Vivimos en una sociedad hiperconectada donde las redes sociales, que nacieron como espacios para compartir y acercar, se han convertido en un terreno fértil para la difamación, el insulto y la descalificación. Basta un clic para emitir un juicio lapidario contra alguien a quien no conocemos, de quien ignoramos su historia y sus dificultades, pero al que nos sentimos con derecho a atacar.
En esta plaza pública digital, cualquiera puede convertirse en juez y verdugo. Una frase descontextualizada, una opinión que no coincide con la corriente dominante o, simplemente, el éxito ajeno, se transforman en excusas para lanzar piedras desde la comodidad del anonimato. El ciberacoso ya no es un fenómeno marginal: se ha convertido en una herramienta de comunicación permanente. Y lo peor es que hemos normalizado esta violencia, como si fuera parte inevitable de nuestra forma de relacionarnos.
No se trata de renunciar a la crítica, que es necesaria en cualquier sociedad libre, sino de distinguir entre discrepar y destruir
Detrás de cada pantalla hay una persona, con fragilidades, con heridas, con una vida que desconocemos. Pero la lógica de las redes nos empuja a olvidar lo humano para quedarnos con lo inmediato: la reacción fácil, el comentario hiriente, el “zasca” que nos da una sensación momentánea de poder. En realidad, esta dinámica no hace más que evidenciar la decadencia de una sociedad que parece odiarse a sí misma, que se destruye en lugar de construir, y que muestra, demasiadas veces, lo peor de cada uno.
En la era digital, difamar nunca había sido tan sencillo ni tan rápido. Las redes sociales se han convertido en un terreno fértil para quienes, movidos por el odio o la envidia, esperan con paciencia cualquier tropiezo ajeno para lanzarse con saña contra su víctima. Un error, un comentario malinterpretado o un simple despiste bastan para desencadenar una avalancha de juicios, burlas y acusaciones que rara vez buscan la verdad. En este escenario, lo que importa no es la justicia ni el debate constructivo, sino la oportunidad de dañar la reputación del otro aprovechando el anonimato y la inmediatez que ofrece la pantalla.
Reconozco que mi intervención desde Benidorm en el programa Conexió CV no fue brillante; ni siquiera estuvo bien. Fue uno de esos momentos en los que la mente se bloquea y las palabras no fluyen. Podía haber intervenido en castellano, como el formato permite, pero soy tenaz y decidí hacerlo en valenciano. Los otros días me salió bastante bien, pero claro de esos no se habla. Solo interesa pisotear al que se cae, no darle la mano para ayudarle a levantar, o a mejorar.
El otro día escuché una homilía del obispo Munilla sobre el Evangelio de Lucas (6, 27-38): “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a quienes os odian”. Qué difícil resulta llevar este mandato a la práctica en el entorno digital, donde lo habitual es responder al golpe con otro golpe, al insulto con un insulto aún más cruel. Y, sin embargo, ese mensaje de compasión y de respeto por el otro, incluso por quien nos hiere, es más urgente que nunca. Es fácil amar al que nos ama, cuidar al que nos cuida, ayudar al que nos ayuda. Lo complicado es amar al que nos odia, cuidar al que nos difama, al que nos maltrata. Al que te pegue en una mejilla preséntale la otra. Si no ¿Qué mérito tenemos? También los villanos aman a los que les aman. Lo complicado es ponerse en su piel ¿Por qué nos ataca? También de los ataques se aprende.
No se trata de renunciar a la crítica, que es necesaria en cualquier sociedad libre, sino de distinguir entre discrepar y destruir. Entre señalar un error y arrasar con la dignidad del otro. Recuperar el sentido de la palabra como puente y no como arma debería ser el gran reto de esta era digital.
Si seguimos permitiendo que la difamación sea la norma, que el odio sea la moneda de cambio y que la mentira circule sin freno, no solo estaremos dañando a las víctimas inmediatas de ese acoso: estaremos alimentando un clima social en el que todos acabaremos perdiendo. Porque nadie, por muy fuerte que se crea, está a salvo de convertirse en blanco de esta espiral.
En un tiempo en que las redes marcan gran parte de nuestra convivencia, quizá sea momento de recordar lo esencial: el respeto, la empatía y la verdad. Virtudes que, lejos de estar pasadas de moda, son las que pueden salvarnos de la barbarie digital en la que poco a poco nos vamos hundiendo.
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