Si echamos un vistazo al mapa Extremadura («tierra de frontera») nos queda al Poniente del Levante Feliz, limitando con Portugal como nosotros damos al Mediterráneo. Diferentes tanto en tipos de industria como en el sector agropecuario, somos bastante similares en cuanto a trayectorias políticas desde la Transición a nuestros días, con más extensos mandatos de la izquierda, esencialmente socialdemócrata y republicana, que de la derecha pepera, o de vicisitudes exfalangistas, que también las hubo al sur de la provincia a partir de la disolución en 1977 de las siglas originales, poco afectas a una nueva Constitución democrática.
Los resultados electorales de Extremadura en estas últimas elecciones autonómicas han sido desastrosos para los socialistas, infructuoso para los populares con sólo un diputado más que en las anteriores, esperanzador para Podemos (malparado en las recientes encuestas) y absolutamente glorioso para Vox, que sale de su calificativo como partido residual y anecdótico para encaramarse en porcentajes que hacen más fuerte a Abascal cuando se siente negociar con Feijóo.
Mazón ha caído por un desliz personal que se quedará en esa intrahistoria que acaba condicionando la Historia guardada en los anales politólogos. Pero hay que reconocerle desde un punto meramente analítico que fue el primer dirigente autonómico del PP en pactar con Vox para formar Gobierno y un programa de mínimos que revirtiera lo acordado por la anterior corporación de izquierdas: PSPV, Podemos y Compromís.
Pacto que también se trasladó al Ayuntamiento de Alicante (entre otros muchos de la Comunidad), donde Luis Barcala negoció con Ana Vega, hoy en las Cortes Valencianas, Carmen Robledillo y Mario Ortolá, repartiendo concejalías específicas y tratando de acercar posturas razonables para ambos expuestas en las anteriores elecciones municipales.
Mal le vino a Mazón y a Barcala peor cuando Abascal desde Madrid decidió deponer los compromisos porcentuales adquiridos con PP para todo el ámbito nacional, retirando a sus electos de los equipos gobernantes coaligados entre centro y la derecha ultraísta, si bien amagando Vox con un «uppercut», pero sin dar en la terminal maxilar, léase: moción de censura. Algo impensable en Vox, patria y orden, porque sería tan traumático como entregarle el mando al enemigo de la siniestra, que no adversario, político.
Imposición que no vino bien a mucho diputado y concejal de Vox, aunque asumido por precepto de obediencia al líder nacional, quien se gasta pocas bromas, véase pasado y presente ejemplarizados en: Ortega Smith, Espinosa, Manso, Montero, Olona…, entre otras víctimas de la discrepancia interna, personajes relevantes del tradicionalismo ultraliberal que perdieron el puesto contractual amén de los diezmos y primicias que otorga y recompensa el cargo.
¿Puede trasladarse el resultado extremeño a Alicante y provincia incluso a todo el territorio de la Comunitat Valenciana? Quizá sea pronto y habrá que esperar si esa línea descendente de la socialdemocracia y ascendente de las derechas se confirma también en las cercanas elecciones de Aragón, nuevo batacazo que obligaría (sí o sí) a Pedro Sánchez a emplazar elecciones generales, porque quien puede convocarlas aquí es Pérez Llorca como presidente de la Generalitat Valenciana, y parece muy determinado, con el indispensable apoyo de Feijóo, a aguantar mandato hasta que el PPCV recupere el aliento tras el suceso de El Ventorro que, y a decir verdad, incluso para los peor pensados y morbosos, no pasó de un desgraciado accidente por pecado de orgullo o de irresponsabilidad.
¿Hubiera solucionado algo Mazón con su presencia frente a imparables y bestiales torrenteras, separando las aguas como Moisés? ¿Tenía el don de la ubicuidad pudiendo estar a la vez en el barranco del Poyo, en los aledaños de Valencia capital y en la muy amenazante presa de Forata por no hablar de las crecidas del Júcar del Turia con otros afluentes menores en los municipios por los que atraviesan hasta dar a la mar? ¿Si culpamos (con razón) al presidente entonces de la Generalitat, por qué eximimos al del Gobierno español?, y no sólo a Mazón, sino a sus antecesores en el cargo, tanto del PSPV como del PPCV, quienes ya estaban presto avisados por los técnicos de lo que nos podría sobrevenir.
Y volviendo del norte al sur y de lo de todos a lo nuestro: ¿se han comprobado las obras de barrancos como el de las Ovejas, la bajada en rambla abierta desde el pantano de Tibi, los diques contra las crecidas del río Segura, sembrando la desolación en la Vega Baja y más trágicamente en Orihuela?
Mucho me temo que después de los histriónicos golpes de pecho y las promesas tampoco resolutivas como altisonantes, de aquí a un año seguiremos igual, sin ayudas extras por parte de La Moncloa, ni demasiado esfuerzo presupuestario en la Generalitat Valenciana. Al menos el dictador Franco hizo algo por el cauce del Turia tras la trágica riada de 1957, pero estos demócratas de juramento constitucional: «prometer hasta meter (la papeleta en la urna)», pero sin cumplir entera y convincentemente con el viejo refrán de «obras son amores y no buenas razones, (que de estas últimas le sobran). Sólo así podemos entender la espectacular subida de Vox, cuyo viento del Oeste empieza a socavar el bipartidismo. «No es más triste la verdad, lo que no tiene es remedio» que cantaba Serrat.
1 comentario en «Mirando al otro extremo»