Si por una casualidad, tan extraordinaria como improbable, lo invitasen a una de esas glamourosas fiestas con cena y baile que de vez en cuando ofrece la Casa Blanca donde se interfieren política, diplomacia y famoseo, formando corrillos de lo más diversos a los que se acerca el matrimonio Trump para saludar breve y amigablemente, es posible que le preguntaran por su nombre y procedencia. Con toda seguridad, al responder: «Alicante» la repregunta sería para localizarla al Sur de Estados Unidos, y usted deberá puntualizar que es una ciudad de tipo medio al sur de Europa.
Al empresario-presidente Donald le importa un rábano, que además no le gustan porque prefiere el marisco y la comida basura, dónde se ubica esa provincia mediterránea que le suena a nombre moro, pero a esta nuestra provincia sí parece importarle el presunto dueño del mundo cargado de despechos y manías bajo el obsesivo lema: «América primero» (como si el continente redescubierto por los españoles fuera sólo los Estados Unidos, y el resto tierra arrendada al siervo aspirante a yanqui).
Si Trump quiere inventarse un mundo nuevo, todos los demás corremos peligro de acople a sus interesadas ocurrencias de empresario metido a político
Y nos importa porque nosotros le vendemos aceite de oliva de primerísima calidad, uno de los nuestros ganó el premio al mejor del mundo precisamente en certamen celebrado en Estados Unidos. También les vendemos contenedores de turrón y otros dulces de tradición hispana, así como vinos desde monastreles a mistelas y licores, productos agroalimentarios, etc., por no hablar de componentes para la industria americana dado que, pongamos por caso el medio Vinalopó, le salen mucho más rentables las piezas que luego se acoplan en la gran industria con sello certificador «made in USA». Y, claro está, tejidos (alfombras) y zapatos de piel fina y cuidado diseño, aunque también los americanos son muy dados a las llamativas extravagancias. Lo que hace que la balanza entre exportaciones e importaciones nos fuera mínimamente desfavorable, pero ahora con los aranceles impuestos por el equipo Trump, el resultado se desnivela mucho más a favor de ellos y naturalmente encogiendo nuestra economía que debe buscar nuevos mercados, cuando precisamente los otros países, pongamos por caso Alemania y Francia tienen peores perspectivas, y ni siquiera Inglaterra, Holanda o Dinamarca, incluso Italia, madre-patrias del hombre blanco americano parecen salvarse de la quita estadounidense.
No tenemos otra salida que la de engancharnos al más próximo carro europeo, la UE, Alicante votó mayoritariamente la adhesión, aunque ahora sufrimos la adversidad añadida de que en la Moncloa no se nos presta demasiada atención al Levante Feliz; mientras, y para mayor encomio y desfavorecimiento provinciano, Valencia Cap i casal tiene un presidente alicantino totalmente cuestionado y acosado por la prensa progubernamental, que rabia y se cabrea por no haberlo podido echar antes, subestimando al roqueño Núñez Feijóo, quien poco caso puede hacer a los obstinados maltratadores poniendo a caldo tanto a él como a Mazón en cada feroz editorial, artículo o descompensada tertulia.
En Alicante tenemos cada vez más restaurantes chinos, tiendas de todo a 100, incluso supermercados del Lejano Oriente. Nuestros jóvenes pasan indistintamente del Burger al arroz 3 delicias y pato lacado, cuando la propia cocina española es, si no superior a la china, sin más cercano irreconocible, pero la colonización (también gastronómica y por supuesto televisiva) es cada día más útil en su imposición. Mirar hacia Estados Unidos o hacia China como preferentes referentes nos asemeja al burro de Buridán, muerto por indecisión a la hora de elegir entre el agua y el heno después de haber pasado muchos días de hambre y de sed.
Para mayores inquietudes alicantinas, se nos anuncia que nuestros habituales veraneantes europeos van a amarrarse la cartera y las tarjetas de crédito como ya les están aconsejando en sus países de origen. O sea que la cuenta de la vieja debe ser a la baja si queremos perder menos en lugar de ganar algo más cual ha venido sucediendo desde que somos una relativa potencia turística y comercial ciudad de servicios. Aquí no existe una industria relevante ni negocio de manufacturación.
Si Trump quiere inventarse un mundo nuevo, todos los demás corremos peligro de acople a sus interesadas ocurrencias de empresario metido a político. China, desde tiempos de los emperadores es un país muy cerrado, muralla incluida, que sólo mira al exterior para afanarse lo que pueda y repercutirlo en su propio crecimiento. Encima para tranquilizarnos la buena señora Ursula Von der Leyen habla de apocalipsis, poco menos que el fin del mundo, con lo cual, y aunque no han empezado las recíprocas repercusiones arancelarias, vivimos mirando al cielo; menos mal que el de Alicante es nítido y azul, y desde el desconocimiento foráneo se nos tacha de menfotistas (pasotas). Pues, aquello que decían nuestras abuelas: «Virgencita que me quede como estoy» porque «mala cara trae el perro» de Donald Trump, y la del chino no resulta inexpresiva a los occidentales.
1 comentario en «Trump, una pesadilla, también alicantina»