Fernando Sepulcre Opinión
Cuestionar, insultar, despreciar y denigrar al “enemigo” se ha convertido en el pan nuestro de cada día en la política

Las elecciones en un buen número de comunidades autónomas y las municipales para toda España se encuentran ya “a la vuelta dela esquina”, a lo que hay que sumar que, más pronto que tarde, conoceremos la fecha elegida por parte del gobierno para la celebración de las Generales. A estas alturas de la “película” todos los equipos de los partidos políticos que competirán en estas trascendentales votaciones ya deberían estar “echando el resto” para “vendernos” sus méritos pasados y sus nuevas promesas electorales, sin dejar por supuesto de recordarnos los deméritos e incumplimientos de sus contrincantes. Siempre ha sido así desde que en España volvió la democracia después de tantos años de dictadura, y sin duda debería formar parte del necesario juego democrático en el que, por cierto, la alternancia entre distintos partidos es incluso saludable por muchos motivos.

Sin embargo -y en mi humilde opinión- en esta ocasión algo fundamental está cambiando: Sucede que aquellos que nos están gobernando, singularmente desde el gobierno de la nación no parecen aceptar bajo ningún concepto la posibilidad de perder. Para este fin, se están utilizando, como nunca se ha hecho en el pasado reciente de nuestro país, todos los medios y resortes posibles a su alcance: Se parasitan todas las instituciones, se controla y manipula a los medios de comunicación, se miente más que se habla sin ningún tipo de rubor, se incumplen reiteradamente y sin inmutarse una buena parte de sus promesas electorales,  se aceptan todos los chantajes, se rompe sin problemas de conciencia con las tradiciones y valores fundacionales y esenciales de los partidos históricos, se anuncian todo tipo de reacciones en caso de resultar perdedores, y un largo, muy largo etcétera. Para ellos El fin sí justifica los medios.

Cuestionar, insultar, despreciar y denigrar al “enemigo” se ha convertido en el pan nuestro de cada día en la política

Esta, lamentablemente, es la realidad que se ha impuesto en la nueva forma de hacer política en España. De la defensa civilizada de un argumentario entre educados contrincantes con concepciones diferentes respecto a las políticas sociales y económicas a aplicar durante el siguiente periodo electoral, se ha pasado, pese a que se declaran pacifistas, a expresiones tan beligerantes como: la “lucha sin cuartel” contra los enemigos políticos, la “conquista” de no sé qué derechos irrenunciables, al “no pasaran”, “el cordón sanitario” y “hay que ponerles freno” a determinados partidos, detrás de los cuales hay millones de votantes, a las “píldoras democráticas” contra políticos de la oposición, al “no permitiremos que regresen las políticas neoliberales”. Simplemente, parece como si se quisiera destruir a la oposición, porque no hacen más de estorbar e incomodar.

Pero es que, además, cuestionar, insultar, despreciar y denigrar al “enemigo” (antes simplemente adversario político) se ha convertido en el pan nuestro de cada día. A “toque de corneta”, diariamente, todos los sicarios salen presurosamente a la calle para predicar entusiásticamente las instrucciones recibidas de la superioridad, a la vez que vomitan odio hacia todos los que se atrevan a contradecirles. ¡Desacredita, que algo siempre quedará!

Desde tiempos ya muy lejanos en los que acaecieron episodios históricos de muy triste recuerdo para todos, nunca la polarización de la sociedad española había sido tan extrema: Familias peleadas y que dejan de hablarse, amigos que dejan de serlo, temas tabúes en la reunión familiar de Navidad, miembros de un grupo de whatsapp que lo abandonan por diferencias políticas, peleas, discusiones… ¿cómo hemos podido llegar a esta situación?

Pero no es sólo que se defiendan como “gato panza arriba” pues parece que les va la vida en el caso de perder las elecciones, es que además para muchos de estos jóvenes políticos, que desprecian a las tradiciones, a los empresarios, a los mayores, al heteropatriarcado, a la unidad de España y a otras tantas cosas,  lo único que les importa de verdad es hacernos comulgar con su doctrina y con sus enfermizos dogmas de fe, que buscan la implantación obligatoria de sus modelos canónicos de comportamiento, y por encima de todo la existencia de un pensamiento único y una única y revanchista verdad histórica (su verdad). Ellos son los que deciden lo que está bien y lo que está mal y cómo debemos comportarnos. Pobres de aquellos que osan desviarsede su “línea editorial”, porque son tachados automáticamente de “fachas”, “despiadados capitalistas”, homófobos, machistas heteropatriarcales, racistas, insolventesy un sinfín de otros calificativos peyorativos que desde hace unos años se han vuelto habituales en el discurso de nuestros nuevos políticos. ¡Qué frustrante para los que de verdad lucharon durante largos años contra la dictadura que ahora les llamen viejos fachas unos niñatos que ya nacieron con la democracia!

Y por si fuera poco, es tal es su grado de inutilidad y obsesión dogmática que con sus leyes sectariasno hacen otra cosa que perjudicar a las minorías que pretenden defender.

Seguramente en el subconsciente de algunos de estos nuevos políticos subyaceuna lectura trasnochada de los viejos ideólogos del comunismo, pero me temo que en muchos otros se trate únicamente de un afán por continuar “chupando del bote”, utilizando para ello las evidentes necesidades y carencias de una buena parte de nuestra sociedad a la que dicen defender, pero a quienes en realidad engañan con discursos y medidas que a la postre les hunden más y más en la miseria.

Dentro de pocos meses nos tocará ponerle nota a esta nueva clase de políticos y políticas. En nuestra mano está el futuro de nuestros municipios, comunidades y país. Ojalá no nos equivoquemos en el juicio y entre todos consigamos que regrese la política constructiva, civilizada, con sentido común, de consenso, amable, educada, cordial.

Desde mi humilde morada, Fernando Sepulcre.

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