Anda el tiempo revuelto y la tele plagada de acontecimientos como cuando reinaba Franco —no Ángel que es el rey de Alicante, sino Francisco, monarca de todas las Españas—. Este fin de semana no ha sido bueno para el ministro de Hacienda, ni para la ministra de la Inseguridad Social ni para la ‘jefaza’ de los bancos mundiales, Cristine Lagarde, esa vieja de mi edad. Los abuelos somos una carga que hay que quitar de en medio de cualquier manera.
En viaje del Inserso nos llevan a Galicia y allí nos llueve. Luego nos llevan a Fuerteventura y allí hace sol
Hace muchísimo tiempo que no voy a los toros por respeto a esos seres torturados, engañados y matados para diversión de unos seres humanos que —como yo cuando iba— carecen de sentimientos ante el sufrimiento que se inflige a un ser acojonado y lo definen como arte y como fiesta nacional. Sin ir a los toros recuerdo a aquel torero malo de solemnidad al que su mozo de espadas le decía: ¡Sácalo al sol! ¡Llévalo a la sombra!¡Sácalo al sol! ¡Llévalo a la sombra!…y así veinte o treinta veces. El desastre vestido de lentejuelas le decía al mozo: «Dime un sitio y no me andes cambiando tanto». Y este le respondía: «A ver si con el cambio de temperatura se muere el toro de un resfriado porque a ti no te veo capaz de matarlo». Eso pasa habitualmente con los vejestorios, rémoras de esta sociedad productiva y del éxito —como yo mismo—. En viaje del Inserso nos llevan a Galicia y allí nos llueve. Luego nos llevan a Fuerteventura y allí hace sol. La quincena siguiente nos empaquetan para el delta del Ebro y allí nos volamos con las ventoleras. Como los jarabes —tipo Iniston, Bisolvon y la madre que los parió a todos— hay que pagarlos a tocateja que no entran en las recetas porque toser no es una enfermedad sino un deporte para hacer pectorales, pues los abuelos la vamos palmando silenciosamente y equilibramos la caja de pensiones que Rajoy se ha encargado de liquidar desde que tomó el mando en plaza.
El alemán —Dr. Alzheimer, que me visita a menudo— y el italiano, Franco Deterioro —que vive conmigo permanentemente— hacen que me disperse y me vaya por los cerros de Úbeda. Me estoy convirtiendo irremediablemente en un abuelo cebolleta. Vamos a centrarnos.
El fin de semana de tiempo revuelto ha hecho que los abuelos recuperemos el brasero y la mesa de camilla y en lugar de lanzarnos a la aventura y a coger frío, nos apalanquemos delante de la caja tonta que ha sido una fuente de diversión inagotable.
Ni un mal gesto ni una negativa. Nadal, además de ser una máquina dando palos con la raqueta es un santo
Sin moverme del sillón orejero he hecho deporte hasta quedar desguazado: He jugado la copa Davis con Nadal. ¡Que tío! Cuando yo estaba en la cárcel en Mallorca tuve el honor de cenar una noche con él en Manacor. No lo dejaron tomar ni dos bocados seguidos. Cada treinta segundos lo interrumpían para hacerse una foto o pedirle un autógrafo. Ni un mal gesto ni una negativa. Además de ser una máquina dando palos con la raqueta es un santo.
Me he inflado de jugar al fútbol con esas estrellas que ganan en un día más que los nueve millones de jubilados juntos. He andado en bicicleta en esa carrera inhumana que llaman el “Infierno del norte” —la París-Roubaix— y he visto en directo la muerte en la cuneta de un tramo de adoquines, por un infarto, del joven ciclista belga Michel Goolaerts.
Ya de noche y reventado de tanto esfuerzo, he tenido dos tentativas de orgasmos viendo la capacidad de lucha de Marc Márquez, al que todos saben y los argentinos son muy listos, que hay que descalificarlo con triquiñuelas porque de lo contrario hay ahí campeón del mundo para varios lustros. Márquez ha desmentido a Newton, a Leibnitz, a Pascal a Boyle-Mariotte y al sursum corda. Sus inclinaciones en las curvas, levantándose incluso con el codo, desafían a todas las leyes físicas conocidas. ¿Cuántas veces ha entrado por donde no se podía Valentino Rossi? Ahhhh pero ese es italiano y es el capo de la moto GP. A ese no se le sanciona. En fin. Me he vuelto a dispersar.
Todo lo dicho palidece ante el sarao que la derecha ha montado en Sevilla con su televisión que pagamos todos. ¡Circo popular, el mayor espectáculo del mundo!
El PP ha escenificado la película Titanic, con el barco hundiéndose mientras sonaba la música
Ha escenificado el PP la película Titanic, con el barco hundiéndose mientras sonaba la música. Programa —Rajoy, que es el mando único y supremo en todo— un gran acto en Sevilla para empezar a ganar las elecciones, o sea, para que todos sigan en sus sillones con su cohorte de sirvientes y sus sueldazos porque ellos solo piensan en salvar a España de los catalanistas y de los pensionistas. ¡Abuelos, que sois unos pelmazos, cojones, que no hay dinero para subir las pensiones! Me gustaría saber solo un dato: cuánto han gastado en dietas y en hoteles los escoltas que han ido a trabajar con motivo del sarao.
El tránsfuga de la Diputación alicantina que se presentó por ese partido regenerador de la vida pública inaugura «Octoberfest» y se lo pasa de puta madre en Calpe
De proyectos, de empleo, de sanidad universal y rápida, de pensiones dignas e incrementadas con garantía constitucional…. No he oído una palabra. Tema estrella: el Master de Cifuentes, un título, al parecer regalado y que ahora resulta que no firmó nadie, que no aparece el trabajo obligatorio, que hubo que “rehacer” un documento y que han preparado un pifostio que cuantas más explicaciones dan peor lo ponen. Los que se llaman a sí mismos centro derecha progresista —vean al tránsfuga de la Diputación alicantina que se presentó por ese partido regenerador de la vida pública y que inaugura Octoberfest y se lo pasa de puta madre en Calpe— proclaman a los cuatro vientos que esto va a cambiar, que suben como la espuma en las encuestas y que el gobierno próximo será distinto. Jubilados gilipollas del mundo —entre los cuales me incluyo—: no lo creáis. Son más de lo mismo. La substancia y la esencia, que diría Aristóteles si viviera, son idénticas.
Cristina Cifuentes corre descalza sobre una cinta de esas en las que se corre sin moverse del sitio y le hacen más fotos que a Nerea Belmonte en la procesión de la Santa Faz
En el colmo de mi asombro, para que me dé la taquicardia y me pegue una subida de tensión que haga saltar la aguja del aparato y apuñale con ella a la ATS que me la mide, veo el último gesto de ensalzamiento total, incienso a porrillo y botafumeiro imparable pegando campanazos. Cristina Cifuentes corre descalza sobre una cinta de esas en las que se corre sin moverse del sitio. Le hacen fotos. Más que a Nerea Belmonte en la procesión de la Santa Faz. Han puesto esa cinta allí para que se hagan la foto como recuerdo del juergón del Guadalquivir. El cartel frontal no tiene desperdicio: Sigue el ritmo de Rajoy. Los pelotas no descansan. ¡Qué imaginativos son!