Allá por los años 50 del pasado siglo, en plena represión, cultural y censora del franquismo, tanto en revistas como en periódicos salían viñetas (también artículos) mofándose del arte moderno y contemporáneo, fueran ironizando contra Picasso y los «mamarrachos» (sic) del Guernica, por no hablar de las obras de Pollock: «eso de tirar pintura sobre un lienzo en el suelo (dripping), lo hace mi nene»; y las demás abstracciones del arte «no figurativo» (es decir: que ellos/as no entendían) empezando por Joan Miró, valga el ejemplo de este pintor universal, tomándolo como auténticas «tomaduras de pelo».
Todo cambio entre los años 60 y 70 del siglo XX cuando se empezaron a inaugurar museos como los de Barcelona, Madrid, Cuenca, y también Alicante gracias a la colección privada de Eusebio Sempere que convenció a algún alcalde ilustrado como Ambrosio Luciáñez para hacer el «museíto» (así lo llamaban) de La Asegurada. Parecía como si aquellas obras que no copiaban la realidad perceptible, y estaban enmarcadas y expuestas en la oficialidad cultural de un museo, hubiesen adquirido de repente el valor artístico que anteriormente no se les reconocía, con la excepción de una minoría preparada para entender la plástica de aquel su tiempo.
Hago esta especie de introito porque el otro día en el programa mañanero que dirige Andrés Maestre, en esta ocasión con Pepe Llorca y un servidor como compañeros de tertulia, simultaneábamos conexiones con dirigentes vecinales, y una de las discusiones más enconadas fue la referente a los grafitis, ya que los representantes del vecindario, en este caso particularizados en Bienvenido Marín, criticaron estas pinturas urbanas, quizá por desconocimiento de que algunas también son Arte (con mayúsculas), mientras personalmente mantuve una postura diametralmente opuesta, por haber estudiado en profundidad lo que el grafiti ha significado en la cultura popular contemporánea, tanto por lo que tiene de expresión gráfica (firma, letras, grafías y trazos –reconocibles o no– que a veces transitan hasta una identificable figuración de denuncia y con verdadera maestría por parte de autores/as anónimos que suelen utilizar seudónimos derivados del hip hop; como y también por esa necesidad de expresar que están aquí para decir-pintar lo que verdaderamente piensan estas generaciones de jóvenes que no tienen entrada en museos, ni galerías de arte, aunque eso igualmente va cambiando, pero tendríamos que situarnos en Filadelfia, New York o París, sin embargo desconozco en nuestra ciudad cualquier institución pública o privada capaz de dar cobijo a sus obras, ya que no hay que desmontar una pared o muro, sino después de fotografiarlos pormenorizadamente para tener su preciso y precioso testimonio cuando desaparezcan (es un arte efímero), simplemente darles un buen soporte en dimensión y materiales no permeables para que nos cuenten estos creadores y creativos entre adolescentes y jóvenes que expresan un tiempo y un lugar: el nuestro y el suyo más bien, pero lejos de los espacios convencionales que sólo acogen Historia del Arte archisabida y/o famas en boga.
Podrán gustarme unas más o menos que otras tapias, persianas o fachadas grafitadas, pero encuentro que son el reflejo de un impulso que no conoce ni de Academias, ni de libros de Estética. Sólo de rotuladores, spray y alguna brocha
En el programa de Andrés sacaron un precioso mural con la cara de un niño africano pintada con un realismo mágico, y acompañada por dos mensajes grafiteros, uno a favor de las mujeres y madres desfavorecidas; el otro, contra el racismo que últimamente está creciendo en nuestra sociedad de forma cancerígena tanto por lo insano que es despreciar la piel o la procedencia «del otro», como por el peligro que supone el que ya se están formando bandas antagónicas que tarde o temprano nos darán un disgusto en la sección de «Sucesos».
Probablemente se preguntarán ustedes por qué vienen en cayucos con un pasaje sin billetes ni papeles que les cuesta entre 3000 y a veces 6000 €, mientras el avión de línea regular y pasó por aduanas no asciende de los 300 €. Pues, primero porque los gobiernos del Magreb (semidictaduras) se quitan de encima el corpus social que no quieren ni pueden mantener (empezando por carne humana mayormente masculina destinada al paro y la miseria, incluso presuntos delincuentes a quienes no se esfuerzan en ofrecer una reeducación dentro de sus propios países); y, en segundo lugar, porque, aunque la cultura europea de raíces cristianas y democracias salidas de la Ilustración, nada tiene que ver con la islamista y mucho menos con las tribales del África subsahariana, esta gente tiene como único púlpito un televisor que continuamente emite el mundo feliz de la sociedad de consumo, sea fútbol o hamburguesas.
Los comentaristas de los medios de comunicación, normalmente personas bien formadas, exponen pros y contras sobre la emigración, pero lo que más me temo es que nadie de estos muchachos memes, etc. escuche sus argumentaciones. Pero sí que ven al pasar ese grafiti con una lágrima bajando por la mejilla de la inocencia y, a su lado enormes letras que se convierten en signos surrealistas ininteligibles o figuras amorfas para el ciudadano europeo cuyo concepto del Arte, no olvidemos que es un valor de cambio monetario, se ha quedado en los templos expositivos, las subastas, y el prestigio social.
La pintura crítica o sin decodificar, ajena a censuras de falsa moralina vuelve a la calle, como así ha sido desde tiempos romanos, y no tengo por menos que aprobarlo. Podrán gustarme unas más o menos que otras tapias, persianas o fachadas grafitadas, pero encuentro que son el reflejo de un impulso que no conoce ni de Academias, ni de libros de Estética. Sólo de rotuladores, spray y alguna brocha. Los quitaron de los trenes y autobuses, no porque afearan los vagones, sino porque eran mensajes-denuncias en movimiento que podíamos ver todos, pero el grafiti sobrevivirá como cultura de masas y respuesta al convencionalismo.