banderas para envolverla, incluidos los lideres del PNV con los que yo me veía, día sí y día también, en Madrid o en cualquier lugar de Euskadi.
No consiguieron sus propósitos los Chaos, Zulueta, Gorostiza y Cía y aquí estoy, vivo y coleando – lean las memorias de Belloch “Una vida a larga distancia”-, aunque mi chica me haya dejado arrumbado como si fuera un calcetín roto y, con esta edad y estas pintas, ligue menos que un jorobado en una piscina. ¿Se puede usar la palabra jorobado o ya tampoco? Nos están robando el lenguaje.
Felizmente jubilado de aquellas tareas, más arriesgadas que las de un bombero en un incendio – toco madera, reclamo limpieza de los montes y que la hagan los de trabajos en beneficio de la comunidad y exijo penas más duras para estos crímenes contra la humanidad-. Me dedico, como me propuse desde el primer momento a dos cosas en la poca vida que me queda: las motos y la literatura. En ambas gasto mi tiempo y mi poco dinero – casi ninguno- y ambas me dan toda la felicidad que es posible tener cuando miro a mi alrededor y solo veo viejos haciendo cola en las consultas del médico – voy a dejar de ir, cojones, que salgo siempre con ganas de tirarme por uno de los puentes de Alcoy o por las curvas de Petrel. Veo viejos con carrillos, abuelos que hace nada eran jóvenes y me doy cuenta de que son de mi quinta y tengo que echar a algunos de mis redes porque afirman que fueron conmigo al colegio. Tempus fugit y estamos más acabados que Antonio Machín, como cantaba Sabina en La Mandrágora.
La historia la escriben los vencedores – y los supervivientes-
Este verano, con la literatura – gano menos que un mendigo en la puerta de La Moncloa- le ha dado la vuelta a España dos o tres veces y ahora ando comiendo solo bocadillos de choped hasta la Navidad, a ver si me recupero. Acojonante, porque me he ido fijando en monumentos y lugares literarios y no he hecho un libro como El viaje a la Alcarria de Cela, pero más amplio, porque no quiero arruinarme más de lo que estoy con correctores, editores, maquetadores y diseñadores de portadas, que todo eso lo estoy dejando para el último de mi autoría antes de ir al crematorio: “Yo soy el asesino”. Temblad feminazis, que yo soy feminista y me cargo a una señora en la primera página, y digo señora por usar un término respetuoso, era una hija de puta de tomo y lomo. No hay nada más peligroso que un viejo de setenta años. No tiene nada que temer ni nada que perder, porque ni en la cárcel lo quieren y puede ejercer una justicia cargada de romanticismo.
Fijaos si soy tonto, que le compré un Beatle – de tiempos de Göering- de vigesimoquinta mano a un argentino. El coche responde y ya hablaré del argentino y sus fallos cuando quiera hundirle el negocio, valga como primer dato que, nada más salir del taller, se quedó sin batería y el argentino más fullero que Paredes en el Mundial y que Maradona metiendo el gol con la mano, dijo que la batería no entraba, cuando el coche solo había andado dos kilómetros y medio. La puerta de atrás no tenía muelles y la derecha tenía roto el tirador. Menos mal que Santiago, el mejor chapista del mundo, que trabaja junto a la plaza de Benalúa, me lo dejó como un pincel.
Comienza el periplo de mi verano, tómenlo como una guía turística de primer nivel -dicho sin ánimo de tirarme faroles-. Voy a Cartagena, donde disfruto con el gran Obdulio, director de la Semana de Novela Histórica de Cartagena, que ya me ha acogido en varias ocasiones. Sus adláteres Laura y Marisa, me hacen la visita aún más agradable porque dos abuelos solos, siempre terminamos hablando de mujeres, de los presos viejos de la cárcel de San Antón – el Lute, los de la Matanza de Atocha, El asesino de Yolanda Gonzaléz…todos esos de los que tanta gente escribe sin haberlos visto nunca-. Laura me jura, rodilla en tierra, que me va a dar su poemario que me debe hace años.
