El capitalismo es el sistema económico en el que se da prioridad al consumo, a la producción, a la oferta y a la demanda y a las ganancias monetarias. Pero siguiendo un orden de preferencia. Normalmente se da preferencia a la producción. Y es un error considerar que se ha de atender en primer lugar por los problemas de eficiencia y de desigualdad que la producción genera. Sobre esto, leemos: «¿Cuál es el problema del capitalismo actual? Hasta sus más acérrimos defensores deben admitir que el sistema sufre dos serias patologías: la primera, de eficiencia por el bajo crecimiento de la productividad; la segunda, de justicia social por el alto crecimiento de la desigualdad. Y el drama es que, en casi todos los países, las medidas adoptadas para solucionar estos fallos, los están agravando». Planteado así, el problema carece de solución aceptable.
Hasta los más acérrimos defensores del capitalismo deben admitir que el sistema sufre dos serias patologías: de eficiencia por el bajo crecimiento de la productividad; de justicia social por el alto crecimiento de la desigualdad
Insistiendo sobre el mismo tema, se añade otro elemento distorsionador: la ambición. Podemos leer: «La crisis mundial desencadenada en julio de 2007, entró, en el verano de 2011, en su quinto año. Antes de 2007, poca gente había oído hablar de este «papel comercial adosado a activos» que hizo perder 40 mil millones de dólares a la Caja de Depósito e Inversión de Quebec sobre un activo de 155 mil millones de dólares en 2008, ni de las hipotecas de alto riesgo llamadas «subprimes» en el argot financiero estadounidense, ni de la multitud de productos financieros exóticos y tóxicos nacidos recientemente de una «innovación financiera» deletérea, que contribuyeron a hundir la economía mundial en el marasmo». La ambición y el egoísmo de los poderosos producen las crisis que siempre pagan los mismos.
Un mal planteamiento impide una adecuada solución. El principal problema no es la producción ni el beneficio adosado; el principal problema es el consumo.
Veamos esta cita: «El consumo es el único fin y objetivo de toda producción, y el interés del productor merece ser atendido sólo en la medida en que sea necesario para promover el del consumidor. Este aforismo es tan evidente que sería absurdo molestarse en demostrarlo. Sin embargo, en el sistema mercantil, el interés del consumidor es casi constantemente sacrificado frente al del productor, porque parece considerarse que la finalidad y propósitos últimos de cualquier actividad y comercio es la producción y no el consumo».
Este curioso texto pertenece a un autor del siglo XVIII, llamado Adam Smith (La riqueza de las naciones), padre del liberalismo económico. Cualquiera lo diría. Si la producción y el beneficio es lo primero, ent45onces tenemos que en la cadena de producción los más interesados aumentan sus beneficios sin que nadie los controle; así tenemos que en origen y en destino los precios están o muy bajos o muy altos y en medio los que se benefician de ese proceso de intermediación. Que Adam Smith lo entendiera y nosotros no, dice muy poco a nuestro favor.
Nuestro individualismo tiene más que ver con el egoísmo que con nuestra libertad individual, que siempre ha de tener en cuenta a los demás ya que no vivimos solos.
Dice más nuestro autor: «No es difícil señalar a quieres maquinaron todo este sistema mercantil. No fueron desde luego los consumidores, cuyos intereses han sido completamente olvidados. Fueron los productores, cuyos intereses siempre han sido cuidadosamente atendidos, y entre ellos los arquitectos principales fueron con diferencia los comerciantes, los industriales…».
Ahí es nada. Todo un liberal dándonos una buena lección de economía y de moral. El desequilibrio es injusticia, se decía ya desde los pensadores griegos. Y he aquí la denuncia de A. Smith.