opinión Pedro Nuño turismo
Esto debe seguir creciendo lo más racionalmente posible, porque de lo contrario España se empobrecería hasta límites de posguerra

Tomar el sol y bañarte en el Postiguet o en la playita de San Gabriel disputando centímetros de arena para que quepa tu toalla; niños saltándote tras su pelota el cuerpo adormecido; personas gritonas contándose vidas y asuntos que a ti personalmente no te interesan; radios a tope de música machacona y machacante; penetrante olor a crema protectora y al bocata picnic; socialización obligada y chapoteo ajeno.

O, por el contrario, mudar el color de la piel, y además tal como te trajeron al mundo, tumbado sobre una piedra o arena pedregosa, en una calita, pongamos por caso del Cabo de las Huertas, disfrutando de una buena lectura y aplacando la sed con algún refresco o cerveza bien fría que transporta el vendedor ambulante.

Esto debe seguir creciendo lo más racionalmente posible, porque de lo contrario España se empobrecería hasta límites de posguerra

Existen opciones intermedias a estas antípodas anteriores, como la Playa de San Juan y su prolongación hasta El Campello, aunque la mayoría deciden bajar con su equipaje de sombrillas y neveras portátiles desde el barrio a la arena; y claro está, la otra opción nudista y solitaria siquiera lo contemplan por parecerles incómoda, asocial y hasta desvergonzada.

Viene todo lo anterior por este permanente runrún sobre la masificación turística, turismo de masas y/o ocupación masiva de visitantes más otra ristra de sinónimos sobre la misma idea a falta de noticias (políticos y periodistas también tienen derecho al esparcimiento), salvo el diario parte de guerra en Ucrania, o la gota china de agresiones, violaciones, y ese horrible etc. por parte de perturbados que podrían clasificarse en diferentes graduaciones perversas; la última entra ya en la filosofía y psicología del Derecho, con un -al parecer- disminuido psíquico apuñalando al primero que se le puso por en medio o tuvo más cerca.

Son las tormentas de verano informativas con más aparato eléctrico y sonoro que agua. Hay que llenar espacios.

¿Acaso no empezó el supuesto problema cuando a finales del franquismo vendimos en la Europa deseada el eslogan «Spain is different!» pergeñado por el equipo de Fraga, a quien se le creó un específico Ministerio de Turismo? ¿Acaso alguien se ha quejado en las sucesivas oleadas que año tras año aumentaban en millones el número de visitantes que acudían al reclamo: «sol y playas»? ¿Acaso no es tema recurrente en todas las escuelas de turismo y hostelería, empezando por la carrera universitaria? ¿Acaso algún presidente de Comunidad Autonómica, o alcalde de ciudad o pueblo, se atrevería a establecer un numerus clausus sobre quienes pueden pasar o no a una región o nacionalidad, o a un municipio costero? ¿Acaso han servido de algo las tasas turísticas amenazantes o ya impuestas para que alguien desista de solazarse en el país de la sangría y el aperitivo con el certificado de días de sol por año? Y, por último: ¿Acaso si subimos los precios para los extranjeros no subirían para los lugareños?; ¿o le van a pedir el pasaporte a cada cual que compre una botella de butano, un kilo de patatas, carne, navaja cabritera o camiseta de fútbol?

Nadie se alarmó cuando Nueva York tuvo que expandirse hacia la otra orilla del río Hudson; ni cuando Londres empezó a escupir barrios alejados de la City; ciudades satélites predominantemente árabes a las afueras de París; o las mismísimas Madrid y Barcelona cuando la mecanización de la agricultura a mediados del pasado siglo obligó a migraciones millonarias, y qué decir de toda la costa mediterránea reconvirtiendo pueblecitos de pescadores, o de pequeña industria artesanal, en urbes megalómanas como Cullera, Benidorm o Torrevieja.

¿La solución? Simplemente que asumamos que esto debe seguir creciendo lo más racionalmente posible, porque de lo contrario España se empobrecería hasta límites de posguerra, esos grandes destinos turísticos acabarían en desahuciados pueblos en medio del desierto, y 2, 75 millones de trabajadores irían al paro, por no contar otros tantos de manufacturas afines o de servicio que atienden a la industria turística.

¿Más manifestaciones en contra de la masificación? A lo que se ve no parece que hayan conseguido grandes logros, entre otras razones porque una pancarta no deja de ser mensaje cabreado, pero nunca solución, o conjunto de soluciones, viable que necesita de equipos interdisciplinares a la búsqueda de recursos urbanísticos, medioambientales, sociológicos, etc. Ya se anuncia que dentro pocos años España será el país que más turistas reciba ¡110 millones! Por encima de Francia, Italia, Estados Unidos o China.

¿Quién va a ponerle puertas al campo (turístico)?

Por cierto, la gallina de los huevos de oro, también suelta plumón, cacarea insistentemente, pone el patio perdido de guano y alborota con el gallo que quiere montarla. Aunque el viejísimo dilema de si fue primero el huevo o la gallina, no creo que podamos obtener el uno sin la otra con todos sus naturales inconvenientes. Quid pro quo.

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