Primero Zaplana y ahora Mazón «¡fotre con Alacant!», resuena por los pasillos de Les Corts Valencianes como si una maldición bíblica hubiese caído sobre la capitalidad de la segunda provincia en nuestra Generalitat.
No hay perdón para los muertos políticos, aunque el president (en funciones) todavía tenga la llave que abre el portal electoral, y obedeciendo órdenes de Madrid intente alargar su gobernanza mientras el PP intenta coger resuello, y el PSOE con sus aláteres lógicamente buscan un adelanto electoral aprovechando las contusiones de un centro derecha tocado, pero no hundido, aún a sabiendas que la candidata de la izquierda Diana Morant tiene menos chance que Ximo Puig después de las últimas elecciones y su fuga a París.
Todas las encuestas baremadas demuestran que con el imprescindible y necesitado apoyo de Vox, el PP volvería a ganar siempre y cuando asuma las suficientes, y al parecer innegociables, condiciones que ponga el partido de la ultraderecha, que no «fascista» como quieren vendernos, también aquí, los voceros mediáticos subsidiarios del PSPV-PSOE. Condiciones que aun siendo injustas a mi entender, no trastocan ni parecen innegociables al ciudadano medio para quien la inmigración en la mayoría de los pueblos de la Comunitat no supone riesgo de ocupación alguno; puede criticarse el aborto, incluso advertir de los peligros que conlleva toda intervención quirúrgica, sin embargo se va a seguir facilitándolo desde la Seguridad Social (y por supuesto desde la Privada) a la mujer que lo desee por encima de la voluntad de terceras personas; naturalmente también existen requerimientos en el ámbito político-laboral, pero son redundancia de lo que ya llevaba el Partido Popular en sus programas; prohibir los toros no pasa de una quimera de los animalistas, y lo de cerrar centros de asistencia social no se lo cree ni el propio Abascal; otra historia es que no proliferen, pero para evitar un gasto en funcionarios prácticamente intocables, ya sea buscado la alternativa de empresas de servicios paralelas. El valenciano se equiparará al castellano en las zonas donde el primero se impone o Iguala históricamente; y en las que no, sobre todo entre la juventud, se asume incluso se presume como un conocimiento más, tal cual ya pasará con el inglés en detrimento del francés. Sobre las leyes de eutanasia y relacionadas con la transexualidad, aparte de afectar a un número mínimo de la población (Vox no se opone a la homosexualidad, si se quieren casar dos del mismo género los ampara la legislación en el ámbito nacional, y sobran juzgados y políticos donde pueden hacerlo); y en el caso de un enfermo terminal en estado crítico y habiendo firmado un documento de voluntariedad para que interrumpan una vida insoportable, siempre habrá algún médico que pueda paliar terminalmente su sufrimiento.
Claro que siempre pueden dictarse leyes que modifiquen, más en la parte que en el todo, el statu quo actual respecto la voluntariedad del afectado/a, pero para esquivar las pretensiones ultraístas de Vox, siempre está la famosa frase de Romanones: «Haga usted las leyes y déjeme a mí los reglamentos». Si las conversaciones entre el centro y la derechísima españolas están alargando es porque Vox no pretende un cambio puntual y radical de la noche a la mañana, pero sí que el PP haga cuando menos se pronuncie en una declaración de intenciones y más en el espíritu que en la letra aproximándose a los postulados que los ultras entienden como irrenunciables, sobre todo cara a su electorado y el que le pueda venir, por tibieza del PP, en las próximas elecciones.
Aquí Barcala está tranquilo con su cómoda mayoría, pero en ratos de reflexión lo inquieta la situación nacional y autonómica porque sabe que tarde o temprano repercutirán en los municipios; y si desde arriba le mandan que haga alguna aquiescencia a Vox, no tendrá otro remedio que ceder, aunque sólo sea cara a la galería, digamos sin demasiado énfasis, porque conociendo al pueblo alicantino sabe de sus tendencias hacia el centro (otro era representado por UCD y Ciudadanos después) tan próximo al liberalismo, como a una socialdemocracia de izquierdismo blando como el representado en aquellos tan añorados hoy Pactos de la Moncloa. Otro tanto sucede en Elche y en la mayoría de las grandes y medianas poblaciones provinciales.
Si las negociaciones se llevaran a cabo en el entorno alicantino, otro gallo le cantaría a Vox, pero Núñez Feijóo y Abascal tienen los números y las cuentas, si bien en el ámbito municipal cada alcalde maneja su gallinero y el contrario. Por lo cual no parece que pueda estar en peligro la alianza («táctica» dice Vox) porque lo que no asumirían sus votantes serían o abstenciones que descabalguen al PP, y mucho menos votar con los socialistas o nacionalistas.
La pieza de caza mayor es Pedro Sánchez, lo demás, postureo de amenazar sin dar. Y al que mejor le va es a Vox porque gana sin arriesgar y sus aspiraciones no son presidir un Consejo de Ministros, sino seguir escalando además en Autonomías y Ayuntamientos preparándose para intercambiar cromos con el PP el día de mañana, de sobra conoce la ultraderecha que sólo se pueden cambiar las cosas desde el poder, aunque eso al resto nos costara dos guerras mundiales.