Estamos metidos – con Sánchez o sin él, miren la hostia que nos dan cada día en las gasolineras- en medio de una guerra de difícil pronóstico. Nadie sabe lo que va a durar. Ganarán los americanos y los judíos que son la misma cosa – unos siervos y mandados de los otros- pero no sabemos cuándo ni lo que nos espera hasta entonces. En cualquier guerra hay muchas víctimas. La primera de todas es la verdad.
Los propagandistas de toda guerra mienten como bellacos: lo tenemos todo controlado, nuestras tropas tienen la moral muy alta, estamos deseando responder, aniquilaremos al enemigo. Y lo que hay es un desastre, ganas desatadas de irse – aunque sea a la mierda y salir de allí echando leches porque el recluta no entiende por qué tiene que morir, o perder un brazo o dos piernas, por defender los pozos de petróleo, los desiertos arábicos o a su puta madre del que ha organizado el cisco-. Esto me recuerda mi época de espía etarrólogo. Los abogados, los batasunos, los de la alternativa Kas – ¿Dónde andará toda esta gente y de qué vivirán los que no hayan encontrado acomodo en las estructuras bildutainas?-. Ellos decían que estábamos en guerra – mínima en comparación con la que hay liada, con misiles lanzados desde miles de kilómetros y portaviones y ordenadores funcionando veinticuatro por veinticuatro horas que cuestan fortunas inimaginables- y que esa guerra iba a ser ganada en breve por su acumulación de fuerzas, cuando su músculo era el de una vieja parapléjica rezando el rosario en la parroquia de Julen Kalzada.
Esta guerra machacando el Irán de los Jomeinis, es una mierda pinchada en un palo. Se la han inventado Trump y Netanyahu. La han alimentado – mal y con poca vitamina- los Jomeinis, los Jameneis y toda la banda de abuelos con turbante que engañan a la gente con un paraíso lleno de moras macizas – las famosas huríes- que, si palmas en la guerra santa, te la comen todos los días cada vez que se lo sugieras sin poner ni una pega. Trump, no necesita esas mentiras, el promete una paga interesante porque se salta las decisiones del Congreso para declararla y con lo que cobras tú te buscas a la maciza en vida, sin tener que ir a ningún paraíso, en el putiferio más cercano con los servicios según tarifa. Siempre tienen la manía de meter a Dios en medio para motivar, para exacerbar, para llenar de furor y odio a los combatientes o, simplemente para remediar el canguelo y avanzar disimulando que se han cagado en mitad de la balacera. Eso es como en la mili antigua o en las guerras, antiguas también, que antes de gritar ¡al ataque! Te metían dos tientos de coñac de garrafón y el miedo desaparecía misteriosamente. Se te subía el patriotismo y hasta – como diría el sanchista De Manuel- eras capaz de empalmarte en mitad del tiroteo. Cito al sanchista De Manuel – quítate ya la camiseta de no a la guerra y pásala por la lavadora, que está más sucia que la fiambrera de un gorila-.
A mí no me empalma la guerra. No me empalma nada desde que me dejó el gran, el único amor de mi vida, la que me ponía a dos mil por hora solo con soltarle el primer corchete del sujetador. Ahora – rememorando a Loquillo, estoy aquí borracho en mi Beatle de quinta mano- ella no es la última rubia que vino a probar el asiento de atrás, ella es el definitivo, el mayor, el gran amor de mi vida por el que estoy dispuesto incluso a ir a Teherán a buscarla si es preciso y traerla de la mano dulcemente, no obligadamente, sino con su voluntad entregada, como la de un Rambo en los cerros desiertos persas .
Ahora las guerras cibernéticas de los americanos se juegan desde los portaviones y desde el Pentágono, con misiles dirigidos por ordenador. No hay que motivar a la plebe que pisa el territorio con güisqui barato ni con mensajes que el pastor ha escuchado de un dios barbudo sentado en un sillón forrado de terciopelo, porque la plebe que tiene que ir a pisar el territorio después de que sea laminado por los bombardeos, son oriundos de la tierra, expulsados hace siglos por ser kurdos o armenios, o caldeos o siríacos, o palestinos que pelean por lo suyo. No vas a meter a un yanki a brearse en el secano cuando puedes bombardearlo como si fueses un niño gilipollas jugando a matar con un teléfono móvil.