Sigo viaje a Calabardina. Mi chica, que aún no me había dejado, lo que hizo tres meses después, se comporta de forma que mi estancia no tenga nada que envidiar a un paraíso con setenta u ochenta huríes. Tísico llegué hasta Almería, pasando antes por un festival de flamenco divino en San Juan de los Terreros en donde me enamoré de una abogada que respondió a mi declaración con la frase despectiva: yo no salgo con ancianos, no trabajo en ninguna residencia.
Hasta Alhama de Almería, paso por las tierras que meses después han ardido miserablemente – condenados a trabajos en beneficio de la comunidad tienen que limpiar los montes y las penas a incendiarios hay que subirlas-. En Alhama me acompaña la catedrática de Derecho Romano de la Universidad de Almería, guapa y dulce en sus formas y enérgica y sargentona en lo que al Derecho Romano se refiere. Hablamos de los almerienses que hace más de un siglo andaban por Cuba buscando fortuna y deseando volver al pueblo.
Voy después a Granada, pero… nadie es profeta en su tierra. No os perdáis en el Albaicín, justo debajo de la plaza de San Nicolas, la Fundación Aben Humeya, hermana de El Quijote Negro e Histórico. La fundación lleva el nombre del moro español, Fernando de Válor y Córdoba, convertido al cristianismo a la fuerza, que declaró la guerra a Felipe II, el que los oprimía porque, después de ochocientos años, eran tan de aquí como los demás españoles, aunque España aún no estaba conformada. Les decían a los moriscos: vete a tu tierra y ellos respondían ¿cuál es mi tierra si mis padres, mis abuelos, los abuelos de mis abuelos, todos nacieron y vivieron aquí? El eterno problema de la supervivencia del hombre. La guerra de las Alpujarras fue la primera guerra civil española que tuvo que ser aplastada por Juan de Austria – nada que ver con la marcha verde que ha montado hoy el dictador marroquí-. Dejo Granada con nostalgia aunque yo de nostálgico tengo poco y disfruto otra vez de la vista de la Alhambra y Sierra Nevada desde la terraza del Aben Humeya. Paso por mi pueblo donde sigo declarado “persona non grata” por un capellán militar del que mejor no digo nada, militar que lo más peligroso que ha hecho ha sido montar bingos por las tardes en Bosnia para entretener a los soldados en aquella guerra. Éramos amigos pero me declaró la guerra personal por escribir “El Metralla. Andanzas de un sublevado”, que decir que el cura que había en mi pueblo cuando yo era pequeño, tenía novia. La escritura es una ocupación nociva, insalubre y peligrosa.
Llego a Sevilla y me acojono. Tengo una conferencia en la Universidad y está plagada de filósofos. Me relajo dando una vuelta sosegada por la Giralda y la Torre del Oro. Emilio Ferrín es una de las personas más lúcidas y con más espíritu crítico que me he tropezado en los últimos treinta años, junto con Manuel Desantes, el creador de la Biblioteca de los libros felices y ordenanza primero de Don Biblio, el jefe. Conferencia plagada de preguntas y llena de interés por ETA, que ahora casi parece que no existió siquiera. Me encantaron las preguntas y cómo todos insistían en el contenido de “De prisiones, putas y pistolas. El desmantelamiento de ETA en la cárcel” – urgentemente necesitan leerlo quienes dicen que Zapatero acabó con ETA-, y “Cuarenta años de cárcel sin redención”, una historia de esta país, de los últimos setenta años, desde los ojos de un niño, que pasó por toas las penalidades que se podían padecer entonces.
Me voy a Córdoba, mi chica ya, casi está tirando la toalla. La veo venir. Llego y me espera mi amigo el coronel Basilio, jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Baleares cuando yo era director de la cárcel de Palma. Un disfrute total andar por los barrios y callejuelas cordobeses plagados de macetas y flores y con tapas y vino delirantes.
No tengo más tiempo y me quedo aquí para seguir el próximo artículo por el norte. El viaje ruinoso – la gente lee algo, infinitamente más las mujeres que los hombres- pero no compra libros. Mi cuenta de jubilado tirita pese al calor sevillano y cordobés. ¿Para qué quiero ahorrar con el crematorio tan cerca? ¡Qué grande y qué preciosa es España! ¿Quién se va de veraneo a Punta Cana con lo que tenemos aquí? Un hortera.