CARLOS SAN JOSÉ ALONSO ancha
Hace mucho tiempo que los centros reclaman aumento de plantillas y más recursos ante la imposibilidad de ofrecer una atención mínima de calidad, unas bajas que tardan  semanas en cubrirse, unos medios digitales inexistentes y unas plataformas de comunicación con el alumnado y las familias más eficientes.

Ha tenido que llegar una pandemia de magnitud mundial para que la educación centre todas las miradas y esfuerzos de la administración y de las familias. Bien es cierto que es la salud lo que preocupa más que la educación, lo cual es lógico y sensato, pero nunca antes nadie se había anticipado al Corte Inglés en la vuelta al cole y ahora es portada de informativos, hace correr ríos de tinta en los periódicos y es foco de debate en las playas.

¿Cuál es la solución perfecta ante este inicio de curso? La respuesta es rotunda: ninguna. La grave situación sanitaria en la que nos encontramos no permite maniobrabilidad perfecta en ningún sentido. Los expertos en educación siempre han defendido la opción presencial, principalmente en las primeras etapas educativas, pero las autoridades sanitarias desaconsejan las reuniones por lo que nos encontramos en una compleja encrucijada.  Sin entrar a valorar la forma, doctores tiene la iglesia para hacerlo mejor que yo, me gustaría destacar el hecho con el que he querido titular este artículo: “ahora importa la educación”. Como docente, con casi tres décadas de labor educativa, observo como las administraciones educativas no han estado nunca a la altura de las circunstancias en este país, con siete leyes educativas en apenas treinta y cinco años y con un resultado evidente de descenso competencial y del conocimiento, un descrédito de la labor docente, una politización de la educación y un retroceso en baremos internacionales de calidad. Nos encontramos ante un sombrío escenario enturbiado aún más por una maldita pandemia.

Hace mucho tiempo que los centros reclaman aumento de plantillas y más recursos ante la imposibilidad de ofrecer una atención mínima de calidad, unas bajas que tardan  semanas en cubrirse, unos medios digitales inexistentes y unas plataformas de comunicación con el alumnado y las familias más eficientes

Decía el ilustre pedagogo Víctor García-Hoz que “la educación debe ser integral y personalizada” y para ello se necesitan medios: principalmente una ratio reducida y una adecuada formación del profesorado. Ahora nos encontramos con  centros y aulas concebidos para un determinado número de alumnos que rebosan los espacios superando y mucho las ratios y lo que es más preocupante, carencia de recursos humanos ante el aumento exponencial de alumnos con necesidades educativas especiales y características que requieren atención individualizada. Hace mucho tiempo que los centros reclaman aumento de plantillas y más recursos ante la imposibilidad de ofrecer una atención mínima de calidad, unas bajas que tardan  semanas en cubrirse, unos medios digitales inexistentes y unas plataformas de comunicación con el alumnado y las familias más eficientes. Por eso sonroja observar como ahora se destinan, sólo en la Comunidad Valenciana, 207 millones de euros a la educación con una contratación de 4.500 profesores, un plan de digitalización de 33 millones y 29 mil tablets para los alumnos de los centros educativos valencianos. Y uno se pregunta: ¿hacen falta pandemias para invertir en educación? ¿Por qué antes no se aumentaron las plantillas y se invirtió tanto esfuerzo si ahora se puede hacer?

Es evidente que la cotidianidad no mueve a las administraciones y sí la excepcionalidad de las circunstancias, cuando debería ser justamente al contrario. La educación sigue teniendo muchos problemas estructurales y los seguirá sufriendo después de la crisis sanitaria, pero hasta que en este país no se logre un verdadero pacto educativo no conseguiremos asentar unas bases de éxito en el pilar fundamental de nuestra sociedad que es la educación.

  • Carlos San José Alonso
  • Presidente de CONTIGO Elche y maestro de Primaria

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