Desde tiempos fenicios y cartagineses Alicante siempre fue tierra de acogida. Mira al mar por donde arribaron hace siglos todas las gentes y cosas buenas (o no tan buenas) de otras civilizaciones, además de algún malhadado intento de desembarco invasor, pero y en general somos felizmente mediterráneos de Homero y de Serrat. Y por tanto personas abiertas a cualquier visitante, y en ello incluyo las religiones, que pase o se quede a vivir con nosotros.
Buena prueba de ello es que somos el preferente y preferido puerto intermedio entre el argelino Orán y la francesa Marsella. Resulta aleccionador y gratificante ver cuando paseamos por cualquiera de nuestras calles comerciales a mujeres, algunas tapadas hasta las cejas y nariz con el nicab o con el chador, cruzándose con nuestras muchachas minifalderas y sin mayor ni mejor sujetador que su propia juventud (divino tesoro). Raramente podremos escuchar y presenciar algún improperio, pues hasta el castizo piropo está en franco desuso y decadencia (censurado hoy poco menos que de insulto machista). Así que callamos cualquier manifestación oral requiebro de féminas paseantes, a unas porque se parecen a un sarcófagos andantes con interiores inimaginables bajo el enfundado externo; a otras porque pueden denunciarte por acoso sexual cuando ayer era un requiebro admirativo, aunque eso también hay que reconocerlo, ocasionalmente de muy mal gusto y tópico chungo.
Si bien o mal dicho lo anterior, lo cierto es que la cosa cambia cuando nos salimos del perímetro central de la ciudad para situarnos en barrios de menores posibilidades económicas y urbanísticas donde se ha instalado auténticas colonias de origen norteafricano. Allí las peleas y pequeños delitos mayormente provocados por magrebíes y, en menor medida subsaharianos resultan bastante más frecuentes, aunque poco noticiables por recurrentes. No obstante, y como problema inherente de actualidad, me informan que 12TV emite este jueves un programa especial de Alicante Actualidad con policías, políticos, abogados y opinadores analizando este tema que desde los pasados sucesos en el cercano pueblo de Torre Pacheco (Murcia) se ha vuelto viral y sobre todo alarmante, y no sé si alarmado artificialmente, en todo el territorio lindante con el Mediterráneo Occidental.
Tengo mucho amigo y bastantes conocidos/as en barrios crecidos con la emigración de la segunda mitad del siglo XX donde también se ha ubicado preferentemente la población árabe (si estudian la palabra «moro» no es en absoluto despectiva) por motivos de forzada economía y cercanía con el paisanaje. De hecho gozan de sus adecuadas mezquitas y de sus propias autoridades que internamente imparten una coránica justicia imperiosamente acatada. Lo cual resulta tan normal como en cualquier ciudad europea o americana con sus peculiares y respetables guetos, religiosos o de otras nacionalidades y etnias, aunque sobre todo y todos manden y obliguen los comunes textos constitucionales de cada país propiamente.
En las charlas del trabajo, en la calle o en el restaurante y café se impuso como tema preferencial si en Alicante podía pasar algo semejante a lo de Torre Pacheco. Tal cual es nuestro carácter había opiniones para todo gusto y tendencia político/social. Desde el ultranacionalista que pedía una nueva edición de aquella terrible e injusta expulsión de los moriscos en el siglo XVII, pasando por el biempensante partidario de armoniosa convivencia como en la España Alfonsina de las 3 culturas: cristiana árabe y judía, para llegar a una tercera opinión que con mejor criterio (en mi opinión) apuntaba a la imposibilidad de que en Alicante pueda pasar lo que en el pueblo murciano porque en un mismo bloque de cualquiera de nuestros extrarradios conviven alicantinos de muchas generaciones, árabes y por supuesto orgullo gitano, a los que últimamente se están añadiendo rumanos y otros centroeuropeos; buena prueba de ello son las diferentes y peculiares tiendas que atienden demandas según la antropología cultural y social.
Broncas y peleas las hay, y las seguirá habiendo sobre todo entre una mocedad expansiva por naturaleza pero todavía en aras de formarse cívicamente, donde las pandillas se juntan agresivas para resolver (¿vengar?) el problema que haya podido tener alguno de ellos o un próximo, y siempre bajo el liderazgo del más inteligente o del más agresivo, obviamente les une lo que han amado y aprendido en cada casa. Serán por tanto las escuelas y la integración con la sociedad históricamente alicantina por española, las que deban establecer futuros comportamientos. Por otra parte Alicante no es sólo una estupenda ciudad de acogida, como escribíamos al principio, sino y también de trasbordo (ahí están los consulados para demostrarlo) como puente con Europa, donde buscan los magrebíes un mejor y mayor nivel de vida.
Es un secreto a voces el que se haya reforzado la presencia de las policías locales y nacionales, además de la Guardia Civil en los puntos presumiblemente más conflictivos y con mayor densidad de población originariamente árabe, pero quiero insistir en que debemos (todos) cargarnos de responsabilidad, empezando por los propios medios de comunicación, alguno proclive a inflar el perro, y diluir la tensión porque no siempre el personal que nos lee, ve y escucha tiene el mismo nivel cultural y de convivencia bien avenida. Torre Pacheco ha abierto telediarios con violencia tanto de ultras como de ciudadanos apolíticos, pero muy cabreados, con heridos, destrozos de mobiliario urbano y peligro de tomarse la justicia por cuenta propia después de que una pandilla de moros apaleara a un viejo cristiano, como si todavía estuviésemos en el medievo. Alicante no debe caer en semejantes intentos fratricidas, ni poner fronteras étnicas.
¿Sabremos dejar la contienda de «Moros y Cristianos» para la Fiesta con sus desfiles y locales de los distintos bandos festeros?