La vieja frase periodística «perro no come carne de perro» se ha traspasado con creces más allá del iracundo canibalismo canino. Cuando empecé con esto del ejercicio informativo y de opinión, profesión más indigestada de noticias interesadas que ninguna otra, pero, y hasta ahora más equidistante y analítica profesionalmente de los boletines oficiales de cualquier administración pública. También es verdad que, si algún político/a intentaba metérnosla doblada, la réplica, contundente y veraz, no tardaba en llegarle, tal que así establece la correlación de poderes en democracia, incluso cuando se nos considera «el quinto poder», atendiendo a una influencia reveladora que nos ha dado la credibilidad.
Resultaba rarísimo, por no decir imposible, encontrar arremetidas de un periódico contra otro (aunque sus propietarios y líneas editoriales fuesen distantes o encontradas), si acaso ignoraban la noticia publicada por la competencia o la interpretaban de forma diametralmente opuesta, pero sin descalificar al adversario periodístico; algo que los lectores y periodistas sabíamos apreciar, escoger e interpretar, viniese de uno u otro medio, haciendo, además, una lectura subliminal del mensaje. Nunca pude percibir una confrontación brutal y directa, pongámonos en aquellos enconados tiempos desde nuestra vuelta a la democracia, del periódico Información contra La Verdad, o de la emisora COPE respecto a la SER y/o viceversa. Podía haber disidencia, pero también respeto.
Causa rubor y desvergüenza ajena contemplar tertulias donde, además del conductor/, tres son intolerantes sanchistas y máximamente uno de centroderecha
Hoy se ha ido al carajo, sobre todo para aquellos que creíamos en la inviolabilidad profesional del honesto criterio dispar, lo cual no quería decir compartirlo, ni, mucho menos, asumirlo en parte o en su totalidad. La información era sagrada en su comprobada veracidad, la opinión: libre según la ideología (nunca aséptica) del firmante. Plumas y voces se cruzaron con inteligente mordacidad y de derecha a izquierda, incluso la perspicaz y cáustica acracia de aquellos «enfants terribles» que se negaban a militar en uno u otro bando, ¿Quién no recuerda a Umbral, a Xavier Domingo, Pedro J. Ramírez y a tantos dignos herederos del «pobrecito hablador»?
Sobre todo, ahora que el poder, llamémosle PSOE y sus derivadas autonómicas, mantienen lacayos y sirvientas opinantes al servicio de La Moncloa, que no de la originaria idea de Pablo Iglesias decimonónico. Causa rubor y desvergüenza ajena contemplar tertulias donde, además del conductor/, tres son intolerantes sanchistas y máximamente uno de centroderecha, pero nunca descarado vocero del PP o de Vox. Obviamente sólo puede triunfar la tesis conjunta de un bando atacando a la oposición que no a quien detenta el poder, como sería lo procedente en un país dialécticamente democrático. Me recuerdan a las tertulias de la televisión cubana cuando nos partíamos de la risa viendo semejante desfachatez castrista.
¿Por qué tan furibundos ataques a Feijóo o a Mazón y demás presidentes autonómicos peperos cuando quien detenta el poder más absolutista y superior constitucionalmente al resto es Pedro Sánchez? ¿Por qué rabian hasta el paroxismo demencial y simiesco cuando día tras día no logran una dimisión del presidente de la Generalitat valenciana intercambiándolo por alguno de los suyos sin que haya ganado las elecciones? ¿Por qué tanto insulto desmedido y faltón cuando es la voluntad popular del votante quien pone o quita a gobernantes, no los periodistas de pensamiento único teledirigido?
Jamás se me han hecho siquiera insinuaciones en este medio de comunicación con el que colaboro para que apoyase a uno u otro bando, o a temas concretos, de lo contrario no estaría escribiendo estas líneas para «Alicante actualidad», simplemente porque es empresa privativa de una familia responsable de su independencia y economía, pero nunca manejable subsidiaria de cualquiera caja fuerte que, a la postre, pagamos todos los españoles.
Estuvo bien aquella operación planetaria de Atresmedia poniéndole una vela a Dios, Antena 3, y otra al diablo, La Sexta, para no perder televidentes, aunque el ranking de audiencia no engaña, siempre a favor de la primera, supongo que por no admitir en sus informativos y tertulias a esbirros procaces y malhablados que argumentan con el insulto sucio lo que la razón no les otorga. De sobra saben que van a durar, al igual que la radiotelevisión española, lo que aguante este Gobierno dependiente del independentismo, tal vez sea ésta la principal razón de tanto amarillismo y un «periodismo» que no merece tal nombre ni degradación hiperbólica.
En Alicante, que yo sepa, hay tres televisiones locales y provinciales, pero en ninguna he podido ver descarada agresividad contra la otra/s, siendo dos de propiedad privada y una municipal. Probablemente porque quienes están al mando de sus respectivos canales no basan la atención de sus televidentes en creerlos sedientos de una innecesaria carroñera verborrea que en lugar de convencer, denigra.