El titulo iba a quedar un poco extenso, por eso lo he recortado: Todo le importa un cojón, salvo permanecer en el sillón. Ese es el título exacto. Se refiere a Sánchez y está mucho más que claro si observamos los acontecimientos: todo aquello que hace unos años y era imposible, ilegal, anticonstitucional, hoy es posible por arte de magia, de birlibirloque y porque hace falta para atraer los votos de quienes jamás han pensado en España, ni en el interés común sino solo en el suyo. Ahora viene el De Manuel y me pone verde y miembro de la fachosfera, porque parece – ya me pasó cuando estaba destinado en el País Vasco en aquellos años duros y violentos, finales de los ochenta y principios de los noventa, en mi calidad de carcelero, que no se podía decir España porque eso era franquista. Había que decir estado español que sí fue una invención de Franco para no decir Republica española ni reino de España. A ver si estudiamos un poco más y le damos menos al alicate, pontificando sin tener ni puta idea. A lo que vamos, que Sánchez se está cargando el Estado de Derecho, cambia delitos por conductas legales, da amnistías y muchas más cosas porque los regalos que hace a sus socios interesados le son imprescindibles para mantenerse en el sillón, que es su móvil último y único.
He preparado el viaje concienzudamente. Cuchillo de monte por si hay robos de cobre, caídas de catenarias y nos toca hacer noche en alguna cuneta junto a las vías. Cantimplora de litro y medio para proteger la necesaria hidratación con estos calores. Saco de dormir para el relente que el tiempo es muy traidor, sales sudando como un pollo, el cielo raso como una carta y la tormenta te sorprende lo mismo que a Mazón comiendo románticamente en El Ventorro. Claro, El Ventorro tiene techo, pero si la tormenta te coge en un descampado a cincuenta kilómetros de Reinosa, la cosa cambia. Llevo también linterna y luces de emergencia, botas katiuskas para el barro, cuerda de montañero por si hay que eludir algún caudal desatado y gayumbos impermeables además de un flotador por si – por un casual, que hay que ir preparados- acabamos en el agua torrencial de algún cauce que de seco se convierte en barranco asesino en serie . No creo que se me olvide nada porque había pensado en una canoa hinchable y un remo, pero me ha parecido excesivo.
La verdad es que voy a Santander, a presentar “Los confesores reales”, ese libro del taller literario de la Universidad de Alicante que llevo años impartiendo y quiero hacerle la publicidad que se merece – mucha- y extender la afirmación que flota a lo largo de toda la novela histórica: la Iglesia ha ejercido siempre una presión asfixiante sobre el poder – con el cuento de que son los depositarios y legítimos interpretes de la palabra y la voluntad divinas- para dirigir la política de los estados en todos los sentidos. El matrimonio de la espada y el altar ha sido una realidad que ahora flojea, pero ha existido hasta hace poquísimo y sigue. Ojo, no se me cabreen, sigue y nosotros seguimos gilipollas consintiéndolo, en tantos países y tantas sociedades, con las sharias impuestas, las leyes coránicas que no son sino la opresión que unos hombres ejercen sobre otros – y sobre las mujeres evidentemente, vean las fotos publicadas por un servidor hace una semana en una terraza hirviente por el calor- con base en que son los mensajeros de lo que Dios – ¡que Dios? ¿Cuál de ellos?- nos exige por su autoridad, por su majestad, por su imperio sobre nosotros. Gilipolleces que desde hace miles de años y a fuerza de miles de presiones se han instalado en nuestro ADN.
