A los alcaldes peperos de la provincia se les ha recomendado desde Madrid que no levanten obras hasta pasadas las elecciones del 23-J. Luis Barcala se adelantó, y probablemente su partido lo pagará en el distrito que le es más propio y afecto: el centro. Aunque, y por suerte para él, según mis amigos demoscópicos, más en abstenciones que en cambio de papeletas hacia otras opciones encabezadas por Vox. Sobre todo, porque el alicantino capitalino, y desde aquel boom vacacional los años 60 del pasado siglo, ha hecho suya lo que, para los mesetarios, empezando por los madrileños, es incomprensible paradoja habitacional: comprarse una segunda vivienda próxima a su residencia habitual y como piso de veraneo sito entre la Albufereta y San Juan playa.
No es menos cierto que las nuevas generaciones buscan por todo el año residir en «urbas» con zona ajardinada y piscina para suelta y solaz de sus hijos, sobre todo ahora que se han cubierto medianamente las carencias de centros hospitalarios, salud y escolares primaria y secundaria (aunque todavía las nuevas asociaciones vecinales de El Cabo, Condomina, etc. mantienen pliego de necesidades prometidas, pero incompletas.
¿Volverá la Explanada de España a ser un hito definitorio de la ciudad? ¿Cuándo acabarán las obras de canalización, aceras, asfaltado y replantación de árboles?
Con estas apreciaciones, y de cara al próximo domingo Alicante municipio, y a lo que se ha visto en las elecciones de mayo, también L’Alacantí que lo contornea, se inclinarán por los votos azules, en detrimento de los verdosos de Abascal vistiendo al gorila de seda, y los morado-bermellón de una cada vez más desinflada Susana Díaz, quien ya ni siquiera cuenta con la aguerrida guardia de antiguos compañeros del Partido Comunista alicantino, muy capaces otrora de sacar concejales. Y ya no digamos un PSOE tan abatido que ni está ni se le espera más allá del voto fidedigno.
Con Feijóo en La Moncloa, Carlos Mazón en el Palau y Barcala emplazado en el Ayuntamiento, hora va siendo de cumplir tanta letra firmada para Alicante, pero nunca ejecutada.
¿Cuándo tendremos núcleo de comunicaciones ferroviarias que intercomunique los dos anchos de vía: nacional y cercanías? ¿Es posible y conveniente seguir con una estación central eternamente por acabar y alejada del otro gran núcleo de comunicaciones por carretera que es la Estación de Autobuses, sudando maletas peatonales (recuérdese proyectos viarios y de servicios como el Puente Rojo, hoy desteñido a rosa sucio), y otras estacioncillas decimonónicas, la llamada «de Murcia» o la del Postiguet que más parecen apeaderos provisionales? ¿Y qué decir de esa salida natural hacia Elda Petrel, Villena Albacete Madrid y muchos etcéteras poblacionales como es la Carretera de Ocaña? que todavía está como cuando por aquellos tiempos en los que Jorge Manrique le escribió el planto y coplas a su padre muerto.
¿Volverá la Explanada de España a ser un hito definitorio de la ciudad? ¿Cuándo acabarán las obras de canalización, aceras, asfaltado y replantación de árboles? ¿Qué entienden Barcala y sus mariachis munícipes por «ciudad sostenible»? ¿Turismo de mesa y mantel o de táper-fiambrera? ¿Barrio Antiguo imitando los desórdenes de mayo del 68?, ¿o conjunto característico de habitadas y habilitadas edificaciones seculares por la que pasear ocios tranquilos en el verano 2023? ¿Un centro de la ciudad peatonal?: sí, ¿pero hasta qué punto impracticable para sus vecinos motorizados que trabajan fuera de esa demarcación?
Si hay suerte, y las elecciones responden al oráculo demoscópico, los gobiernos de Madrid, Valencia y Alicante serán de las mismas siglas. Y por lo tanto la coordinación empática y solidaria parece un hecho. Oportunidades como esta habrá pocas, misión de Barcala es cumplir con lo prometido en el programa, y si además le echa algo de imaginación creativa podrá jubilarse como alcalde a quien recordar siempre.