«Turistificación«, «gentrificación«, «aumento poblacional insoportable estructuralmente», «gentrificación» y un largo etc., son términos que sobresaltan últimamente los medios de comunicación como señales de alarma avisando de que y como diría el castizo: «no hay cama para tanta gente»; o sea, en este verano ardoroso en el termómetro, y ardiente en el boscaje las oleadas turísticas, siempre aumentando el porcentaje del año anterior, no cesan sino que crean problemas de abastecimiento y mantenimiento: mercado, saturación vial, centros de salud y hospitalarios, y todos los servicios que ustedes quieran previstos para un número más o menos determinado de habitantes, pero que no pueden resistir ya el peso de nuevas cargas vacacionales muy capaces de saturar la acostumbrada cotidianidad.
Mallorca, con sus miles y miles de manifestantes cabreados hasta chocar violentamente con la Policía Nacional acaba de dar una amonestación insoslayable: no quieren más veraneantes en las islas, ni, aunque sean guiris que se dejan más dinero que los españoles, y su compra de segundas viviendas (en las que apenas pasan unos meses, excepcionalmente realquilar en sus países de origen) pero ya en cualquier caso pagan sus buenos impuestos sin consumir demasiados servicios.
La primera pregunta que nos surge y urge a los alicantinos es si esa fiebre «antiturística» podrá extenderse a nuestra provincia, ya ha habido pequeños conatos en Benidorm y Torrevieja, entre otros municipios costeros, pero nunca ha llegado el enojo a desbordarse en torrente callejero. Y aún menos en Alicante capital con sus sucursales de La Albufera y San Juan.
La diferencia estriba, en mi opinión, reflejada por sociólogos con mejor y mayor conocimiento del caso, en que Benidorm es una especie de Babilonia, tanto de día como de noche, forjada en la liberalidad que cambió a un pueblo de pescadores por una ciudad de rascacielos abocados al mar, y la primera pongamos por caso ejemplificante que asumió la libertad del topless.
Mientras el municipio de Alicante desvió el incremento poblacional, primero hacia las playas del Norte y después hacia el Sur saneando cenagales y arenas, sin embargo (incomprensible e injustamente) no hemos mejorado las comunicaciones con estas últimas.
Habrán observado cierto incremento en los precios de la plaza, incluso de las grandes superficies comerciales, lo que nos lleva a convenir en coincidir con bastantes extranjeros sobre todo por las calles más céntricas y comerciales. Pero cuando atardece escapan hacia el extrarradio costero dejándonos en la normalidad habitual. Algo a lo que ya estamos acostumbrados desde hace muchos años, yo diría que desde la llegada de los pieds-noirs exiliados allá por los 60 del pasado siglo, quienes primordialmente invirtieron en la industria hotelera y de restauración imponiendo una cocina más internacionalizada y, por ende, requerida por quienes llegaban a allende de los Pirineos.
Además, el carácter pertinentemente abierto alicantino, esa es la fama que tenemos fuera, capaz de quemar los malos recuerdos en la noche de San Juan, promueve la atención y amabilidad, incluso gestual si no se sabe idiomas, con cualquiera que nos solicite orientación, llegando incluso al consejo personalizado, aunque no se les requiera mayor información. Del tan extendido y desafortunado vulgarismo «alicantino, borracho y fino«, prefiero quedarme con la segunda acepción porque en las estadísticas sobre alcoholemia estamos en idéntico nivel que toda la costa mediterránea incluidas las Islas Baleares donde se ha producido la explosión humana contra los foráneos vengan de donde vengan, mezcla de chovinismo malentendido (si no fuera por ellos la economía de «Les Illes» caería en picado); y de reproche contra el aumento del coste de la vida (no olvidemos que su autosuficiencia agropecuaria es bastante limitada, ni que el transporte por vía marítima o aérea encarece cualquier producto).
Los fenicios nos enseñaron a intercambiar productos en la playa, quizás nos engañaran en muchas ocasiones cambiando espejos por plata (vanidad por metal), todo es cuestión de valoraciones, pero y también, ellos que habían recorrido todo el Mediterráneo, nos instruyeron en la necesaria cordialidad con el visitante como un beneficio añadido a cualquier negociación. Nosotros ofrecemos «moreneces», buena gastronomía y plácido sueño sin necesidad de manta; ellos nos devuelven euros que equilibran en positivo lo que no alcanza nuestra diversa industria y agricultura hortofrutícola o de secano.
Definitivamente no veo al alicantino manifestándose contra la mano que le da de comer, ni degollando a la gallina de los huevos de oro. Todo lo contrario, nuestro Ayuntamiento debería acudir a más ferias internacionales para atraer a mayor número de visitantes, seguro que serán bien recibidos acudan de las austeras Castillas o de Pernambuco por cambiar de playa.