opinión Pedro Nuño
Los primeros sorprendidos en verse situados en la cima clasificatoria de la influyente revista americana han sido los propios lugareños, pero mucho me temo que dados por satisfechos, en lugar de un ejercicio de superación

En todo el mundo y en cualquier hotel de lujo, o campo de golf afamado, por no hablar de clubes y sociedades muy privativas, salitas y salones VIP, etc. encontrará la revista Forbes. Obligada publicación para los hombres de negocios que intentan estar al día, y muy acorde con el estilo competitivo americano de los «hit parade» o listas de éxito (de mejor a peor) sean de ciudades, empresas, fortunas personales o enclaves vacacionales paradisiacos.

Este año, supimos a través de un artículo de E. Bolland (L. Vanguardia, Barcelona) que Alicante había quedado como la segunda ciudad ideal para los extranjeros acogidos a segunda residencia, o turistas de largas estancias, detrás de Málaga y por delante de Valencia: Mediterráneo puro «de Poniente a Levante». Pero perfectamente Alicante podía haber quedado primera de no ser porque entre sus puntos flacos se apunta: «la cultura empresarial local no fomenta la creatividad, el trabajo independiente ni la flexibilidad». Yo iría más allá, porque en eso de la «cultura empresarial» somos semianalfabetos, cuando no unos pasotistas de mucho cuidado, a quienes se las trae al pairo dicha conjunción, que une la creatividad con la cultura y la empresa; y eso que Cámara de Comercio, asociaciones empresariales, universidades tienen sobradas aulas y personal formativo para lo que hoy en el mundo se entiende como «formación continuada» y puesta al día dados los avances tecnológicos y la continua evolución mercantilista.

Los primeros sorprendidos en verse situados en la cima clasificatoria de la influyente revista americana han sido los propios lugareños, pero mucho me temo que dados por satisfechos, en lugar de un ejercicio de superación

En todo lo demás como es el acceso a una vivienda con equilibrada relación calidad/precio, la disposición de una agradable existencia gracias a un clima encomiable, una gastronomía y enología ricas en su variedad perfectamente asimilada la dieta mediterránea, y la sociabilidad habitual y muy abierta del alicantino, la encuesta nos deja tan bien parados como para que los lugareños podamos seguir presumiendo de la «millor terreta del món». Aunque paradójicamente semejante idoneidad sobre el resto de las capitalidades españolas no nos aporta ningún beneficio añadido, ni en el ámbito estatal, ni en el autonómico para mejorar más, aún si cabe, y por supuesto que cabe, esa capacidad de acogida en esta llamada «Casa de la primavera» que sus buenos euros aporta al erario español.

Y eso que proporcional y comparativamente con muchas otras capitales de provincia (Madrid, Barcelona, Sevilla, San Sebastián, la propia Valencia, etc.) no tenemos en Alicante grandes hitos, monumentos estilísticos, artísticos o históricos, nuestros museítos tampoco pasan de una categorización provinciana, un urbanismo todavía inconexo y nuestras doradas playas resultan bastante desiguales, si bien en franca mejoría las más extensas como San Juan o Urbanova, y menos las superpobladas El Postiguet y La Albufereta donde colocar la toalla estival ya es toda una conquista a brazo partido.

Los primeros sorprendidos en verse situados en la cima clasificatoria de la influyente revista americana han sido los propios lugareños, pero mucho me temo que dados por satisfechos, en lugar de un ejercicio de superación, tal como hacen, los suizos pongamos por caso, los alicantinos vuelven a su «menfotismo» o apatía generalizada en la cotidianidad de: distribuir los detritos en sus contenedores correspondientes; recoger de la calle cualquier papel o colilla; educar a los más chicos en mantener la calle como si fuese su propia casa; servicios de apoyo municipal a la limpieza cotidiana; evitar el salvajismo contra las papeleras; llamar la atención a quien no recoja los detritus de sus perros; y, así podríamos seguir con todo un vademécum de civismo urbano.

Alguna campaña en medios de comunicación, vallas y demás reclamos anunciadores ha habido en el pasado sobre la normativa en la que el ciudadano tiene que colaborar con los servicios municipales, empezando por no ensuciar propiamente cada cual; pero prontamente perdió la necesaria continuidad y, por tanto, sus efectos disuasorios contra los faltos de una educación colectiva (que empieza en la familia y la sigue en la escuela primaria) como sentido de la convivencia urbana obligada por prioritariamente necesaria. Así pues, no estaría demás que nuestro consistorio, tan dado a gastos baladíes, volviese a invertir en la educación y concienciación de quienes les pagan el cargo y el sueldo. O de lo contrario igual que hemos ascendido significativamente en la lista Forbes, el próximo año nos pueden desterrar a la cola y con ello perder un prestigio que, y en definitiva es el que aporta veraneantes, y no desatendamos a quienes vienen a pasar el invierno, cuyas aportaciones económicas en todos los campos son la base de nuestra economía en un PIB que ocupa la quinta posición española, muy por encima de otras capitalidades con mayor rango demográfico, industrial y si me apuran histórico. No sea que al final muramos de éxito por puro menfotismo. Antes de ser exigentes con los políticos, lo debemos ser con nosotros mismos y todo empieza por el aseo personal y urbano. Nuestras calles también somos nosotros.

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