opinión Andrés presupuestos
La edil convocó a la prensa con 44 minutos de antelación y "de urgencia" para presentar -ni más ni menos- que el proyecto de presupuestos, el documento más importante de cualquier ayuntamiento en un año de gestión. ¿Lo acabaría sobre la marcha?

La decadencia de la política de proximidad en Alicante es cada vez más evidente: la creciente costumbre de trasladar el debate público a las redes sociales mientras se evita deliberadamente a los periodistas ensombrece la transparencia y maquilla la hipocresía. Es una epidemia silenciosa, pero profundamente reveladora. En las últimas semanas, la protagonista de este fenómeno ha sido la concejala de Hacienda, Nayma Beldjilali, que convocó a la prensa con 44 minutos de antelación y «de urgencia» para presentar -ni más ni menos- que el proyecto de presupuestos, el documento más importante de cualquier ayuntamiento en un año de gestión. ¿Lo acabaría sobre la marcha poniendo aquí y allá partidas fantasma que nunca se emplearán? ¿No sabía que debía tenerlo hecho y durante el desayuno se le ocurrió acabarlo? ¿El alcalde sabía que lo iba a presentar? ¿Por qué avisó a la prensa con tan poco espacio de tiempo? ¿Acabó in extremis, o es que la convocatoria estaba planificada para que solo fuese cubierta por la televisión municipal para hacer el Nodo propagandístico dictado por los técnicos de prensa oficial del gobierno municipal? O todo junto…

La concejala en cuestión sigue empeñada en un insólito y cansino toma y daca digital con la portavoz socialista Ana Barceló a propósito de los presupuestos municipales.

El problema no es que dos responsables públicas discrepen —faltaría más—, sino la poca categoría política que demuestra quien prefiere discutir en redes sociales o notas de prensa prefabricadas antes que dar la cara ante los medios de comunicación, donde las preguntas no se pueden silenciar, borrar ni bloquear. El rifi-rafe de ahora viene precedido por el que protagonizaron la semana pasada porque la edil no convoca a la oposición y pide las propuestas por correo -para no discutir será-.

Ciberacoso en redes: el precio de vivir expuestos

Desde que llegó al cargo de Hacienda Nayma Bedjilali, tras la salida de Toni Gallego —arrastrado por el incumplimiento de la regla de gasto por casi 30 millones—, la edil -o quien maneja su agenda- ha optado por una estrategia curiosa: declinar entrevistas, pedir que la oposición “mande correos” con las propuestas y culpar al Gobierno central o a quien toque de la falta de liquidez en las arcas públicas.

Mientras tanto, su equipo de gobierno esquiva a los periodistas con la misma destreza con la que esquiva las explicaciones. Y cuando un político huye de la prensa, siempre es mala señal. Gestionando con la luz y taquígrafos de la prensa todo es más fiable: Los periodistas tenemos la obligación de preguntar, contrastar, confirmar y desmontar lo que no encaja. La luz se enciende con preguntas, no con reels en redes sociales dirigidos a la masa agradecida.

La concejala califica de “falacia” y “ridículo” la afirmación socialista de que el Ayuntamiento podría usar 155 millones de remanentes según un decreto del Gobierno. La portavoz del PSOE local, Barceló, responde acusando a Beldjilali de recurrir al insulto cuando no tiene razones, y recuerda que el interventor municipal cifra el superávit real en 54 millones, no en 5 como afirma la edil.

Una discusión técnica convertida en espectáculo de baja calidad política.
Una cuestión presupuestaria convertida en un choque de titulares.
Y un Ayuntamiento convertido, una vez más, en un patio de colegio improvisado… y sin periodistas.

Lo más grave no es que se equivoquen —que puede pasar— ni que discrepen —que es saludable—.
Lo grave es que ya ni siquiera intentan resolverlo donde corresponde: ante la ciudadanía informada, no ante los seguidores propios.

Se equivocan cuando piensan que hablar con periodistas es un riesgo. El verdadero riesgo es perder la noción de para qué están en sus cargos y olvidar que tienen la obligación de dar explicaciones tantas veces como sea necesario.

Lo que se está diluyendo en Alicante no es un debate económico, sino la salud de la conversación pública con rigor, seriedad y transparencia.

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