Empecé a escribir este artículo mirando al cielo, pero sin el agua al cuello (hasta aquel momento). Somos gente bastante escarmentada por riadas que en su desbordamiento se llevaron muertos y enseres, dolor y ruina; por ello fuimos declarados en varias ocasiones «zona catastrófica», con infaustos recuerdos del calamitoso Barranco de las Ovejas, y otras incontroladas ramblas que desde la serranía bajaban torrenteras hacia La Albufereta o Playa San Juan. Hoy, por mor de una de las pocas, pero destacables buenas obras públicas del alcalde Luis Díaz Alperi, no sé si forzada o forzosa, el Barranco de las Ovejas tiene desagüe suficiente y viene bastante limpio en sus descensos. Mientras, tanto La Albufereta como San Juan Playa desaguan suficientemente al mar por lo que se pudo comprobar la primavera pasada.
Pero sin embargo hay informes de urbanistas y geólogos advirtiendo que, sin ser un municipio proclive a los desbordamientos, sí parece necesaria la limpieza continuada de cañerías, imbornales, barranqueras, pero sobre todo posibles estancamientos de aguas consentidos por un desarrollo urbano donde se primó el beneficio de constructores y promotores sobre la prevención de futuribles, pero altamente comprobadas inundaciones periódicas de las que se guarda infausta memoria. Por no ir más atrás en el tiempo: 1982 y la más trágica de 1997. Además presupongo que para quedarse protegidos y escarmentados, sobre todo después de la pasada Dana, nuestros políticos con mando en plaza declararon un genérico aviso de «alerta roja», como si la sirena por sí sola los eximiese de llegar a tiempo adelantándose a la desgracia. Y con esas mismas suspendieron las clases, causando ardua tarea a las parejas que, trabajando ambos, dejan a sus hijos/as en guarderías y centros escolares. Mucha prevención, para después poca cura. Aun con toda una red de satélites, departamentos meteorológicos y seguimiento junto lución de las tormentas, los meteorólogos pueden atinar en todo el círculo de la diana, pero difícilmente dar en su centro como me informaba un destacado profesor universitario.
Esta mañana he despertado con un sol límpido colándose por entre las rendijas de la ventana de mi dormitorio. Frente al ordenador y un café con leche mojando la madalena fui repasando los medios de comunicación que hablan de destrozos en la región generalmente más castigada por los aluviones como es la Vega Baja, todos recordamos la riada de Santa Teresa en Orihuela 15 de octubre de 1879 (300 muertos). Esta vez el ahora denominado «reventón húmedo» le ha tocado a Cox, Redován, Callosa de Segura…, pero mi informante asegura que el peligro todavía no ha pasado esencialmente por las altas temperaturas que conserva el Mediterráneo, al tiempo que las masas de aire frío siguen entrando por el noreste español (donde también está cayendo lo suyo), y que debiéramos, es decir debieran ordenar nuestros cargos electos, desde conselleres a concejales, una revisión profunda, aunque apresurada de todas nuestras evacuaciones, incluidas las personas en pequeños pueblos y pedanías sin suficiente dotación sanitaria.
Cuando antes el alcalde o en quién delegue deberían dar una explicación pormenorizada de nuestra situación anti-riadas (hoy en día, minuto y resultado) porque como dice el viejo adagio: «si no cura, al menos reconforta». Al alicantino le preocupa mucho más qué va o puede pasar mañana con este tiempo tormentoso, que si los podemitas quieren declararle la guerra a Israel poniendo en marcha bélica el acuartelamiento de Rabasa, o si el PP tiene miedo a perder la alcaldía como amenaza su socio Vox de no cumplirse ciertas restricciones contra los memes que desembarcan en el puerto de Alicante para no regresar a sus países africanos de origen.