La reciente detención en Alicante de un presunto ciberdepredador sexual acusado de 36 delitos contra la libertad sexual de menores debe servir como una llamada de atención para toda la sociedad. Más allá de la gravedad de los hechos investigados, este caso pone de manifiesto una realidad cada vez más frecuente: los agresores ya no necesitan acercarse físicamente a sus víctimas; les basta un teléfono móvil y una conexión a internet.
Según la investigación de la Guardia Civil, el detenido habría empleado durante años una estrategia conocida como grooming. Se hacía pasar por un menor de edad llamado ‘Juan’, iniciaba conversaciones con niños y adolescentes en aplicaciones de mensajería y redes sociales, generaba una relación de confianza y, en algunos casos, llegaba incluso a simular una relación sentimental. Cuando la víctima se encontraba emocionalmente vinculada, comenzaban las peticiones de fotografías y vídeos de contenido sexual.
La investigación permitió identificar a más de veinte víctimas, algunas de tan solo ocho años de edad, y el registro domiciliario reveló más de doscientos dispositivos electrónicos con una enorme cantidad de archivos de explotación sexual infantil. Son datos estremecedores que evidencian que internet puede convertirse en un entorno de alto riesgo cuando los menores navegan sin supervisión.

El grooming no comienza con amenazas ni con violencia. Comienza con una conversación aparentemente inocente, una amistad virtual o una falsa historia de amor. El agresor estudia a la víctima, detecta sus necesidades afectivas y utiliza técnicas de manipulación psicológica para normalizar conductas que nunca deberían producirse. Precisamente esa ausencia inicial de violencia hace que muchos menores no sean conscientes de que están siendo víctimas de un delito.
La prevención sigue siendo la herramienta más eficaz
Los padres deben mantener una comunicación constante con sus hijos sobre el uso de internet, explicarles que nunca deben enviar imágenes íntimas, aunque quien las solicite parezca tener su misma edad, y recordarles que ninguna persona que les quiera o les respete les presionará para compartir contenido sexual. Del mismo modo, es aconsejable configurar perfiles privados en redes sociales, limitar la información personal publicada, evitar compartir la ubicación o el centro escolar y supervisar, especialmente en las edades más tempranas, las aplicaciones que utilizan.
Los centros educativos también desempeñan un papel esencial. La educación digital debe formar parte de la prevención del mismo modo que se enseña educación vial o prevención del acoso escolar. Los menores deben aprender a identificar conductas de manipulación, comprender que detrás de un perfil puede esconderse cualquier persona y saber que pedir ayuda nunca debe generar vergüenza.
Como sociedad debemos abandonar la falsa sensación de seguridad que produce pensar que estos delitos ocurren lejos de nuestro entorno. Este caso demuestra precisamente lo contrario: el agresor actuaba desde Alicante y sus víctimas estaban repartidas por distintos puntos de España e incluso del extranjero.
Internet ofrece enormes oportunidades, pero también exige responsabilidad, formación y vigilancia. La mejor protección para un menor no es únicamente la tecnología, sino una familia informada, una escuela comprometida y una sociedad capaz de detectar a tiempo las señales de alarma.
La lucha contra el grooming no termina con una detención. Empieza con la prevención.
1 comentario en «Grooming: cuando el peligro se esconde detrás de una pantalla»