Otra vez vuelve la crisis convivencial: todos recordamos la última mascarilla guardada después del coronavirus; el nerviosismo social por las administraciones de vacunas (cómo, cuándo y dónde); y hasta conjeturamos si el curso escolar va a seguir con absoluta normalidad (apenas queda más de un mes); y todo por mor del hantavirus: menos contagioso poblacionalmente que el coronavirus, pero más letal toda vez que pasa de un ser humano a otro.
El coronavirus dejó el obituario de 4000 muertos, y un cuadro epidémico de casi 550.000 contagiados, cifras que 2 años después apenas rememorábamos en su intensidad, pero que al recuperarlas, ante el actual alarmismo provocado por el hantavirus, no pueden sino suscitar el desasosiego general, y algunos brotes de histeria colectiva por aquello de «sálvese quien pueda», ignorando los consejos de las autoridades y especialistas en todo tipo de pandemia, empecemos por la OMS (Organización Mundial de la Salud) y acabemos en cualquiera de nuestros dispensarios sanitarios por pequeño que sea.
Del coronavirus sabemos bastante, analizado en congresos multisectoriales, explicado en las clases de epidemiología en las facultades de Medicina, chequeados miles de expediente, tesis doctorales, etc., pero del hantavirus sólo especulaciones, como si fuera novela de terror sobre un crucero maldito y blindado contra el hielo que partió de Ushuaia, el puerto del fin del mundo.
El barco ya ha llegado a Tenerife, después de escalas en la isla de Santa Helena, donde les cerraron a Napoleón para que nunca más pudiera escapar hasta su muerte), y de ahí a la isla de la Ascensión desde donde se evadieron por avión los más hipocondríaco cuando escucharon por boca del capitán del lujurioso y espléndido crucero MH Hondius, la noticia sobre la primera muerte de un pasajero y después de su mujer por «causas naturales», aunque luego rectificara en «orígenes desconocidos», pero de rápido desarrollo letal, o sea: posiblemente brote pandémico.
De inmediato a tan inquietante comunicado, como ya conocemos todos, siguieron las defecciones pidiendo desembarcar cuando antes (30 lo consiguieron), las llamadas desesperadas a la familia para que los sacara de este ataúd flotante, el Consejo de la OMS para que ante la insuficiencia sanitaria de las dos pequeñas islas atlánticas, se buscara un punto seguro de atraque en las Islas Canarias (Puerto de Granadilla en Tenerife), con equipamientos de aislamiento tan extremado como efectivo; y ahí ¿cómo no? empezó la «bronca política» entre el Gobierno Canario de Fernando Clavijo (Coalición Canaria apoyada por los socialistas) y el nacional de Pedro Sánchez sostenido por nacionalistas y otro batiburrillo de izquierdas. Resultado: el MH Hondius siguió navegando como un buque fantasma hacia el puerto de Granadilla de Abona desde donde, tras los obligados sentidos individuales, se devolverá primero los españoles y después a todos los ciudadanos extranjeros a sus países de origen, donde ya preparan aislamientos forzosos y oportunos.
Viene todo esto a cuento, cuando nos preguntamos si Alicante está preparada para una emergencia de este tipo, y aún todavía mayor peligrosidad como se demostró en el coronavirus y el tratamiento de sus afectados, mezclando impotencia con prisas e inseguridades. No estábamos preparados y fue una lección muy costosa, pero también obligatoriamente pedagógica.
Una alicantina de 32 años desató recientemente la alarma en el hospital de San Juan cuando alguien del personal se enteró de que la habían ingresado en una habitación aislada y con «presión negativa» (evita que los patógenos entren o salgan del habitáculo), por sospecharse portadora del hantavirus. Sabido es que cuando se nos pide guardemos silencio, nos volvemos más locuaces de lo habitual. La noticia corrió como la pólvora para que tan aficionados somos los levantinos.
Al parecer la cosa está muy controlada y no hay riesgo de contagio en el recinto hospitalario mientras se analizan todas las pruebas pertinentes en los laboratorios del Gómez Ulla en Madrid. Pero los más desconfiados siguen preguntándose si pudo haber algún contacto en el traslado por avión junto a una de las personas evacuadas del crucero MV Hondius hasta su actual estancia sellada. Todo son rumores por los mentideros de Alicante sin suficiente y aclaratoria réplica sanitaria.
En España hay actualmente 7 unidades especializadas incluida la de Valencia, pero ninguna en nuestra provincia. Seguimos siendo punto de enlace marítimo entre el Magreb y Francia, aeropuerto apriorísticamente turístico (baste citar Benidorm o Torrevieja, incluso la propia capital cuando se trata de demografía vacacional), y, por lo tanto, corremos riesgos superiores incluso a la capital de la Comunitat Valenciana, y por supuesto ciudades y pueblos del interior foráneos al comercio e industria de sol y playa.
Todo ello nos lleva a pensar si Alicante no debiera tener, o mejor dicho, siguiese sin tener un equipamiento parejo a los otros que ya existen en España, simple y llanamente por nuestro nivel de riesgo en su ámbito situacional del Mediterráneo. Quizás vaya siendo hora de exigirlo a Pérez Llorca, teniendo en cuenta el millón de personas que se reúnen en torno al litoral alicantino contando también segundas viviendas vacacionales. Alcoy, aislada en sus valles, fue la mayormente mortificada por el coronavirus. Pero mañana podemos ser otros limítrofes entre comarcas abiertas porque el hantavirus se transmite por contagio directo de persona a persona, y eso sí que es comprometido (como hace siglos lo fue la Peste Negra).
Las autoridades universitarias, la Diputación y mayormente el alcalde Luis Barcala, que tanto viaja a Madrid y Valencia, debiera ser el mayor implicado (también el de Elche y los del Vinalopó) para conseguir este centro absolutamente preventivo. No sea que un malhadado día tengamos que cerrar la línea marítima con Orán o, todavía más infausto clausurar por un tiempo en el aeropuerto de El Altet. ¿Una exageración? No parecía que después de tan corto espacio temporal tuviésemos que poner los muertos del hantavirus sobre los cadáveres del coronavirus.