A mediados de los 80 del pasado siglo (y parece que fue ayer) triunfaba la canción de Alaska y Dinarama «Ni tú ni nadie», cuya letra nos habla de la separación de una pareja intentando no culpabilizar el uno al otro de la ruptura. Algo que no suele ocurrir tanto en amor como en la política, esencialmente por el supuesto trauma para el/la abandonado/a en una relación que, tampoco deberíamos ser injustos, tuvo hermosos momentos.
En otra estrofa de esta copla pop, Alaska se lamentaba con un «¡qué difícil es pedir perdón!», como si ese reconocimiento reparador pudiese restañar equívocos de algo ya pasado «sin solución». Y del amor, volvamos a la política que es, en definitiva, de lo que vienen a ocuparse estos artículos del desencanto.
Carlos Mazón mandó a Santiago Lumbreras, su jefe de gabinete ya desde la Diputación de Alicante, que hiciese subir a un grupo entre los manifestantes de la Dana montando perenne guardia frente a su despacho en el Palau; junto a estos, un buen manojo de medios de comunicación, incluidas las agencias, y cuya mayoría de izquierdas o similar anda como descompuesta de vientre por no poder escuchar al Ecce Homo (Mazón) entregarse ante su padre Feijóo permitiéndole acortar su agonía: «en tus manos encomiendo mi espíritu».
La respuesta para la jauría, que lleva ya mes y medio acosando a Mazón como a liebre de canódromo, no pudo ser más decepcionante cuando la delegación de afectados bajó a explicarse
Obviamente la «canallesca» esperaba con objetivos, micrófonos y grabadoras abiertos la bajada de la afectada portavocía, sobre todo en la convicción que esta embajada de los cabreados/as (y con toda la razón de vidas, empezando por las humanas, y pérdidas materiales), o sea el Colectivo de Familias de Víctimas Mortales Dana 290, les revelasen respuestas del President, quien frente a los medios no dio mayores explicaciones por más que lo hubieran aporreado con cámaras y alcachofas, a falta de otras armas mortalmente efectivas, con una obsesión incriminatoria más propia de verdugos cumpliendo órdenes de sus respectivas cadenas, que de periodistas intentando refrendar lo que en realidad pasó en esas volatilizadas horas del más alto representante de la Comunidad Valenciana. Las especulaciones precedentes fueron de todo tipo desde XXX, pasando por un sestear cercano a lo catatónico, o cualquier otro tipo de bloqueo paralizante que, y en cualquier caso, deberíamos corresponsabilizar también a la corte pretoriana del propio pues la historia nos enseña cómo, ante unos hechos de tal gravedad, se ha levantado de la cama o del plácido sillón a emperadores, reyes, presidentes, etc., y también, mismamente, a expertos en resolución de problemas demandando la alerta máxima ante una siniestro sobrevenido.
La respuesta para la jauría, que lleva ya mes y medio acosando a Mazón como a liebre de canódromo, no pudo ser más decepcionante cuando la delegación de afectados bajó a explicarse. Primero lo acusaron a él por irresoluto y ausente, pero de inmediato cargaron contra el Gobierno de Pedro Sánchez, y no poco contra los alcaldes de los Ayuntamientos más perjudicados, pero añadiendo una adenda que dejó helados a los inclementes perseguidores:
– «Nos ha pedido perdón».
Si se pide es porque hay culpa reconocida, y si no, tal cual ha hecho Pedro Sánchez: desentendimiento, cobardía y un lavado del barro de las manos como si el presidente de todos los españoles, en según qué casos, talmente este desgraciado por genocidio, no lo fuese también de los valencianos. El jefe de Estado, volviendo al lugar de los maltrechos, pudo demostrarnos como estar a las duras, evidenciando la inacción de un personaje que sólo está a las maduras con quienes lo mantienen en La Moncloa, recordándole una y otra vez (quid pro quo) su condición de interino.
Sin apear todas las culpabilidades anteriores, también los medios de comunicación (esencialmente algunos valencianos) tenemos nuestra parte de culpa en la distorsión del mensaje, pues no me parece de recibo que a la hora de citar president del Consell anteponen o posponen como si fuera un adjetivo vejatorio: el «alicantino» Mazón, que talmente me recuerda al carlismo valenciano: «cuando el mal viene de Almansa…». ¿Tiene la culpa la ciudad albaceteña de que una batalla entre potencias europeas contra otras se librara a unos kilómetros de su casco urbano? ¿Confundimos una culebra con el paisanaje? ¿Trato discriminatorio…?
Desde luego no basta con pedir clemencia popular. Eso ni va a devolver a los muertos (las reparaciones materiales son resolubles a base de dinero, constancia y paciencia), ni mitigar el dolor y la larga pena sentimental de quienes se han quedado sin sus seres queridos; pero, cuando menos, tiene la entereza de un reconocimiento, y con ello la obligación de reparar, con la más pronta inmediatez, causas y efectos de la riada. Los «alicantinos» sabemos bastante de inundaciones victimarias, basta entrar en Internet para poder comprobarlo históricamente, y es por tanto duelo pasado, el último en 2019, por lo que hoy somos todavía más solidarios con los «valencianos». Sin embargo, también nos duelen los equívocos tendenciosos de acusar al uno como el común generalizado.