Este verano, un dilema está servido: sujetador, ¿sí o no? Es un dilema entre lo ético y lo estético, según Godard, aunque diría más, es un dilema de miradas, una dialéctica establecida entre la mirada masculina y la mirada femenina. La mirada masculina ha sido una ley de hierro que las mujeres han asumido sin pestañear, al menos hasta ahora, por razones sociales y biológicas. El pecho implica volumen y el volumen está sometido a estados fisiológicos (estar lactando) y a la edad; los años van en contra de la firmeza y la lozanía. El sujetador (horrenda palabra) o el bra (término inglés) se utiliza, entre otras cosas, para dar la impresión de firmeza del pecho, lo que equivale a juventud y apetencia. La juventud y la lozanía son deseables y nada lo es más que sentirse deseable. Las cremas, los productos de belleza, los sujetadores, la ropa adecuada, los afeites y las colonias incrementan la intensidad de “pensamientos” masculinos. Aclaro que ante una mujer el hombre piensa, pero no precisamente con la cabeza; históricamente no hay documentos que acrediten lo contrario.
La sensación del contacto de la ropa con el pecho va tomando peso frente a la firmeza engañosa
Los humanos hace siglos que luchamos contra el deterioro biológico y utilizamos argucias variadas y variopintas para aparentar lo contrario (tengo en mente la Dama de Elche, tan empingorotada la pobre). Y parece que la cosa funciona, pues el “engaño” no ha dejado de incrementarse e incluso a pasar a ser un gran negocio. Los animales utilizan ese “engaño” en la época de celo. En los humanos parece ser que el período de celo dura todo el año y durante todos los años. De ahí el apremio de proveer engaños según necesidades personales, independientemente del momento histórico, de la época, del día y de la hora. Por estas y algunas otras razones la mirada masculina ha generado todo este tinglado que acabamos de describir.
Hoy la mirada femenina nos ha devuelto a la casilla de salida. Ante el dilema de sujetador sí o sujetador no, la balanza se decanta por el sujetador no. La naturalidad, la espontaneidad y el empoderamiento femenino las inclinan a prescindir de semejante pieza. La sensación del contacto de la ropa con el pecho va tomando peso frente a la firmeza engañosa. La mujer que se siente segura de sí misma y que ya no es dependiente de hombre alguno para vivir, prefiere mostrarse tal cual es sin componendas ni engaños.
Hoy vemos aún a mujeres de tribus africanas con sus pechos al aire, unos enhiestos y otros caídos, con total espontaneidad y naturalidad, sin que le reste un ápice a su feminidad, aunque ésta esté condicionada por la división del trabajo y por su capacidad biológica de parir nuevas criaturas. Porque con o sin sujetador, ante una mujer el hombre “piensa” lo que piensa y con lo que piensa. El sujetador tiene así poco que aportar y la mujer puede, si lo desea, liberarse de él. Seguirá siendo apetecible. Palabra de hombre.