Huir a un debate es fraude al ciudadano

El público votante no suele perdonar a la larga, y aún en el caso que perdiera sería honrosa derrota, pero nunca la victoria del escapista

Aquel 26 de septiembre de 1960 cambió para el mundo la forma de ver (nunca mejor dicho) una contienda electoral democrática. Por primera vez dos rivales: Richard Nixon, vicepresidente, y John Fitzgerald Kennedy, senador de los Estados Unidos se enfrentaban cara a cara y por derecho ante las cámaras de la CBS en Chicago. Ganó el joven Kennedy con su abierta sonrisa, resuelto en una oratoria fácilmente comprensible, relajado, bien vestido y maquillado, pero sobre todo manejando una actuación, previamente estudiada y propia del neoyorkino “Actors Studio”, donde tenía buenos amigos/as. Curiosa, o más bien paradójicamente, el correoso, blanquecino, adusto, sudoroso y en algún momento balbuceante Nixon salió victorioso en las encuestas realizadas a quienes escucharon por la radio, que también transmitía a la vez para todo el país la porfía entre demócratas y republicanos aspirando ocupar la Casa Blanca.

Desde entonces “el directo” televisado, que mismamente tuvo su decisiva importancia en la guerra de Vietnam, ha sido trascendental a la hora de confrontar candidatos e ideas. Al menos hasta que le salió una competidora, o reguladora nueva ciencia como es la analítica demoscópica, hoy tan estudiada en cualquier facultad universitaria de Políticas o Periodismo, manejando sondeos, tendencias y proposiciones o morosos silencios de los candidatos.

Raro es el pueblo o ciudad de más de 10.000 habitantes que no tenga su propia televisión local, al fin y a la postre de lo que pasa en el mundo ya nos enteramos por las cadenas nacionales, hoy tan enconadas ideológicamente entre sí como ajenas a un periodismo creíble por independiente, pero el ciudadano también quiere conocer, tal vez con un interés casi epidérmico y existencial por proximidad, cuánto ocurre en su inmediatez y entornos directos. En el Alicante capitalino tenemos tres televisiones, además de la autonómica, servil al gobierno de turno, y que bajo tales componendas sociopolíticas apenas cuenta en baremos de audiencias porque aburre a los zombis en la morgue.

Desde aquella ya legendaria Tele-Elx pasando por el Canal 37, y llegando a 12TV he podido dirigir o participar como periodista en debates televisados donde se dirimían Ayuntamientos o Diputaciones. Nunca falló un candidato/a de cualquier sigla y condición, sabían cuánto se jugaban, llevando guión y apuntes previos de su puño y letra sobre lo hecho, lo mal hecho o, lo por hacer. Hoy, cualquier alcalde o alcaldable, desde el villorrio a la gran ciudad, tiene su asesor, incluso legión consejera y a sueldo público. Todavía recuerdo, allá por los 80 del pasado siglo a un solo funcionario de la Diputación Provincial ocupándose de prensa, protocolo, relaciones públicas, intérprete, etc., funciones que hoy procuran más de una veintena. Y, claro está, unos se encargan de escribir borradores para cualquier tipo de discurso inmediato, o intervención parlamentaria, y otros analizan las encuestas, tanto encargadas como contrarias, inclusive aquellas que, preguntando sobre cualquier tema social o aparentemente ajeno o inconexo con las elecciones, traslucen lo que quiere saber el político sobre su inmediata situación cara a las próximas urnas. Prometer hasta meter (la papeleta en este caso).

Y es ahí donde el asesor áureo interviene tras analizar los datos demoscópicos. Aconseja prudencia y mesura retranqueadas a conveniencia, o, sensu contrario: agresión verbal directa, jaque al oponente con cifras demostrativas, frases ocurrentes de manual dialéctico, e incluso, como es el tema que nos ocupa, el del jefe de gabinete de la alcaldía alicantina, José Emilio Munera, propone y consigue de Luis Barcala, la no asistencia al debate de 12TV, cuando sí lo había aconsejado y conseguido en otra confrontación de Radio Alicante-Cadena SER, de cuya plantilla ha formado parte como periodista. Tengo un gran aprecio por José Emilio y su tierra manriqueña, pero hay que ver lo que cambia la condición y situación, humanas mismamente, dependiendo de en qué lado estés de la trinchera informativa-versus-política.

El público votante no suele perdonar a la larga, y aún en el caso que perdiera sería honrosa derrota, pero nunca la victoria del escapista

Esta tocata y fuga es evidencia palmaria de cómo Barcala se levanta cada mañana entonando el “Virgencita que me quede como estoy”. Los sondeos soplan a su favor muy a sabiendas de una mayoría absoluta o relativa que los ultramontanos de Vox no tendrán otro remedio que apoyar si quieren concejalías con peso y presupuesto específicos (y por supuesto también asesores con nómina) en los despachos del poder municipal.

Más de 77.000 alicantinos, fidedignamente digitalizados, vieron y escucharon la otra noche las propuestas y argumentaciones de Ana Barceló– PSPV-PSOE, Adrián Santos Pérez -Ciudadanos, Rafa Mas – Compromís, Manolo Copé – Unides per Alacant y Carmen Robledillo – Vox, pero no las de Luis Barcala– PP, cuyo atril quedó vacío e inútil como el torero detrás del telón de acero que cantó Sabina, sin darle largas cambiadas a sus adversarios, dominando naturales notorios de lo conseguido en esta legislatura, banderilleando utopías del adversario político, apuntillando los porqués debe ser él, y no otro/a quien siga metiéndole el cacho al Alicante futuro.

Eso de trasconejarse de un debate, cómo y por cierto también hicieron el president Ximo Puig y el nacionalista Baldoví con un periódico que no es de su cuerda ideológica, como el valenciano Las Provincias, es traicionar la democracia directa con un espectador que no puede contrastar sin acudir a los plenos municipales, rueda de prensa o a los mítines y caravanas publicitarias callejeros. Es despreciar a un medio de comunicación al que sí acudía anteriormente cuando quería llegar a dónde estás ahora.

Y no creo que sea pánico escénico en personajes públicos con ya dilatada trayectoria, ni careto pespunteado por las dudas, ni guion con apuntador eficaz, simplemente aprensión al intercambio de golpes porque tu manager te ha asegurado que, siendo titular del cinturón triunfante, ganarás el combate sin subir al ring, algo que, y por muchas victorias pasadas, el público votante no suele perdonar a la larga. Es más, y aún en el caso que perdieras sería honrosa derrota, pero nunca la victoria del escapista.

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