Varios reportajes me han llevado en mi ya dilatada profesión periodística a municipios alicantinos con urbanizaciones extramuros donde los británicos son colonia mayoritaria y aparte, con su propio y acostumbrado sistema de vida (incluido el de medidas), circular por el lado izquierdo dentro del complejo, y mantienen sus propios comercios y pubs futboleros o de cualquier otro tipo de evento deportivo inventado por ellos. En la práctica cotidiana, resultan una transposición en España de cualquier pueblo o barrio inglés con toques escoceses e irlandeses, pero siempre fieles súbditos de su Real Majestad Británica en casi cualquiera de sus usos e inveteradas costumbres isleñas.
Alicante fue la provincia iniciática en el turismo, tanto de masas como selectivo, y a falta de otras industrias como en el Norte, supimos en ferias y congresos captar grandes contingentes de turistas vendiéndoles nuestro envidiable clima
El Alicante turístico de aluvión europeo, antes ya lo era para los mesetarios españoles, comenzó allá por los años 60 cuando los franceses buscaban algo más desocupado e incluso barato que las playas de la Costa Brava; siguieron alemanes, belgas, holandeses, etc., y por fin recalaron oleadas de guiris del Reino Unido, quienes, con su habitual tendencia colonizadora, como venían haciendo desde hace siglos en cualquier parte del mundo (aquí todavía padecemos la ignominia gibraltareña): marcaron terreno para sentirse como en su tierra, pero al abrigo y al amparo de la benigna mediterránea. Tan fue así que pronto empezarían a comprar cientos y hasta miles de casas en propiedad habitándolas largas temporadas, y dejando el verano para alquilarlas o prestarlas compensando costes de adquisición y mantenimiento.
Uno de los sueños ideales en la Inglaterra de la ya avanzada recuperación tras la posguerra era tener esa segunda vivienda española idónea para vacacionar, y más a largo plazo para el jubileo y el ocio lejos de fríos, lloviznas y nieblas, y además con unos impuestos mucho menos cargantes de los que imponía su férrea legislación y la visita de los insaciables recaudadores públicos.
Precisamente el ventajoso cambio de libras esterlinas en pesetas, las tasas y los plazos poco gravosos fueron los que impulsaron las migraciones desde Albión (Franco la llamó «pérfida») hasta el extenso litoral que va de las provincias de Castellón a Cádiz. Baste decir que en Londres, Liverpool o Dublín, y sin desplazarse a la Costa Blanca podía comprarse ventajosamente un piso o bungalow, incluso chalet, ubicados en Moraira, Gandía, Benidorm, Jávea, Altea o Torrevieja (ésta más españolizada), etc. No existía un impuesto especial para la segunda vivienda fuera, lógicamente, de las tasas municipales que la gravaban como a cualquier otra del paisanaje.
Ahora Pedro Sánchez, en su antojadiza emulación de Robin Hood o Luis Candelas: «quitárselo a los ricos para dárselo a los pobres», nada que ver con las socialdemocracias europeas, quiere gravar los alquileres (el 95% son de un solo propietario, no de los «fondos buitre») en perjuicio de ese pequeño ahorrador/a que con todos los esfuerzos de una vida de trabajo fue comprándose una vivienda para después sacarle una rentabilidad adicional y suplementaria a su exigua pensión. Y en última instancia, cual viene siendo ley de vida inmemorial, dejarla como herencia a sus deudos, quienes agradecerán el esfuerzo que durante toda una dura existencia laboral hicieron sus mayores para dejarles mejor fortuna de la que propiamente ellos pudieron disfrutar trasvasando peculios, que bien podían haber gastado en el ocio, al ahorro e inversión, es decir: hipotecados. Claro que entonces, la familia tradicional, en Europa y en España importaba mucho más que ahora, y los gobiernos trataban de incentivar tanto primeras como segundas viviendas.
Con la avaricia recaudatoria de Pedro Sánchez, interviniendo por la vía gubernamental el mercado de la segunda vivienda, así pues los ingleses que sólo son patriotas de sí mismos, sería de extrañar que los anglos, y otros países de la Unión Europea, comiencen a poner en venta sus viviendas buscando la alternativa de lugares parejos y dispuestos del ancho y largo litoral mediterráneo, donde los esperan con todo tipo de facilidades, empezando por minorizar impuestos, dado y demostrado que si hay una industria rentable en países costeros menos desarrollados, esa es la del turismo mayormente estacional.
Alicante fue la provincia iniciática en el turismo, tanto de masas (Benidorm) como selectivo (Altea, Jávea, Moraira…) Y a falta de otras industrias como en el Norte o grandes polos de desarrollo para la pequeña y mediana industria distribuidos por todo el mapa, supimos en ferias y congresos captar grandes contingentes de turistas vendiéndoles nuestro envidiable clima, y una gastronomía tan variada como diferente a la suya. Ahora que todo ello está tan consolidado en comunicaciones, acomodaticios impuestos y régimen de vida compartida, respetando cada cual sus áreas de estancia (sea permanente o móvil), me parece un disparate encarecer y limitar la compra de viviendas con lo que ello supondría para las endeudadas arcas de las tres grandes administraciones: Gobierno, Autonomías y Municipios.
La España despoblada se está viniendo casi por entero a las costas que es donde hay trabajo en construcción y servicios, y con ella las urnas para las próximas elecciones. Por mucho que quiera Pedro Sánchez embarrar las papeletas con la Dana, para cuando lleguen las elecciones este doloroso y apabullante desastre sólo será un mal recuerdo, y el votante, esencialmente el que no lo ha sufrido en sus propias carnes, se inclinará por quien traiga inversión y siga generando riqueza.
La sovietización marxista del pasado siglo nos queda muy lejos de Moscú y de Pekín. Estamos en el siglo XXI, y a no faltar muchos meses podremos ver esperanzados como la zona de Valencia Sud vuelve y además repintada a su escenario anterior a la Dana. ¿De qué hablarán entonces los exégetas de la comunicación favorables al gobierno central, cada día más cabreados/as porque sus lanzas en repulsiva diatriba se tornan cañas de empalizada restauradora que protege a Carlos Mazón?