opinión Pedro
Presidente de la Comunidad Valenciana, portavoz del PP y ministro del Gobierno español

Zaplana venía de una familia de la Cartagena burguesa, pero llegada a menos, y hasta vendía enciclopedias a plazos para pagarse los estudios en la Universidad de Alicante, precisamente en uno de esos viajes como vendedor a Benidorm conoció a su mujer Rosa, hija del senador Barceló quien, en vista de aquella pareja era ya inseparable, consiguió meter a su futuro yerno en política como profesión más entretenida y sobre todo rentable. Cualquier cosa menos el insuficiente puerta a puerta, o esperar a entrar en un despacho como el último pasante con un currículum universitario bastante moderado.

Sin embargo, la famosa frase «estoy en política para forrarme» jamás la pronunció Eduardo Zaplana, sino Vicente Sanz, secretario del PP de Valencia (1990), siendo Compromís quien arteramente se la atribuyó para desprestigiar al principal enemigo de los soberanista valencianos de izquierda que siempre lo calificaban como «el cartagenero moreno» tanto por su lugar de nacimiento, como por su porte arrogante y elegantón con sonrisa permanente y habilidad empática en las distancias cortas.

Presidente de la Comunidad Valenciana, portavoz del PP y ministro del Gobierno español

Pero que sí dijo, según las grabaciones entresacadas del famoso caso Naseiro fue: «me tengo que hacer rico porque estoy arruinado». Y eso también era cierto, dado que se endeudó hasta las trancas para conseguir un entorno acorde con el joven político en permanente ascenso empezando en UCD para acabar en el PP: y de alcalde de Benidorm hasta llegar a tan altas responsabilidades políticas que ni siquiera su suegro hubiese soñado: Presidente de la Comunidad Valenciana, portavoz del PP y ministro del Gobierno español.

Para ello se rodeó de un equipo rufianesco con los hermanos Cotino (el misal y el atraco), Francisco Pérez López, un profesional de los desvíos dinerarios, o el abogado y asesor fiscal Francisco Grau en el Consejo de Administración de la CAM; y también su entonces jefe de gabinete, Juan Francisco García.

Si bien, tras estos generales de división política había mucho lugarteniente con estrellas de mando en plaza, comandados en Alicante por el alcalde Luis Díaz Alperi quien también ha visitado con alguna frecuencia los tribunales para finalmente salir ileso suertudo, aunque magullado por el tiralíneas de ordenación urbana; como su buen amigo Pedro Ángel Mateo quien fuera alcalde de la eclosionante Torrevieja y por no hablar de Orihuela, Elda, Novelda… Y así podríamos seguir con una lista muy significativa de municipios, también socialistas, que se dejaron tocar por empresas del asfalto y del ladrillo (alto por ancho o largo), además de concesionarios de servicios públicos cuando la mordida parecía obligada a subasta en los reservados de algunos restaurantes marisqueros. Fue la era dorada de la corrupción municipal, todavía no atajada.

Cuando no se llegaba a un acuerdo con el concejal del ramo, los delegados de las empresas intentaban solucionarlo con el alcalde/alcaldesa, y de resultar infructuosas sus gestiones, el tiro se elevaba hacia la Generalitat donde la última e irrevocable palabra era la de Zaplana no conforme con el amaño de adjudicaciones (caso Erial), redondeada la fortuna con la que él propiamente no pudo disfrutar el niño.

Pero todo esto ocurrió hace ya más de 20 años, el reo ya tiene sentencia, aunque a falta de último recurso, por lo que me parece indigno, ventajista e innoble el que los socialistas intenten cargar contra quien le dio una paliza monumental en las urnas: Carlos Mazón, bajo la insostenible acusación de que estuvo a órdenes de Eduardo Zaplana, ¿y quien no en el PP  que haya superado la cincuentena en el DNI? ¿Cómo acto de contrición a lo que sucedió hace cuatro lustros, eliminamos a los populares del mapa político quedándonos así sin oposición y, por ende, sin democracia al estilo Venezuela? ¿Repasamos los casos de corrupción del PSOE, empezando por Andalucía, y los ponemos en la balanza versus los del PP?

Zaplana volverá a la cárcel de Picassent los años que le faltan para cumplir condena, salvo que se estime último recurso, y sean menos. Pero de ahí a tratar de emborronar con tinta de calamar que no mueve molino ya, el caso Ábalos, falsamente intitulado por los sicarios del socialismo y sumados, como «caso Koldo«, me parece una añagaza y escapatoria ruin que no se sostiene salvo en perjuicio de la democracia y una posible desafección por parte de los españoles al pensar que todos los políticos están cortados por el sastre de la corrupción.

Desenterrar a Zaplana encadenado no pondrá amortajar a Carlos Mazón vívidamente reformista. Tampoco el turbulento pasado de Alperi afectar al despejado presente de Luis Barcala. Lo que las urnas no dan, la información propagandista cuatro canales de televisión y alguna radio no prestan. Me parece irrisorio por absurdo que en una tertulia de las que tenemos por no soportar el enésimo capítulo de cualquier serie, todos los participantes, empezando por el director sean de la misma cuerda ideológica, es decir: increíbles y serviles.

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