Buenos días: por decir algo, después de una noche con fastidioso insomnio provocado por un calor que ya empieza a incrustarse en el pavimento el sobresalto de indiscriminadas tracas callejeras, anunciando que llegan Hogueras. Este Alicante nuestro, que es una ciudad apriorísticamente sucia (como todas las superpoblaciones costeras: erosión de los montes que la rodean, arena y contaminación de playas integradas en el caso urbano y sobrecargadas desechos consumistas, densidad de tráfico, y un largo etc.), se convierte en jolgorio del que muchos disfrutan, aunque no todos compartan en su anárquica desenvoltura. Una cosa es el multitudinario concurso municipal de fuegos artificiales, tantas veces bajo mi propio balcón, con el estruendoso añadido delas privativas y controladas tracas de cada hoguera o barraca, y otra, muy otra que unos mozalbetes, no sé si quiera con la edad para hacerlo, te exploten en las corvas una ristra de carretillas por la inesperada retaguardia cuando vas de recados, o simplemente haciendo ejercicio andarín, hoy tan aconsejado contrapunto a habitual sedentarismo.
El panorama de nuestra playa muestrario del acotado centro urbano es desolador cuando el caminante mañanero, sin prisas ni pausas, atraviesa en paseo de la Explanada a la estación de FGV observando entumecidos resacosos
Alicante atruena, ya una semana antes de los días festeros oficiales; el calor sahariano ha adelantado un mes su llegada; la gente se lanza a la calle y la juventud no para en casa: fin de curso, mañana playera, tarde y noche pachanga callejera hasta el amanecer que acoge un sueño apenas reparador e incluso en el mismo escenario y tálamo de la playa del Postiguet convertida en discoteca de «loros» (equipos de música compactos), bocatería y heladería, además de expendedora de todo tipo de alcoholes desde litronas a cócteles explosivos donde se mezcla la bebida reconstituyente con un vodka que supere los 40°; y sin olvidar un buen porrete como postre para principio del homenaje hedonista.
El panorama de nuestra playa muestrario del acotado centro urbano es desolador cuando el caminante mañanero, sin prisas ni pausas, atraviesa en paseo de la Explanada a la estación de FGV observando entumecidos resacosos, esparcido basurero de envases y detritos, amén de notorias pestilencias sean humanas o provocadas, incivismo puro. Mientras tractores, máquinas limpiadoras y trabajadores con sus bolsas de recogida intentan dejar la arena, cenicero y porcal como estuvo antes de la llegada de los vándalos y a sabiendas que mañana deberán volver, como Sísifo, a esta tarea inútil por perecedera hasta que no cambien las malas costumbres de la tropa noctívaga a las que ni sus padres ni la escuela parecen haber educado en un mínimo urbanismo.
Una de las lecciones más provechosas de toda mi vida fue en Londres cuando un auténtico gentleman me trajo la media pitillo que yo había pisado abandonándolo en el suelo. Tras reconvenirme cortés, pero ásperamente, me mostró la cercana papelera-cenicero donde yo debía depositarlo. Después de tanto tiempo volví (por una vez) a tan imperdonable desidia, y una niña, que no pasaría de los 10 años, repitió la recogida y reproche del supuesto lord, incluso tuvo el arresto infantil de cogerme del brazo para llevarme, colilla en mano, hasta donde debería haberla depositado. Esperanzadora señal de que al menos las novísimas generaciones nos pondrán a la altura de la Europa limpia y aseada por ciudadanos/as que piensan en la calle como en su propia casa.
Por supuesto que el Ayuntamiento debe hacer más esfuerzos de barridos y baleados por toda esta ciudad abocada al mar, que para ello cobra sus buenos impuestos, pero y también expandir por los medios de comunicación (empezando por los propios), cartelería y clases en las escuelas, dadas por expertos difusores, la doctrina concienciadora de la obligada limpieza que empieza por no ensuciar. Quizás, y aunque sea por una vez, a los menores corresponde educar a los mayores, aceptémoslo de buena gana.