Salgo de casa con la mochila y la impedimenta y parece que voy a subir al Aconcagua, en lugar de ir – la literatura puede ser una actividad insalubre, molesta y peligrosa- a presentar un libro, una actividad inocente aunque cuando me sumerjo en la historia, que es la actividad en la que me empleo más a la vejez, aparte de disfrutar de la piel de seda de mi chica, el amor de mi vida, quien da los besos más sabrosos y tiene la geografía más efervescente, enajenante y divina de toda la galaxia. Perdón, con el amor de mi vida, se me ha ido la olla. La vi venir el otro día, calle arriba, desentendida, andando con su vestido normal, nada de hortereces ni marcas ultra galácticas y ella, con su pantalón y su camisa, levantaba el asfalto a su paso, ocasionaba terremotos y Hasta un maremoto en el Indico que, desde tan lejos, vibraba ante su geografía escultural. Grande es Dios en el Sinaí, decía Castelar por cuyo paseo santanderino me muevo ahora, pues ni ese Dios majestuoso y tronante, le llega a mi chica a la altura de la alpargata. Si quiere maravillar a su rebaño de fieles, tendrá que contratarla a ella, ya verán.
Cuando me sumerjo en la historia me asombro de ver qué cantidad de escritores han terminado con sus huesos en la cárcel, en la hoguera, en el garrote vil o en la guillotina. Desde Miguel Servet a Galileo, desde Cervantes a Quevedo, desde Voltaire al marqués de Sade y desde Savonarola a Robespierre o desde Miguel Hernández a García Lorca muchísimos escritores brillantes, geniales, con tanto que decir, han dado con sus huesos en la trena, aherrojados, encadenados a una argolla en un intento de silenciarlos y las religiones han tenido mucho que ver en esos aplastamientos de la libertad.
Se están cargando el Estado de Derecho, cambian delitos por conductas legales, dan amnistías y muchas más cosas porque los regalos que hace a sus socios interesados le son imprescindibles para mantenerse en el sillón, que es su móvil último y único
Las religiones y la política han estado intrínsecamente unidas desde siempre porque ambas realidades pretenden ostentar el poder, son instrumentos de él y viven del ejercicio del control sobre la sociedad en la que imperan. Hagan memoria: Guerras de religión, Santas cruzadas, santas inquisiciones, partidos cristianos de toda índole, estados confesionales, sharias y otras zarandajas para bautizar, judaizar o islamizar lo que no son sino ansias de tener al otro debajo del zapato. Ahora, la religión ha sido sustituida, a veces por la patria chica, la vasquidad, la catalanidad, la galleguidad o lo que sea, que con esta ley electoral da la posibilidad a esos grupúsculos que tienen menos votos que el partido animalista, hagan de bisagra para apoyar a unos u otros y den la oportunidad a oportunistas de desguazar estados, sosteniendo el sillón.
Recuerden a Catón, en el siglo III a.C, le preguntaron una día si iba a hablar sobre la guerra y el contesto: ¿Quiere que hable a favor o en contra?- Veintitrés siglos después, con la exégesis jurídica como arma, uno puede afirmar hoy una cosa y mañana su contraria: La amnistía es inconstitucional. Mañana se ajusta a la constitución. La sedición es delito. Mañana no lo es. La caja de la seguridad social es irrompible. Mañana se rompe. Tales señores están condenados por cohecho y malversación. Mañana están absueltos y el delito no ha existido. La financiación singular es injusta porque afecta y perjudica los derechos de los otros. Mañana no los perjudica ni les afecta en nada.
Ya lo saben. Hay una gran verdad que oí decir – siendo joven, que no siempre he sido un vejestorio inútil como ahora: las normas de derecho las inventan los grupos poderosos con el fin primordial de permanecer en el poder. Cualquier otra motivación carece de importancia ante esa principal. Ya lo saben, todo importa un cojón si sirve para permanecer en el sillón.
Feijoo, ya sabes que nunca me has gustado, ni Rajoy ni Aznar, pero insiste en que vas a subir a los jubilados conforme al índice del coste de la vida. Así ganarás porque el sanchismo utiliza a los jubiletas con su cuidado de las pensiones para tenernos apesebrados, a mi el primero. Ahora ya no quiero que el señor me lleve pronto, quiero durar treinta años más. Decrépito, machacado, gilipollas, con un carrillo andador, pero cerca de mi chica, esa que levanta el asfalto cuando camina con su cara alzada y orgullosa. Estratosférica.