No aflojan los calores en Alicante. Los pobres, lejos de palmar por los fríos del invierno, congelados como las merluzas de Pescanova, entregaremos el último suspiro por un golpe de calor en estos veranos tropicales. Dicen que, a pesar del incrédulo Trump – un fascista de carnet que niega el cambio climático aparte de otras aberraciones- tendremos dentro de nada veranos de cuarenta y cinco grados. Maravilloso, puro desierto del Sahara.
Me conocen ya todos los vigilantes jurados de los centros comerciales y los inspectores de los autobuses. Con estos últimos no tengo problema porque llevo a mano mi carnet de viejo, cortesía del ayuntamiento de derechas –los que se llaman oposición también lo son-, que llama derrotistas y ciudadanos pelmazos a quienes afirman que Alicante es una ciudad sucia. Prohombres alicantinos, concejales que os partís el pecho por el ciudadano que os votó, ponedme en la cabeza un gorro con una cámara y yo, en mi vagabundeo diario, os aportaré las pruebas irrefutables. Contenedores llenos a las once de la mañana, muebles viejos que se tuestan al sol, colchones en los que ni yo podría acostarme y la última: me he bajado del autobús seis en la calle Garbinet y, a las ocho y media, ya había un señor cargando una furgonetilla apócrifa y pirata con sacos de escombros. ¿A qué vertedero habrán ido a parar? ¿Dónde estaba el agente G4XX, ese que multa a su libre albedrío?¿Hay alguien que se ocupe de obras en interiores sin autorización y sin prever qué se hace con los despojos que genera toda reforma? Los muebles viejos, los lavabos, los váteres desconchados no pueden dormir el sueño de los justos al lado del contenedor. Señor alcalde: déjeme pagadas dos comidas con menú del día en el bar que usted decida y le aportaré un reportaje fotográfico con lujo de detalles.
Manuel Vilas me recuerda a Albert Camus en «El Extranjero» con su distanciamiento de la existencia y su visión del absurdo de tantas cosas que nos rodean
Mi mujer creo que se ha quedado definitivamente en Estocolmo con su amiga huyendo, seguramente, de estas noches tropicales. Su recuerdo me obliga a cantar con el sabio Sabina mientras arrastro mi triste figura por las calles de Alicante: “Volviéndome loco, derrochando la bolsa y la vida, la fui, poco a poco, dando por perdida”. Bolsa hay poca que derrochar o ninguna. Ayer, fíjense a qué niveles he llegado, me sorprendí hurgando en un contenedor por si encontraba allí algo interesante. Me vino a la mano un asesinato flagrante. ¿Cómo se puede tirar a la basura esa obra de arte? ¿Qué analfabeto absoluto mezcló con cáscaras de melón, restos de paella valenciana, condones usados y un bote vacío de durex, esa crema para hacer fluidas las relaciones interpersonales profundas, el libro “Ordesa” de Manuel Vilas? Puede vivir en un barrio rico, conducir un coche de doce cilindros, tener un ático deslumbrante y gastar los botes de durex por docenas con rubias de bote y botox, pero es un analfabeto.
Con el libro –repasado previamente para despojarlo de añadidos no deseados- emprendo el camino del sitio en el que duermo casi gratis y al fresco. Ya lo saben, el Mad Pilot, ese bar que abre toda la noche y en el que pernocto en mi colchón hinchable por los tres euros que cuesta el cubo de seis quintos.
Ordesa no es una novela. Es un tratado de filosofía y me ha contagiado el ser filósofo. Manuel Vilas me recuerda a Albert Camus en «El Extranjero» con su distanciamiento de la existencia y su visión del absurdo de tantas cosas que nos rodean, pasajeras y fútiles, por más que queramos considerarlas imprescindibles. ¿De qué trata Ordesa? Cada capítulo es una reflexión – autobiográfica, estoy seguro- escrita como a bote pronto y en la que habla de las mismas cosas que pensamos y hablamos todos: de la infancia, de los padres, del colegio, de los curas sobones, de la vida, del amor, del dinero, del trabajo… de la muerte. Porque a todos nos preocupan las mismas cosas y de eso se nos llena el pensamiento y la boca. Las tumbas –dice Vilas en una de sus reflexiones sobre la muerte- se inventaron para que la memoria de los vivos se refugiara en ellas y porque los restos óseos son importantes, aunque nunca los veamos: pensar que están es suficiente. He ahí la clave de toda filosofía, de toda teología y de toda religión: ¿Por qué nos morimos y qué pasa después? No pasa nada.
El reconocimiento de la vulgaridad es el primer gesto de emancipación hacia lo extraordinario. Todas mis crisis matrimoniales –escribe Vilas- combinaron el alcohol y los ansiolíticos. Cuando los efectos del alcohol te abandonan, entras en pánico. Entonces te tomas una buena ración de ansiolíticos. Vivir –esto lo digo yo, no Vilas- es buscar compulsivamente el modo de matar la angustia, ahí está la raíz de todas las adicciones. Los reyes de España –torpedo de Vilas en la línea de flotación monárquica- lo son sin que nadie se lo haya pedido, aunque ambos saben que no es necesaria esa petición. La historia es una sucesión de maniobras aterradoras y más vale no penetrar en ese abismo. Hablando de Felipe y Letizia, Vilas entra a saco contra el matrimonio. Es la más terrible de las instituciones humanas pues requiere sacrificio, requiere renuncia, requiere negación del instinto, requiere mentira sobre mentira y, a cambio da la paz social y la prosperidad económica. No hay nadie –esto lo digo yo, no Vilas- más arruinado que un divorciado, tanto más cuantas más veces se divorcia hasta que no encuentra quien se case con él y acaba compartiendo piso patera y hurgando en los contenedores.
He visto a más de un funcionario, que no manda ni una mierda en su casa, y disfruta sometiendo despóticamente al que tiene a su cargo
¿Y los profesores… y los institutos? Están más alienados los profesores que los alumnos…algunos disfrutan suspendiendo en un sádico ejercicio del poder. Lo mismo que he visto a más de un funcionario, que no manda ni una mierda en su casa, y disfruta sometiendo despóticamente al que tiene a su cargo. ¿Qué importa a los chavales quien fue Juan Ramón Jiménez, o cómo se resuelven las integrales o para qué sirven las oraciones subordinadas de relativo?
Ordesa se me cae de las manos vencido por el sueño – en mi colchón hinchable al fresquito del aire acondicionado- o tal vez por el efecto del cubo de quintos. Adormilado veo en la tele que una tal Ayuso, elevada al poder por la ultraderecha, ve “sucio y deleznable” que pongan en juicio su patrimonio. Dice la tele, mientras empiezo a roncar apurando el último quinto de cerveza, que los de Más Madrid la denunciarán por posible alzamiento de bienes – es decir por despistar lo que tienes cuando van a exigirte responsabilidades económicas-, porque recibió dos inmuebles de su padre cuando este era moroso. Estoy tranquilo por ese lado. Solo puedo alzar el colchón hinchable al levantarme y despistar la obra de arte que he recogido hoy de la basura donde un analfabestia la había arrojado.
¡Señor, llévame pronto! No antes de ver en qué queda lo de la señora Ayuso.