Resulta cuando menos inconcebible y cuando más absolutamente execrable que pasado el primer cuarto del siglo XXI, y con toda la carga de leyes que tenemos en España contra la violencia de género, todavía se puedan cometer crímenes tan espantosos como el de la Cañada del Fenollar, urbanización un tanto anárquica de chalecitos cercana Alicante.
Todo un padre de familia mata a su mujer y a su hija de 21 años, dejando mal herida a la otra vástiga para después intentar quitarse la vida con la misma arma homicida. ¿Qué ha podido suceder? La calle se pregunta desde los más diversos pronunciamientos: el antiquísimo y reaccionario ejemplo de celosía: «la maté porque era mía», hasta el más contemporáneo «brote psicótico incontrolado», pasando por un obsesivo sentido de pertenencia de «su» casa y de quienes la habitan. Imaginarnos la escena sólo puede remitirnos a una película Gore con el sadismo sanguinolento más espantoso.
Contaba Camilo José Cela, nuestro Premio Nobel y asiduo lector del periódico de sucesos «El Caso» que había interrogado a varios asesinos por el motivo de su crimen espontáneo en la resolución y sin premeditación alguna que reconcomiera un pasado ya insoportable, la contestación más generalizada en resumen y acopio era: «la verdad es que no lo sé, alguna vez había tenido ganas de hacer algo parecido, aunque menos terminal, pero de golpe ve el cuchillo en la mesa de cocina, el hacha en el garaje o la escopeta en el armero».
Mis amigos psiquiatras y psicólogos se inclinan por un brote psicótico, que podía venir de atrás, pero que nunca se había presentado de forma tan resolutiva, y que no sorprenderíamos de tanto ciudadano corriente, incluso calificado por sus vecinos como «buena persona», pero que cuando se le desatan los demonios de la intolerancia, la venganza o las pasiones irreductibles, son capaces de llevarse por delante incluso a sus seres más queridos; aunque en el caso que nos ocupa, y al parecer, no puso tanta maldita eficacia el acabar con su vida tras hacerlos con la de su esposa y su joven hija de 21 años, amén de dejar muy mal herida a la otra.
Hoy los dos «supervivientes» están ingresados graves en el Hospital General. Habrá que esperar a sus declaraciones, una como testigo que debió presenciar algo tan horripilante contra su propia madre, su hermana y ella mismamente; y al autor del familicidio quien probablemente o no se acuerde de nada, o suelte toda una reata de excusas exculpatorias ante una justicia que lo mandará a un centro penitenciario psiquiátrico, evitándole un ajuste de cuentas Fontcalent o cárcel parecida. Personalmente, sólo es una opinión, yo lo enviaría a una celda de alta seguridad hasta el final de sus días, porque como comentaba mi buena amiga Ángeles Cáceres en «Los habitantes del pozo», parece más fácil escapar de estos centros penitenciarios para trastornos mentales, que de un penitenciario de estricta protección antifugas. ¿Se imaginan a esta bestia otra vez suelta y armada?
Me decía un vecino de La Cañada del Fenollar, que ahora se recordará su urbanización por tal hecho delictivo, protervo acaecimiento, como aquel tristemente famoso «Crimen de Cuenca«, Puerto Urraco, los marqueses de Urquijo, etc., añadiendo que si no fuera por la hipoteca pendiente vendería su casa a lo que se la quisieran comprar razonablemente. De hecho, algunos vecinos ya lo están intentando pues les resulta insoportable tanta llamada interesándose por la matanza, o tan poco interés por sus anuncios de traspaso o venta. Y para mayor pesadumbre ya han comenzado las excursiones con morbo interrogatorio al chalé de los hechos abominables contra gente de tu propia sangre. Inhumano pero cierto.