opinión Pedro Nuño
Alicante sigue siendo desordenada y sucia. Seguimos tirando colillas, envoltorios, papeles y mucho plástico desobedeciendo nuestra obligación de utilizar las papeleras y contenedores

Los hosteleros alicantinos miraban la semana pasada al cielo encapotado y lluvioso como otra maldición de lo imprevisible, y sobre todo irresoluble porque son los imperativos de la madre naturaleza que, al parecer expectante, poco caso les hace a nuestros meteorólogos mediáticos augurando qué pasará en Semana Santa mostrándose muy movidos y gesticulantes unos rarísimos mapas de isobaras que sólo ellos entienden. Todavía permanece en la memoria y desde aquellos lejanos tiempos del tren botijo y de los primeros autobuses de línea, amén de una atestada carretera nacional curvilínea y estrecha por donde Alicante se llenaba de mesetarios, mayoritariamente madrileños, aprovechando este paréntesis vacacional entre el gélido invierno y el tórrido verano; gentes el merecido ocio que más que a presenciar desfiles de nazarenos y santería, venían a coger algo de tono rojizo repintando sus blanquecinas epidermis, mientras el guiri, con su habitual desconocimiento de lo español y su mucho morbo por las leyendas negras (ajenas), nos preguntaba por qué esas hileras humanas afaroladas de cirios, intercaladas de imaginería sacra y música cadenciosa, iban vestidas como del Ku Klux Klan.

Alicante sigue siendo desordenada y sucia. Seguimos tirando colillas, envoltorios, papeles y mucho plástico desobedeciendo nuestra obligación de utilizar las papeleras y contenedores

Nos cuenta el director del Laboratorio de Meteorología, probablemente la persona más solicitada estos días por los medios de comunicación, que tendremos tiempo apacible, alcanzando a mediodía esa temperatura de entre 20 y 23° que para muchos es la ideal, mientras que por las noches refrescará muy soportablemente; eso sí, y en ese punto indeterminado que tienen todas las ciencias, nos recomiendan no olvidar el paraguas. O sea, sí, pero no, y viceversa, como antaño hacían los viejos labradores nada más despiertos, mirar al cielo cambiante, mojarse el dedo levantado para detectar vientos y observarse propiamente síntomas de dolencias pasadas y presentes que también les funcionaban como un termómetro de lo por venir climáticamente.

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Hoy, con tanta información climática acumulada, aunque dispareja, los núcleos urbanos mesetarios escapan a la costa, Alicante ya tiene un 70% de reservas hosteleras (y subiendo), sólo superada por Benidorm en la Comunidad Valenciana, además de ser pioneras y principales acumulativas receptoras de nuestras ciudades y pueblos playeros como segunda vivienda. Lo cual nos sitúa netamente en ciudad turística y de servicios gracias a la expansión Este-Oeste de los Planes de Ordenación Urbana (PGOU) que desde el alcalde Lassaletta han intentado reestructurar y amazacotar las zonas consolidadas con las de futura creación urbanizable; eso sí, un tanto autárquica en alturas y extensiones, en zonas verdes tan necesarias para una capital calificada geográficamente como “semidesértica”, y potenciando la intercomunicación, incluido el nuevo “metro urbano (TRAM)” todavía incompleto por unidireccional inaccesible para más de la mitad de la población estable.

Pese a los indiscutibles avances desde que la democracia volvió a este país, Alicante sigue siendo desordenada y sucia, sin mucha culpa puede achacarse a los servicios de limpieza municipales, otra tanta tenemos los ciudadanos todavía algo carentes de educación cívica, pues no cabe duda de que seguimos tirando colillas, envoltorios, papeles y mucho plástico desobedeciendo nuestra obligación de utilizar las papeleras y contenedores a la hora de evacuar lo inservible ya utilizado. Toda una paradoja aleccionadora para los mayores que la gente menuda, se supone que gracias a la educación escolar, sean mucho más limpios y aseados que sus ascendientes.

En cualquier caso el alicantino tiene que entender y responsabilizarse con su ciudad como escaparate para el turista que, cuando vuelva a su lugar de origen, recomendará, o no, está nuestra “Casa de la Primavera” cual nos adjetivó Wenceslao Fernández Flores. Y en ello y para ello el Ayuntamiento deberá primar las campañas publicitarias sobre la imprescindible urbanidad, tanto individual como colectiva, en nuestros medios de comunicación locales, en cartelería, sea papel o electrónica de pantallazo, en la convicción de que el mensaje nos llegará a todos/as, y con él, irá penetrando la concienciación global.

El “menfotismo”, otra característica, tan tópica como la de “alicantino, borracho y fino”, debe quedar en el equívoco e inmerecido anecdotario del pasado. Ahora que todo es “prêt-à-porter”, “plusmarquistis”, subliminal y mimesis hortera, poco podríamos presumir de elegancia innata por el simple hecho de haber nacido-vivido aquí. Si de “finos”: lo normal en comparación con otros españoles, puede caernos “gordo”; lo de “borrachos”, aunque esta comunidad autonómica alcance los mayores niveles de alcoholismo (89%), la mayoría de las otras no nos van muy a la zaga, además, una cosa es beber con moderación en su tiempo y forma, y otra pillar melopeas donde nos aventaja bastantemente, pongamos por caso, Castilla y León.

La Semana Santa ya ha llegado con la primavera, no tendremos los mejores pasos procesionales, ni las abundosas y muy prestigiadas cofradías andaluzas o castellanas, pero sí un clima envidiable, aunque siempre por estas fechas nos suele caer alguna gota, y mira que caen pocas durante todo el año, pero y asimismo el sol reaparece prontamente. Aprovechemos lo nuestro y genuino: temperatura al descubierto, gastronomía, museística, playas de delicada arena y fáciles interconexiones para visitar la provincia (y sus bien diferenciadas comarcas) desde la capital sustentada en gran manera por la industria turística. Y en eso cada cual tiene que poner su pequeña colaboración, solidaria por cívica, o pronto nos adelantarán otros mejorando nuestra oferta y beneficio.

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