A Alberto Núñez Feijóo le preocupa profundamente la Comunidad Valenciana porque hoy en día sigue inmerso en la duda machadiana del «ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio». Con Mazón sabe que puede haber resistencia, pero no futuro; sin él sería reconocer el mayor fracaso achacable en próximas elecciones cuyo «tempus fugit» está en los cronómetros de La Moncloa. Tener todas las grandes alcaldías de la Comunitat, además del gobierno autonómico es ahora para el PP como salir a ganar, pero perdiendo por culpa de lo inesperado e imprevisible como la Dana y las barranqueras desbordadas con tanta pérdida humana y de enseres y de las que un año después (29 de octubre) la justicia empieza a echar cuentas pidiendo responsabilidades penales y económicas.
En esas condiciones la alcaldesa de Valencia (PP), María José Catalá, con quien hace unos meses tuve una ilustrativa conversación, no podía aceptar un cargo limitado por la imprevisible campanada del presidente del gobierno español. Y con excepción del «Cap i casal», no había tenido tiempo de recorrer y conocer (al menos sucintamente) todo el diverso y extenso territorio que va desde el Bajo Maestrazgo hasta la Vega Baja, y desde la Marina Alta hasta el Rincón de Ademuz. Sabe bien que aquí, como en casamata, hay que ganarse pueblo por pueblo, y opina, me dijo, que bastante tiene con el suyo.
Supongo que algo más pormenorizado le escusaría a su líder Feijóo. Por tanto, el «gallego sabio» empezó a buscar «valencianos» en su álbum de insignes e inocentes, hasta darse cuenta de tenerlo tan cerca como en una de sus vicesecretarías ganada por un prestigio como mediador internacional tanto en Bruselas como allá donde lo mandase el partido a explorar relaciones (versus PSOE). E incluso había pensado en él, después de barajar nombres con experiencia diplomática, como futuro ministro de Exteriores si llegaba, según datos demoscópicos fiables, la ocasión de gobernar en España. Así que le pide que vaya dejándose el mapamundi para centrarse en su región propiamente natural, y cambiando el inglés por el valenciano más autóctono. Lo necesita aquí y ahora para hacerlo más cercano, visible y directo, dado que las órdenes a medios controlados y afines ya están dadas.
El PSOE, en este caso PSPV carece de un líder o lideresa carismático desde que Ximo Puig abandonó (o, un mejor dicho: lo abandonaron) marchando a un dorado exilio parisino en viaje de no retorno por tener quemada su esfinge política. Y Ana Barceló produce urticaria entre propios y extraños hasta dejar pasarse el arroz cuando tuvo la oportunidad de aprovechar en beneficio propio las luchas intestinas socialistas; mientras Diana Morant, muy feliz ministra en los mandriles, tampoco tiene demasiada idea de su propio territorio al que ahora visitan más frecuentemente por si le vienen dobladas en el foro; incluso José María Ángel, presidente del PSPV, es un perfecto desconocido fuera de la Ciutat Vella en la capital valenciana. Con esos mimbres Ferraz lo tiene claro.
Quizá por ello Pedro Sánchez estuvo el otro día en el aeropuerto de El Altet, intersección entre el segundo y el tercer municipio de la Comunidad Valenciana, para comunicarnos como primeros españoles en enterarse la línea de inversiones a realizar en varios aeropuertos nacionales. Algo más de 1000 millones, o poco menos que nada para quienes tras Madrid, Barcelona, Mallorca, se disputan con Málaga el cuarto puesto del tráfico aéreo, sea de personas o mercancías (gracias a su condición portuaria, aunque aquí también sale perdiendo Alicante por haberse primado otros muelles de la Comunidad Valenciana como los de El Grao o Sagunto para estiba y cabotaje).
Y no menos quizá, González Pons tenga que acudir con más frecuencia e insistencia en el conocimiento (pie de obra) a Castellón y Alicante donde tiene importante enganche femenino, en un tour agotador por pormenorizado, pero necesario, a escuchar las reclamaciones comarcales y locales que luego oirá, si es que gana con permiso del ascendente Vox, en el Palau de la Generalitat. La talla política la otorga el poder del presidente con mando en plaza, no una delegación ministerial o una Conselleria.
Además, con el «vintage» de Paquito Camps, poco peligro corre porque sabe que caben en un taxi, sin sedes, sin el más de un millar de afiliados o simpatizantes dispuestos a currarse una larga campaña electoral, sin entidades empresariales o bancarias dispuestas a dar crédito con improbable retorno, sin medios de comunicación que apuesten pon ellos (antes lo harán por las siglas originales o por Vox). Poco menos que nada, si acaso inútil escollo interno para la derecha valenciana.
En eso de las quinielas políticas siempre hay subidas y bajadas inesperadas, pero mucho me temo que Feijóo no tiene banquillo donde elegir, sobre todo después del cataclismo Mazón, que hubiera continuado de no ser por la adversidad climática, pero y también, no olvidemos lo transcendental para el ciudadano, por la desidia tanto propia como de sus antecesores (también culpables) en el cargo, cuando todos sabían-sabíamos la que se nos viene encima regularmente en primavera u otoño. La venda y la herida.