Un día, cuando mi hijo tenía 11 años, me dijo muy serio: “Mamá, quiero hacer dieta porque me estoy poniendo muy gordo”. Cierto es que tenía un poco de sobrepeso pero la madre que hay en mí quiso ahorrarle todas las privaciones que lleva una dieta y salvaguardar su autoestima de paso, así que le dije: “Ariel, yo no te veo gordo, creo que estás guapísimo”, mientras hacía ademán de ir a abrazarlo. Él se separó, me miró muy serio y me dijo: “Vas literalmente a abrazar el problema. A los problemas no se le da cariño, se le da soluciones”. Al día siguiente fuimos al nutricionista, porque él no necesitaba una madre amorosa en ese momento, necesitaba una madre eficiente.
Cada vez que alguien me pregunta por la inmigración ILEGAL recuerdo ese episodio familiar, porque el Gobierno no sólo nos niega que exista un problema con ello, sino que -además- nos dice que estamos más “guapos” conviviendo con quienes han entrado en nuestro país a las bravas.
El Estado -ese que tiene que velar por el bienestar de sus ciudadanos- hace diplomacia entre ositos y arcoíris. Mientras agita el manual de autoayuda multicultural nos sermonea sobre empatía y comprensión. Nos exige abrazar costumbres ajenas -aunque el contacto nos hiera- y convierte cualquier crítica en delito de pensamiento: racismo, xenofobia, herejía contra el dogma oficial…
Mientras tanto, la delincuencia de “importación clandestina” recibe tratamientos de spa jurídico, amparada por un buenismo que confunde la ley con la carta de un restaurante vegano: todo son opciones blandas y ninguna con sustancia. Eso sí, cuando un ayuntamiento como Jumilla decide que ningún recinto polideportivo sea escenario de celebraciones religiosas (de ninguna confesión), el Gobierno reacciona como si se hubiese pillado a un ministro diciendo la verdad sin querer. La medida -igualitaria por definición- se reinterpreta con lupa selectiva para convertirla en un ataque a los musulmanes. Porque aquí la neutralidad no se mide por la ley, sino por la conveniencia del relato.
¿La inmigración ILEGAL es un problema? ¿Las drogas son un problema? ¿Son todas malas? No, algunas curan, pero están reguladas
El Estado publica las estadísticas sobre delincuencia de forma torticera, mezclando valores relativos con absolutos. Mis datos son mi experiencia: de cada 10 detenidos a los que asisto en Comisaría, 7 son extranjeros y la mitad de ellos ilegales. He dejado de sorprenderme al ver reincidentes con órdenes de expulsión caducadas. ¿La inmigración ILEGAL es un problema? SÍ. Un SÍ rotundo. ¿Las drogas son un problema? Sí. Un sí rotundo. ¿Son todas malas? No, algunas curan, pero están reguladas. Vete tú con la cara hinchada por un dolor de muelas a que te dé el farmacéutico un antibiótico sin receta… Pero entra a esta España nuestra en patera, que te cuidamos sin condiciones. No vendrás de vacaciones, pero ponemos todas las leyes que no te convengan en ”vacatio legis” para que no te estreses.
Tenemos un problema. Y si no empezamos a poner soluciones ya, España será como esa madre que, para proteger la autoestima de su hijo con sobrepeso, sigue llenándole el plato mientras le dice que está guapísimo… hasta que un día el médico no hable de kilos, sino de riesgo vital.
- Cristina Birlanga
- Abogada