«Y luego, in continente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada». Este soneto cervantino puede valernos metafórica y sobradamente como subtitular de la visita del presidente Pedro Sánchez al aeropuerto Alicante-Elche Miguel Hernández.
Estuvo poco menos que nada, subrayó la parte alícuota (algo más de 1.000.000.000 €) que nos toca deducida del plan general para los aeropuertos españoles, y nada dijo de compensar otras insuficiencias y desarreglos en torre de control, señalización y mantenimiento modernizado, amén de una necesaria segunda pista que dé fluidez a multitud de vuelos, esencialmente chárteres, dado que, tras Madrid y Barcelona soportando el tráfico regular (personas y mercancías) de las grandes líneas áreas, y Mallorca, meca del potente turismo anglosajón, Alicante se disputa con Málaga ese cuarto o quinto puesto en el ranking de terminales españolas, muy por encima de, pongamos por caso Bilbao, A Coruña, Valencia, Sevilla o Zaragoza.
Pero es que nuestro dilecto y chulapo presidente del Gobierno «español», en su visto y no visto, siquiera miró de soslayo a las autoridades autonómicas y locales, pues no tuvo a bien invitarlas a un acto tan fugaz, pero, y en cualquier caso: representativo, como manda el protocolo más elemental. Tal vez Moncloa pensase en el desdoro y mala imagen de Sánchez dándole la mano a Mazón, pero no creo que ni el conseller del ramo de Transporte, ni los alcaldes de Alicante y Elche tengan culpa alguna de aquella desdichada (para el presidente valenciano valenciano) tarde suelta e inconcreta en un ventorro (restaurante, lo de ventorro lo dejamos para la novela picaresca del XVI) que le pillaba muy cerca de su despacho. Mayor discreción imposible, peor desafuero posterior improbable, sobre todo en políticos sometidos al foco mediático y al cotidiano examen popular.
Somos una provincia muy diversa en industrias, esencialmente pequeñas y medias empresas, si bien, entre todas ellas y de forma globalizada (hospedaje y restauración) destaca la industria turística, pero todas ellas muy necesitadas para su supervivencia de la comercialización por vías aéreas, puesto que para el medio y gran tonelaje ya tenemos puertos suficientes desde Torrevieja a Denia, pasando por el de la capital, no menos descuidado tanto desde Madrid como de Valencia.
Vivimos en el país de la inequidad, con un presidente capaz de pasarse días en comunidades amigas o en el extranjero, pero apenas horas en un triángulo alicantino (la capital, Elche, medio Vinalopó, Benidorm…) superando 1 millón de habitantes en alta temporada. Cifra que a nuestro buen entender requiere una atención más directa y pormenorizada dada la complejidad de sus infraestructuras para la manufacturación y el aprovisionamiento de materia prima de la que carecemos secularmente. Siempre pongo el ejemplo de la aceituna rellena alcoyana cuando en aquella zona ni hay olivos, ni mucho menos anchoas; sin embargo, y así mismamente podríamos seguir con muchas otras fabricaciones donde el talento humano sustituye carencias de la naturaleza.
Como se decía antiguamente, señor Sánchez, para este viaje no necesitaba usted alforjas tan cicateras supuestamente cargadas de dinero futurible (de aquí a un año hablamos). Recuerde que no solamente el aeropuerto está pésimamente comunicado, sin una maldita vía ferroviaria que lo una a los muelles del puerto, sino que faltan por completar variantes en autovías, carreteras nacionales, y puertos secos (intermodales para canjes de mercancía), por no seguir con otras insuficiencias que convertirían este artículo en un manual de agravios comparativos.
Ningún medio informativo, que yo sepa, ha bendecido su brevísima estancia, coincidiendo que elegirnos para el anuncio de mejoras en todos los aeropuertos españoles, no deja de ser gesto sin presupuesto. La próxima vez tráigase algo más que palabras de autobombo en un acto para mayor gloria de su partido, con absoluto desprecio al resto, y recuerde nuestro peso real y específico cuando vuelvan las urnas. Para calderilla ya tenemos la Puerta de los Dolores, sin necesidad de mendigar lo que es de justicia.
Vino y se fue a la pata coja.