Se acabó el verano cerrado ese agosto, mes vacacional por excelencia, y empieza un septiembre que, en Alicante, salvo alguna que otra riada intempestiva, suele ser más benévolo en calores, abaratado en la compra cotidiana, incluidos bares y restaurantes además de mercados, y sobre todo, habitable sin aglomeraciones, y listas de espera en cualquier consultorio abarrotado de imprevistos.
Personalmente es el mes preferible que recomiendo a mis amigos y conocidos de extramuros mesetarios, porque tu toalla playera no debe ir forzosamente pegada a la de quien llegó minutos antes; la primera línea al mar es traspasable entre a habitual legión de niños y sus cubos castilleros; el olor a las cremas solares no inunda nuestras pituitarias y los vendedores ambulantes descienden el acoso vocinglero, supongo que con la habitual caída del negocio. Mientras ese Mercado Central, al que soy asiduo los sábados, ya no resulta tan prohibitivo para llevarnos un ranchito de marisco, un bodegón de huerta o una tierna paletilla lechal. Por no hablar de calles despejadas, comer o cenar sin la obligada reserva previa, y no hacer indistintas colas cayéndote inclemente un sol de justicia desde las 10:00 de la mañana hasta que traspone, y, aun así la noche no suele ser menos cargante con los vapores de un mar caldeado a más de 30 °C.
Este año, gracias a Dios o a las fuerzas policiales las páginas de sucesos no vinieron tan cargadas, como si la delincuencia también se tomara su periodo vacacional. Una mala noticia, esa sí, ha sido la muerte de Manuel de la Calva, último componente del Dúo Dinámico que en nuestra juventud nos cantaran al amor, pero y también al desamor: «El final del verano ya llegó, y tú partirás, yo no sé hasta cuando…» Claro que en aquellos años mozos nuestros desdichados corazones eran mucho más fáciles de recomponer cuando otra muchacha se fijaba en ti o/y a la recíproca. Curiosamente agosto es el maldecido mes por porcentaje de separaciones en parejas estables, como si el viento soplara a favor de alternativas e infidelidades, y en contra de los sentimientos perennes.
Paseo por la Explanada y observo que la tercera edad la ha recuperado en corrillos donde debe haber muchos corrillos y opinión política. Sobra espacio para no andar zigzagueando, los pintores vocacionales, que no de oficio, sacan su caballete para volver a plasmar esos sus paisajes de siempre, o intentar sacar retratando o caricaturizando al personaje que se deje sorprender por la vanidad o mantener un remembranza cuando vuelva a casa. Me tomo unos calamares en el Nou Manolín sin utilizar las coderas de un jugador de rugby para defender mi hueco, y una caña bien echada a tres vuelcos no tardar tanto en llegar como hace apenas un par de semanas. Y como en mis frecuentados bares cotidianos mientras vuelvo a mantener conversaciones con un servicio que hasta te mira de nuevo.
Alicante vuelve a tener la pinta y la planta de ciudad higienista y tranquila que la hizo solicita sobre todo a mediados del pasado siglo, aunque la fama les venía de antes como recomendación médica, esencialmente epidermis, pulmón y corazón. Ahora a toda esa marabunta europea la van sustituyendo gentes de la tercera edad que vienen a inmigrar como aves migratorias en busca de un invierno templado y sostenido desde otoño a primavera. Si bien nadie olvida como uno de nuestros principales acopios impositivos vienen del turismo y de los servicios administrativos (no quisimos industrializarnos) que nos restan como capital provincial, aunque cada vez más en desuso centralizado por mor de la España de las Autonomías.
Proyecta hoy 12TV un reportaje con filas interminables de personas que van y vienen con sus maletas y moreneces o blancuras, pero semblantes felices en ambos casos epidérmicos porque raramente no sientan mal las vacaciones y mucho menos el deseo de comenzarlas.
Septiembre es un mes ideal en Alicante porque no sólo prolonga el verano, sino que lo hace más soportable; deberían promocionarlo nuestras autoridades para comodidad de propios y ajenos, después de un «ferragosto» insufrible soportando temperaturas que no recordábamos desde hace lustros. Muchos países caribeños lo hacen para que el turista no tenga que soportar el ardiente clima tropical. Se está mejor al aire libre, se come mejor porque las cocinas funcionan en tiempo ordenadas, se duerme estupendamente, incluso coges a la sabana cuando despunta el sol todavía tibio.
Yo diría que hasta mejoramos los caracteres en la nostalgia.
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