23 septiembre, 2026
opinión Pedro
Alicante ha ejercido como capital política y burocrática por decreto sustentado en Madrid como centro institucional sobre el resto del Estado español

En tiempos semiológicos de la imagen y el mensaje, Pérez Llorca no parece el candidato ideal a la Generalitat: algo rechoncho, peinando tupé sobre una frente muy despejada, con un discurso expositivo de atril parlamentario más que de tribuna pública ante ciudadanía populosa, tiene ese imaginario de alcalde de Finestrat que ha llegado a la máxima representación de las instituciones valencianas por una serie de retruécanos que provoca la accentibilidad de la movilidad política.

Quizás ha elegido Alicante capital para comunicar a toda la Comunitat Valenciana que personalmente no se propone para renovar mandato, sino que se dispone a las órdenes de Génova 13, es decir Feijóo, «en tus manos encomiendo mi espíritu» para que la proposición venga de arriba, y no por imposición del actual estatus quo.

Sabemos sobradamente como el fracaso del capitalino Carlos Mazón devino no sólo de una juerga francachona a boca abierta, sino del desembarco de los presumidos y excesivamente presumidos sureños al asalto del Cap i Casal, atribuyéndose unos méritos propios que más bien fueron deméritos de Ximo Puig, precisamente por no controlar una provincia mucho más diversa y dispersa que Castellón y Valencia con claro predominio centrifugado en las capitales impuestas por Isabel II. La soledad endogámica del poder que le llevó a enfrentarse con el mismísimo presidente Pedro Sánchez por puro orgullo de un supuesto federalismo en igualdad con Cataluña o el País Vasco.

Alicante ha ejercido como capital política y burocrática por decreto sustentado en Madrid como centro institucional sobre el resto del Estado español. Pero las comarcas netamente alicantinas tienen sus propias capitalidades, véase Orihuela y la Vega Baja, Las Marinas con Dénia y Benidorm, Alcoy con La Montaña, o Elda-Petrel (juntos, pero no revueltos), limitando con Elche capital del Bajo Vinalopó, por no hablar de la expandida Torrevieja dominando el litoral sur de la provincia.

Además, el alcalde capitalino Luis Barcala, bien se guarda de otras aspiraciones que no sean las de guardar su propio trono como inamovible por indiscutible, apoyando a Pérez Llorca tanto en Madrid como en Valencia porque conoce sobradamente que están a la recíproca en la proposición personal que, en ningún momento va a estorbar las alcaldesas de Valencia María José Catalá (otra que guarda su viña), ni la de Castellón, la alicantina de nacimiento Begoña Carrasco, sabiendo que su peso específico en la urna es incluso igual o menor que el de las grandes comarcas como el Bajo Turia o Bajo Segura, inclusive L’Alacantí.

Parece imposible, o al menos así lo creo, movimientos telúricos de Barcala contra Pérez Llorca y viceversa, otro asunto será que cualquiera de los dos intente meter peones/as en la lista del otro por aquello de tenerse vigilados, pero son poderes desiguales y distintivos por mucho que en Valencia se nos califique desde siempre y con cierta retranca como «los rebeldes del Sur», pero, y en este caso, después del fiasco con Mazón, al que obsesivamente quieren matar las izquierdas después de muerto (no tiene donde depositar su futuro), Valencia intenta recomponerse en su propio ámbito provincial un tanto descompuestos desde aquel memorable asalto alicantino a Generalitat cuando Carlos Mazón impuso su propio equipo en puestos claves que no ostentosos. De eso sabe un rato Tony Pérez, presidente de la Diputación de Alicante, y se guarda el pasado faltón el de Valencia Vicent Mompó, quienes impulsaron a Mazón contra las aspiraciones de un Paco Camps redivivo que hoy sigue sin querer renunciar al puesto de Pérez Llorca por la fuerza de un Congreso autonómico.

El límpido historial de Pérez Llorca impide ataques navajeros por parte de la oposición, de ahí los palos de ciego contra el inconsistente Mazón, mientras Luis Barcala reza en privado aquello de «virgencita que me quede como estoy», sabiendo que resulta mejor ser influyente que decisorio. «En tiempos de cambio y desolación socialista, mejor no hacer mudanzas», dice el viejo adagio jesuítico que el marista Feijóo conoce y practica como buen gallego sabio.

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