Ayer me quedé de piedra. Mi chica, mi amor, la que me dejó, me tenía dicho que no viese tantos telediarios, pero su ausencia me puede y sigo viéndolos porque ella no está. Anoche veo, recién encendida la tele, a Donald Trump, sentado en su mesa del despacho oval, el sitio desde el que se piratea el mundo, él en el centro y rodeado de veinte seres humanos – varias mujeres también alienadas y sin tener puta idea como los otros-, todos muy serios, como pedigüeños, con las manos hacia arriba y en actitud orante. Rezaban a Dios – no sé quien les ha metido en la cabeza que dios está arriba- para ganar la guerra que, con toda seguridad, interpretan como una Cruzada de la cristiandad. En el mismo telediario sale una mezquita de no sé dónde con una caterva de individuos – aquí no hay mujeres porque esas, por mandato de otro dios que es el jefe de estos, no pueden rezar juntas- que rezan de pie con idéntica postura, las palmas de las manos hacia arriba y cara de pedigüeños. Curas, pastores, imanes, obispos, ayatollahs y demás fauna clerical, rezan con las palmas de las manos idénticamente orientadas. ¿A qué Dios reza cada uno de estos suplicantes de su favor? ¿A Yhavé, a Elohim, a Jehová, a Allah? ¿Los tienen perfectamente identificados? ¿Son los mismos dioses? ¿Hay alguno más poderoso que los otros?
Los dos grupos de rezantes piden lo mismo: ganar la guerra. Dios tiene un grave problema. ¿Por quién se inclina? Una de las veces que me declararon hereje – declaración que llevó a cabo un cura fachoso y meapilas, amanerado, moñas y pesetero- fue por un problema similar. Dos Borbones golfos y cabrones y un primer ministro, Godoy, también cabrón, vendieron el país a Napoleón y cuando los españolitos se tiraron a la calle a pecho descubierto, los nobles y los curas, casta poderosa y privilegiada, los instaban a jugarse el pellejo, les cantaban una jota: la Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa, que quiere ser capitana de la tropa aragonesa. Yo me preguntaba en mitad del relato ¿Qué pensará de eso Notre Dame de París que es tan virgen como la del Pilar? O Luego ¿Qué habrá pensado de eso la Virgen de Lourdes ?
¿Quién puede más para ayudar en esta guerra que ha montado Netanyahu convenciendo a Trump para machacar ayatollahs – que no me caen bien tampoco por su ferocidad y su visión paranoide de la existencia- por el petróleo y porque quieren ser los putos amos del Oriente Medio ?
A Trump no le hace falta el petróleo, es sobradamente autosuficiente, lo que necesita, para seguir con su poder omnímodo, es que no lo tengan los otros. Necesita guerras periféricas para seguir siendo el amo mundial y, sobre todo, tener a rusos y chinos controlados mirando, ahora que la Unión Europea se ha convertido en un guiñapo y la OTAN no es nada dirigida por ese holandés medio moñas – políticamente hablando-. Trump no necesita petróleo – ahora es dueño incluso del de Venezuela-, necesita bombardear pozos y montar poyos donde el petróleo se produce para que no lo tengan otros y así ponernos la gasolina a tres pavos el litro para que las industrias de armamento – con el cuento de salvar a occidente- puedan quintuplicar su producción.
Estoy fuera de tiesto. He pasado el fin de semana en Zamora – ciudad bíblica, recuerden, Zamora y Gomorra-. Maravilloso sitio al que he ido a presentar Cuarenta años de cárcel, aunque no hay ido ni Dios.
He tenido suerte además de ver románico puro mientras me congelaba las orejas, el sitio en el que gobernaba el gran Inquisidor Diego de Deza, quemando herejes, y un lugar infame en el que ofrecían arroz a la zamorana. No lo pidáis nunca si vais por allí. Arroz era, pero cocinado como si fuese un engrudo para hacer una pared. Jamás el arroz a la zamorana, sigamos con el arroz con conejo y caracoles.
Suerte también coincidir en la presentación con un abuelo despistado como yo. El libro habla de ETA, evidentemente, y este hombre, Paco, fue cartero en Durango a la vez que era cura de aquella parroquia un etarra llamado Julen Kalzada que quemó la capilla de la cárcel vieja de Zamora en un motín de curas etarras cuando Franco andaba en las últimas. Ya hablaremos de eso. Aquellos curas también decían que cumplían la voluntad de Dios cuando mataban gente por la libertad de Euskal Herría. ¡Las que se han liado en nombre de dios, sin que él se entere y sin que tenga nada que ver en el lío!
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