opinión Pedro Nuño
Bien saben Camps, Castedo, Fabra, etc. lo que cuesta una campaña electoral tanto dinerariamente como en el ámbito de movilizar militantes y simpatizantes que ayuden en mítines, largos paseos callejeros pidiendo el voto, vayan a mesas electorales y, en definitiva estén dispuestos a ofrecer su tiempo y bolsillo a favor de una determinada causa política

«La noche de los muertos vivientes», estrenada en 1968 y dirigida por George A. Romero, fue una película en blanco y negro de la serie B, que abarrotó los cines con una expectación morbosa donde el público se removía de las butacas, daba gritos, se tapaba los ojos y respiraba feliz cuando terminada la función volvía a salir a la calle, aunque mirando de hito en hito por si la ficción pudiese convertirse en realidad encontrándose algún zombi hambriento, o toda una tropa de muertos vivientes caminando torpemente y viniendo hacia el impresionado espectador.

Lo de los muertos vivientes es tema antiguo en la cinematografía mundial, desde Nosferatu, pasando por todo un muestrario de Dráculas, Frankenstein hasta mucha cinta de películas distópicas donde se hace volver a la vida a los muertos. Por recordar una curiosidad nuestro Castillo de Santa Bárbara fue el escenario de numerosos exteriores e interiores en filmaciones terrorífica y s.

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Siempre se ha dicho que la vida supera a la ficción por muy descabellada que esta nos pueda parecer. Y talmente lo hemos podido comprobar en la política más actual con el intento de vuelta al ruedo electoral de personajes como Paco Camps y Sonia Castedo, en tándem necrofílico con otros zombis como Carlos Fabra, o Alfonso Rus, y una larga ristra de peperos y aliancistas populares que fueron algo en otros tiempos, pero que ahora son poco menos que nada (creo que sólo estaba presente un concejal de municipio menor en ejercicio).

Bien saben Camps, Castedo, Fabra, etc. lo que cuesta una campaña electoral tanto dinerariamente como en el ámbito de movilizar militantes y simpatizantes que ayuden en mítines, largos paseos callejeros pidiendo el voto, vayan a mesas electorales y, en definitiva estén dispuestos a ofrecer su tiempo y bolsillo a favor de una determinada causa política

Bien saben Camps, Castedo, Fabra, etc. lo que cuesta una campaña electoral tanto dinerariamente como en el ámbito de movilizar militantes y simpatizantes que ayuden en mítines, largos paseos callejeros pidiendo el voto, vayan a mesas electorales y, en definitiva estén dispuestos a ofrecer su tiempo y bolsillo a favor de una determinada causa política que, en este caso, ya vienen cubriendo otros como el PP y Vox.

Si preguntan a un politólogo extranjero casi con toda seguridad les dirá que, al menos en gran parte, esa campaña de heresiarcas de la derecha la sufraga el PSOE-PSPV para tirar a Carlos Mazón de la Generalitat y no dejar que Feijóo ocupe La Moncloa. Simplemente mordiendo papeletas que desnivelen el resultado final tantas veces apretado para futuras coaliciones obligadas.

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Arguyen los comentaristas afectos a Sánchez y coaligados que Camps en su discurso inicial, pero no programático, le tiró a dar a Carlos Mazón argumentando que él se fue para no perjudicar a Mariano Rajoy, en clara paráfrasis de que el actual presidente de la Generalitat valenciana debería hacer lo mismo respecto a Feijóo, ahora que las encuestas le son menos proclives. Endeble argumento de serviles, pues el presidente de los populares solo tendría que mandar a dos propios a Valencia, o llamar a Mazón a Madrid para enseñarle la puerta agradeciéndole los servicios prestados, (lo del apoyo del alicantino frente a Esperanza Aguirre, ya no mueve molino).

Insisten en que Carlos está liquidado, incluso para apoyarse en la obligada e inmediata reconstrucción por él propiamente tantas veces reiterada como tabla de salvación mandataria, aunque sea momentánea; pero no tienen en cuenta a Vox como la bola negra de la carambola necesaria, mientras que los de Abascal prevén que mucha insatisfacción con el PP recoja en próximos comicios la papeleta de Vox sin mayores ni más profundos análisis políticos, sino por reflejada y pura desafección con la gestión de la Dana y de la cual sólo serían responsables secundarios.

Y me cuentan los socialistas alicantinos que Sonia Castedo no tiene ni media vara de medir frente a Luis Barcala, otrora grandes amigos, pero que les resulta tan gratificante como esperanzador la presencia de la gallega intentando arrebatarle votos al sanjuanero. Téngase en cuenta que en los locales remuneran mucho los márgenes. Otra cuestión sería que Sonia aspirara a diputada autonómica, porque, desde luego su huella como alcaldesa no parece indeleble, todo lo contrario, incluso pasó por los tribunales (siendo absuelta). «Esa chica mona» impuesta por Luis Díaz Alperi, otro que tal bailó, es cadáver político amortizado que no debería volver a la cosa pública, salvo que quiera vagar eternamente como una zombis sedienta de poder y venganza.

Mejor haberse quedado allá en su pazo gallego leyendo a Cunqueiro, y acá para la Historia municipal en la galería de retratos de pasadas y no vueltas alcaldías.

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