23 agosto, 2026
opinión Pedro Hogueras
"Madrugar y trasnochar no caben en un costal", decía el proverbio, al que añado otro por sí mismo: "Una vez al año no hace daño"

Las Hogueras al igual que los Moros y Cristianos son eminentemente para quienes las viven, la mayor parte de la ciudadanía, pero de una forma plenamente intrínseca y personal para quienes participan en ellas invistiéndose (nunca diga «disfrazándose») de bellea (novia alicantina) de festera, o de zaragüel (y sus varias acepciones) labrador del L’Alacantí en traje de faena o de fiesta, según diseño propuesto por aquel modisto fogueril y grandísimo alicantino–alicantinísta que fue «don» Tomás Valcárcel, como a él gustaba que le llamasen. 19 años, nadie ha igualado su récord, como presidente de Les Fogueres y muy laureado por el ayuntamiento (tenía su máxima distinción con la medalla de oro y brillantes) y por todas las comisiones fogueriles para quienes era el referente máximo.

Precisamente el Ayuntamiento capitalino tuvo que poner orden y concierto a la hora de permitir el petardeo y los pasacalles indiscriminados, porque foguerérs y barraquérs o adheridos a la fiesta de los iguales iban por libre a la hora de la «pachanga» callejera, comenzando su mancheta hasta diez días antes (ahora el reglamento municipal marca cinco) de la noche de San Juan, fecha conmemorativa del solsticio de verano y tan antigua que se superaba en siglos muy anteriores al convencional y occidental «a. C.». Noche esta de jolgorio y de prohibido prohibir, donde se queman físicamente trastos viejos, y mentalmente los malos tiempos pasados y recuerdos que todavía zahieren el corazón y el alma. El fuego purificador que apenas deja cenizas y algún rescoldo aventados por la brisa mañanera. Todavía conservo en casa, salvándolo horas antes de la quema, el ninot, un enano, con el que me quiso agasajar el artista Remigio Soler cuando le regalé mi novela con título homólogo. Como buen escultor, discutíamos tantas veces sobre los términos «arte» y «artesanía», sin alcanzar (lógicamente) un acuerdo. Algunos de mi época posiblemente recuerden la polémica generada por un monumento fogueril en la Diputación y totalmente abstracto, próximo a la escultura cinética, es decir, nada figurativa, salvo un poco menos que imposible esfuerzo imaginativo.

Y hablando de polémicas, todos los años caemos, supongo que inútilmente, en si esa gran parte de la población que no está inmiscuida personalmente en el estruendo fogueril tiene o no derecho a su descanso nocturno habitual, sobre todo ahora que ha adelantado el verano y, metidos en temperaturas agosteñas, el calor obliga a abrir las ventanas de par en par, pues aseguran los especialistas que no es bueno dormir con el aire acondicionado, pero que alguien me explique cómo conciliar el sueño tras una correntera traca o lluvia de cohetes sonadores. Personalmente, me refugio en la última habitación del pasillo, y ni aun así parece que no nos estén tirando en los pies. Y sin embargo me aguanto, esa es mi opinión, tan respetable como la contraria de personas obligadas a acudir al trabajo sorteando calles con la cansina del insomnio forzado.

Quizás la solución pudiera estar en sustraer alguna fiesta de obligado cumplimiento en el santoral y adherirla al preciso calendario de Les Fogueres, pero eso resulta bastante complejo; según negocios y profesiones, no es lo mismo cerrar un taller de reparaciones, una tienda de alimentación o un bar, si me apuran, que un hospital o servicios de policía y bomberos. Así que, en buen entendimiento de todos y como reza el titular de este artículo, la fiesta es un «tributo» que todos debemos afrontar con mejor o peor talante, a menos que decidamos (yo lo hice alguna vez yéndome a Tabarca) poner tierra de por medio. «Madrugar y trasnochar no caben en un costal», decía el proverbio, al que añado otro por sí mismo: «Una vez al año no hace daño». Bueno, tal vez un poquito a la cartera cuando (como fue el caso) mis 4 hijas se invistieron de belleas y un servidor de zaragüell para acompañarlas en desfiles y bailongos ya vueltos a la barraca de Monjas Santa Faz.

Valga este epílogo personal para reconocer que hoy en día, aunque alejado de la fiesta y sufridor de su estruendo, yo también fui partícipe. Son las cosas del querer.

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